EL VALOR DEL DEPORTE

Por Ignacio Sánchez Cámara
ABC digital, 28.08.2004

NO es fácil agotar la enumeración de las bondades del deporte. Promueve la salud del cuerpo y, con ella, contribuye a la del alma. Es fuente de sacrificio. «Ascesis» era la palabra con la que los griegos designaban el arduo entrenamiento al que los deportistas sometían sus vidas. El deporte es competencia y superación, reto y meta, metáfora de la vida humana. Aristóteles adoptó el símil del arquero como divisa vital. Seamos con nuestras vidas como arqueros que tienen un blanco, y vivamos conforme a lo que de inmortal hay en nosotros. El deporte es también escuela de caballerosidad: sobriedad y magnanimidad en la victoria; sobriedad y resignación en la derrota. Todo gesto excesivo es antideportivo. Saber ganar es faena más difícil que saber perder. Por eso suele ser más fácil apreciar la dignidad en el gesto del derrotado que en la hosca alegría del vencedor. Grecia, madre y maestra de Europa, fue deportiva. Estos días lo rememoramos, acaso con demasía. Las universidades inglesas hicieron del deporte y del estudio de los clásicos griegos el centro de la educación superior. No hay educación sin deporte. La Gimnasia no es enemiga ni del Latín ni de la Religión. La persona es unidad de cuerpo y espíritu. Tal vez, entre otras, por estas razones afirmó Ortega y Gasset que, en su tiempo, había que aprender de los futbolistas la Ética: la vida como ascesis, como esfuerzo puro, superfluo y lujoso. Incluso no ha faltado quien, como Konrad Lorenz, atribuyera al deporte la virtud de sublimar el instinto de agresión innata. Así, las naciones que compiten en el estadio no lo hacen en el campo de batalla. El deporte, como internacionalismo pacifista.

PERO la mesura también es una virtud, acaso el criterio de todas ellas. Y el hombre siempre se encuentra amenazado por el exceso. Mas el exceso, aun de lo bueno, siempre es un mal. También cabe una vida deportiva frenética y excesiva. A ella suele sucumbir el profesionalismo. Pues lo que es lujo sobreabundante y afición no debe convertirse en profesión. Y surgen entonces los malos modos, la obscenidad en la victoria y el resentimiento amargo en la derrota, el engaño de las drogas y el inevitable infantilismo de quienes pasan media vida corriendo, saltando o en remojo. Aparece también el patrioterismo. Y correr, saltar, nadar o arrojar un objeto más lejos que nadie resulta que no poseen más valor que el que quepa asignar a correr, saltar, nadar o lanzar objetos a la lejanía. Entonces, el deportista y el insaciable espectador pueden convertirse, lejos de la ejemplaridad moral, en paradigmas del hombre-masa. Quizá por eso, el mismo Ortega que instaba a buscar la ética entre los futbolistas, afirmaba también que hacer de los juegos y deportes el centro de la vida humana era una de las características del hombre-masa. No sin razón asignaba Scheler a los valores vitales un puesto más bien bajo en la jerarquía del mundo del valor.

ES evidente que en la alta competición deportiva, por tosca que pueda parecer la especialidad, siempre le cabe un lugar destacado a la inteligencia, mayor en unos deportes que en otros. No basta un cuerpo en forma y flexible para ganar la final de los 1.500 metros. Pero la salud y fortaleza de un cuerpo nunca serán comparables a las producciones eternas del espíritu. Es asunto de jerarquía. Y tributar más aprecio a lo que de suyo es inferior no puede ser sino obra del envilecimiento. El valor de una persona se mide por su escala de valores, por su sistema de preferencias y desdenes. La desmesura de un bien es siempre un mal.

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