“El secreto es quererse y nada más”

Leticia Correa Ruiz [Com 11]
Amor, respeto y paciencia. José Ángel y Josefa aseguran que lo más importante para que un matrimonio funcione es que los cónyuges se conozcan profundamente, que tengan paciencia y, sobre todo, que se respeten.

Amor, respeto y paciencia. José Ángel y Josefa aseguran que lo más importante para que un matrimonio funcione es que los cónyuges se conozcan profundamente, que tengan paciencia y, sobre todo, que se respeten.

El 3 de mayo de 2007, José Ángel Zubiaur y María Josefa Carreño celebraron en el monasterio de Leyre las Bodas de Diamante rodeados de sus siete hijos y sus 23 nietos. Fue una jornada memorable que los dos recuerdan con emoción. Hasta admiten que no les hubiera importado morirse ese día: “Nos sentíamos tan felices, rodeados de toda la familia…, que después de eso solo nos quedaba el Cielo”.

Hoy tienen 93 años y una salud envidiable que les permite reconstruir con cariño y exactitud el comienzo del camino que les ha conducido juntos hasta el presente. María Josefa aún recuerda la primera vez que vio al que después sería su marido. Fue en la parroquia pamplonesa de San Agustín, durante una novena organizada por la congregación de Los Luises. “La verdad es que era guapísimo”, asegura, como si solo hubieran pasado unos días desde entonces.

Los dos hablan con ilusión de sus años de noviazgo: “José Ángel siempre me regalaba flores. Era un hombre muy romántico y detallista”, cuenta María Josefa. “¡Y sigo siéndolo!”, le interrumpe José Ángel.

Fueron novios durante cuatro años aunque no se veían mucho, ya que ella estudiaba en Madrid y él vivía en Pamplona. “Nos veíamos sobre todo en verano. Yo iba a los Sanfermines y luego a veranear a Leiza. Tampoco hablábamos mucho porque entonces no era como ahora, había que pedir la conferencia y esperar a que te la confirmaran. Podían pasar horas sin que nadie te avisara, era muy complicado”.

Se casaron el 3 de mayo de 1947 (Día de la Cruz) en la iglesia de San Fermín de los Navarros, en Madrid. El entonces obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, ofició la ceremonia.

Algunos de los principales acontecimientos de la historia familiar están representados fotográficamente en el salón de su casa de la calle Aoiz, donde los retratos de sus hijos y nietos adornan una librería repleta de libros de Historia de España. Por allí pasan todos los días al menos dos hijos y varios nietos que van a comer o a cenar.

María Josefa reconoce que en todos los matrimonios hay discusiones pero lo importante es superarlas y aprender de ellas. Últimamente discuten porque José Ángel se empeña en decir que tiene ocho hijos en vez de siete. “Lleva unos días con la mente un poco obnubilada pero aun así no acepto que diga que tenemos ocho hijos”, comenta Josefa.

Está encantada de haber formado una familia tan numerosa, aunque siete hijos le han dado mucho trabajo y algún que otro disgusto. José Ángel fue diputado carlista en las Cortes franquistas y pasaba toda la semana en Madrid. Los sábados, cuando volvía a Pamplona, iba al colegio de los Jesuitas para hablar con los profesores de sus hijos y ver qué tal iban con los estudios. Siempre se ha ocupado mucho de sus hijos, especialmente durante la adolescencia.

Durante estas seis décadas de matrimonio solo recuerdan una discusión: asistieron a la boda de unos amigos en Cullera y, cuando llegó la hora del baile, José Ángel se puso a bailar con otra mujer. Aunque él afirma que fue por compromiso, Josefa aún revive su enfado: “¡Me piqué y le llamé de todo! Esa ha sido la única vez que yo me he enfadado de verdad”. José Ángel se ríe al recordar el incidente: “Bailé con una señora que estaba muy bien”.

Afirman no haber tenido nuca una crisis de verdad: los roces de la convivencia los han llevado bien, se quieren muchísimo y creen que ese el mayor secreto.

Mientras Josefa explica cómo le operaron de cataratas, José Ángel recuerda los años de la Guerra Civil, en la que él participó como requeté. Al escucharle hablar de aquella época, Josefa interrumpe a su marido: “¡No tuvo ni un arañazo!”. A lo que José Ángel contesta: “¡No es verdad! Sufrí el rebote de una bala. Y me pasé los tres años de guerra durmiendo en el suelo y comiendo sardinas”.

Discuten unos segundos sobre si las sardinas eran frescas o de lata hasta que tocan el timbre: es José Ángel, el primogénito, que viene como todas las tardes a saludarles. Les da un beso en la frente y Josefa se deshace en halagos hacia su hijo: “¿Qué tal, mi vida? ¿Qué tal el día, guapo?”.

María Josefa tiene mucho carácter o “mala milk”, como prefiere llamarlo. A veces, cuando su marido le lleva la contraria, se pone nerviosa y levanta la voz. Pero no tarda en arrepentirse y darle un beso.

Para Josefa y José Ángel, lo más importante antes de casarse es conocerse profundamente (con las virtudes y los defectos), tener mucha paciencia y ante todo amarse y respetarse. Solo así un matrimonio puede perdurar en el tiempo. Un tiempo que para ellos es oro.
Fuente: Nuestro tiempo

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