EL TRATAMIENTO DE “HOUSE” A SUS PACIENTES

Carmen de Andrés
La cadena de televisión “cuatro” ha vuelto a reponer capítulos de la serie House y la última medición de audiencias le daba una cuota de pantalla del 13,7% de telespectadores. No es de extrañar que repongan esta serie, ya que es la de mayor éxito de esta cadena.

Como se sabe, esta serie trata de un drama médico que gira en torno al Dr. Gregory House, un médico misántropo y antipático aunque brillante en su desempeño profesional, que trabaja en el Departamento de Diagnóstico del ficticio Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey. El protagonista está interpretado por el actor británico Hugh Laurie, nominado a varios premios Emmy y ganador de dos Globos de Oro por su interpretación en esta serie.

House es adicto a la vicodina, a causa de un dolor crónico en la pierna derecha derivado de una necrosis muscular, y se le suelen asignar casos muy complejos a los que el doctor se enfrenta de forma impersonal, procurando no tratar con los pacientes en persona. Su falta de respeto por las normas establecidas, siempre que crea que ello contribuirá a la salvación del enfermo, le llevará a continuos enfrentamientos con su equipo médico y con la directora del hospital, Lisa Cuddy, de métodos más ortodoxos.

House encarna un modelo de triunfador atípico. Es un antihéroe: maleducado, arrogante, muy solitario, políticamente incorrecto, brutalmente honesto, con mal carácter y una coraza de hierro tras la cual esconde sus sentimientos. Este personaje hace gala de una seguridad aplastante, un cinismo que roza lo patológico, una conversación sarcástica y una falta de fe, más que probada, en el comportamiento humano.

Hasta aquí no parece que haya razones humanas y morales para interesarse por esta serie. Sin embargo, hay señales que, analizando en profundidad, nos dan algunas claves para interpretar y decodificar a este personaje desde distintos sistemas de signos. Esta opinión también la comparte el doctor en bioética, Carlo Valerio Bellieni, miembro de la Academia Pontificia para la Vida.

Según Bellieni “el Doctor House, con su autonomía de juicio, es «políticamente incorrecto». Saliéndose de la opinión común, no se deja llevar por las alabanzas de las bien conocidas cúspides del relativismo ético en Medicina: el paciente es último tribunal; el médico un “proveedor de un servicio”. Según Bellieni “occidente ha destruido la capacidad de los médicos para dar juicios morales sobre los comportamientos en Medicina”.

Lo curioso es que estos juicios proceden de un personaje en constante lucha con el mundo. House parece no estar nunca para los pacientes… no es un médico bondadoso, está lleno de dolor; pero atesora una exigencia vital que no le deja desesperarse. Por eso impresiona, en un momento en el que parece que sólo el propio capricho tenga valor, él lucha por sobrellevar lo mejor posible su propia existencia.

El telefilme parece ser una apología de la frialdad ante el paciente.
Esta distancia, debida a su propio sufrimiento existencial y físico es, sin embargo, sólo aparente. Aún permaneciendo descortés y asocial, en cada momento y con insistencia trata de llegar al fondo de la persona que debe curar. Habla de manera brusca con los pacientes para convencerles de que acepten un determinado tratamiento, no para secundarles. Sabe que existe un buen comportamiento médico y uno equivocado, y quiere que sus pacientes elijan el bueno.

Parte de su propio sufrimiento pasa por reconocer el de los demás, y a veces, es justo este ensimismamiento el que le hace ver cosas que no ven quienes le rodean.

Otra de las cualidades del personaje es su capacidad para sorprenderse. Siente estupor hacia la misteriosa humanidad de un paciente. Recuerdo un capítulo que me pareció muy emotivo, además de reflejar a la perfección lo apuntado anteriormente.

Durante una intervención quirúrgica a un feto de seis meses, éste le coge su dedo con la manita desde el útero materno. “Nuestro doctor” se queda todo el día contemplando ese dedo sacudido por la fuerza de una vida humana. Una vida que él quiso destruir para salvar a la madre gravemente enferma y que “zarandeó” su conciencia para siempre.

Su estupor es la base de su éxito científico: quien se sorprende, tiene curiosidad por mejorar el estado de un paciente, por probar lo imposible y no desfallecer ante la evidencia de un diagnóstico imposible, es el que se convierte en un brillante facultativo.

Esa brillantez profesional se traduce no sólo en que todos confían en él- pacientes, equipo médico y directora del hospital, sino que todos tratan de imitarle. A eso se le llama liderazgo.

Es un líder de los que no les gusta exhibirse, la gloria mundana, el palmeo o las reverencias. No es amigo de las devociones. Le agrada la soledad, el destierro escogido para “lamerse” las heridas físicas y espirituales de una vida que cree vacía porque no ha descubierto todavía la grandeza de insuflar un sentido positivo y redentor al servicio que presta a los demás.

Descubriendo esta faceta,- la entrega a los demás sin compensaciones, sin interés o codicia-, nuestro personaje alcanzaría la felicidad, la paz y el sentido a su existencia. Y la alcanzaría porque restituiría a los pacientes, en particular y al hombre en general, al objeto con el que fueron creados- ser sujetos con capacidad para amar y ser amados. En esta concepción no cabe la utilización, la posesión o la comercialización del ser humano, sólo cabe revestirlo con los ropajes de la dignidad, caridad y la compasión.

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