EL SEXO EN EL TEJADO

Juan Luis Lorda
La sabiduría popular ha inventado la frase “empezar la casa por el tejado”. Es una imagen vistosa de lo que no hay que hacer. Si se quiere construir una casa, hay que empezar por los cimientos.

La imagen está pensada para aplicarla a todo. También al sexo. Gran parte del debate político actual se centra en esto: ¿dónde está el cimiento y dónde está el tejado en las cuestiones sexuales? Es el asunto que más duramente enfrenta hoy a los que se llaman a sí mismos progresistas con la tradición cristiana. Su progreso consiste en que quieren construir la casa empezando por el tejado.

Para la tradición cristiana, toda la cuestión sexual se apoya en tres cimientos. El primero y más evidente es que el sexo es una función biológica que se ordena ecológicamente a la transmisión de la vida. Compartimos con el resto de los mamíferos la reproducción.

El segundo cimiento es que el fruto de la relación sexual no es sólo un animal, sino una persona. Esto da a la relación sexual una dignidad casi sagrada. El cristianismo tiene una altísima consideración de lo que es una persona. Le parece un milagro que de la unión de dos personas pueda surgir una nueva (o más). Esto da al trato sexual su orden moral: hay que ponerlo dentro del misterio de la vida y no se puede sacar fuera.

Pero hay un tercer cimiento y es que el trato sexual se da entre personas y está relacionado con lo que es el amor entre personas, con la aspiración que tiene toda persona de amar y ser amada, y con la aspiración de todo verdadero amor a ser perpetuo y exclusivo. Porque no hay verdadero amor hasta que no aparece el “para siempre”. El cristianismo considera que la vida sexual sirve para expresar esta entrega de amor. Y cree que no debe haber trato sexual si no se da esa voluntad de entrega y ese pacto para siempre. Naturalmente el trato sexual puede expresar cosas mucho más vulgares.

La moral cristiana construye a partir de estos cimientos: considera que la vida sexual debe desarrollarse siempre dentro de un pacto de amor perpetuo y abierta a la vida. Y que todos los demás usos del sexo destruyen y no construyen.

La experiencia demuestra dos cosas. La primera, que es difícil poner estos tres cimientos en orden. La segunda es que si se consigue ponerlos en orden se construye una casa sólida. Sólo el que tiene experiencia de lo que es un hogar donde los padres se quieren bien, mantienen su compromiso y aman a sus hijos, sabe lo bueno que es esto.

En cambio, el progresismo libertario quiere construir la casa empezando por el tejado; es decir, por el uso del sexo. Considera que lo más importante en esta materia es la libertad sexual. Que el mayor bien es que cada uno use del sexo según le parezca. Y quiere que se les explique a los chicos antes de los 12 años, para que lo disfruten en cuanto puedan. Y a eso, a construirla casa por el tejado, le llaman educación sexual.

Mientras la mentalidad cristiana quiere construir una ciudad llena de hogares y de familias. La mentalidad libertaria tiende a construir una ciudad que se llena de clubs de alterne, donde cada uno puede disfrutar de su sexo según su capricho.

Todo es cuestión de por dónde se empieza. Si lo primero es el derecho personal al disfrute del sexo o lo primero es el valor de la vida, del amor conyugal y de la familia. Hay gente que se deja comer tanto el coco que ha llegado a creer que esto es una cuestión puramente confesional. Pero no es una cuestión puramente confesional, es la base de la civilización humana.

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