El problema de la natalidad

Los demógrafos no terminan de ponerse de acuerdo sobre las estadísticas, y mucho menos aún sobre el sentido que dar a las mismas.
Se airea que, cueste lo que cueste, hay que lanzar un control drástico de la natalidad. ¿Hasta qué punto es así? ¿Cuánto hay de verdad en esas cifras y letras?

La Navidad es tan entrañable que casi casi podíamos decir que las estaciones del año son cuatro: primavera, verano, otoño y Navidad. Y sin embargo, deberíamos sorprendernos como nunca. Dios mismo ha hecho que el nacimiento pase a ser categoría bendita. Todos tenemos un nacimiento… que recordamos todos los años con el de Dios mismo.
El misterio de las cifras
Hace unos días Unicef, esa especie de agencia internacional de la infancia, publicó su informe Estado mundial de la infancia 1996: nos inundó de números, de cifras, muchas cifras, para justificar muchos presupuestos en organismos mundiales, sobre las tragedias de millones de niños en el mundo, de millones de seres que nacen, en situaciones precarias, como Dios mismo lo hizo, cuando no absolutamente inhumanas. Urge solucionar las condiciones de vida de esos millones de niños. Pero no del modo que pretenden los grandes de la Tierra: «sufren muchos en el Tercer Mundo». Pues que haya menos.
El misterio de las instituciones
La verdadera solución, más que difícil es, simplemente, comprometedora. Pasa por admitir la realidad: buscar los culpables de tantas guerras; saber quiénes se enriquecen con el tráfico de unas armas que caerán en las manos de unos niños, porque en esos países ya no hay mayores para engrosar las filas de las milicias, oficiales o guerrilleras; desvelar las oscuras tramas de intereses que «obligan» a que algunos países no salgan de la miseria.
No sólo no se promueven estos caminos, sino que se planean los caminos «fáciles» y falsos. Es muy incómodo para el mundo desarrollado soportar una reducción del nivel de vida alcanzado porque haya unos países a los que integrar en una economía mundial más justa y solidaria. Y así se nos vende que algunos países del Tercer Mundo han emprendido el camino de la «planificación familiar adecuada». Nada que objetar a la planificación familiar responsable; más bien, todo lo contrario. Sólo que resulta curioso descubrir quiénes están detrás de este «club» formado por diez países en vías de desarrollo. ¿Lo adivinan? Pues sí: la ONU, el Banco Mundial y la Fundación Rockefeller, viejos conocidos de las campañas antinatalistas en todo el Tercer Mundo.
En la Conferencia de Población y Desarrollo celebrada el año pasado en El Cairo se nos dio a entender que la Santa Sede se aliaba con los países integristas islámicos para oponerse a las políticas antinatalistas que se promovían. En realidad la Santa Sede se oponía a incluir el aborto como un método más de control de la natalidad. Pero de todas formas, esta visión sesgada del asunto ocultaba la verdadera denuncia del Vaticano: la colonización demográfica.
El misterio demográfico
Las cifras sobre el aumento de la natalidad, aireadas por esa especie de neomalthusianismo reinante, empiezan a encontrar «disidentes» científicos. Un reciente estudio de la universidad de La Sorbona ponía de manifiesto que la tasa de crecimiento de la población «desciende alarmantemente», y que los datos de aumento de la población en que se basan las políticas de control de la natalidad están manipulados. Según la ONU, para el año 2050 habría en el mundo 9833 millones de habitantes, mientras que según este estudio de La Sorbona sólo seremos 8806 millones. Mil millones de diferencia es un error de cálculo un poco abultado. Pero aun en el caso de que en el año 2150 fuéramos, según algunos demógrafos, 11.500 millones de habitantes (más o menos el doble de los que somos actualmente), la producción mundial de alimentos es más que suficiente, y la cifra se estabilizaría en ese tope, que incluiría un altísimo porcentaje de ancianos.
Entonces, ¿cuál es el problema? Que realmente no hay un interés de establecer políticas de auténtica solidaridad, que promuevan el progreso social y económico de los países más desfavorecidos en el reparto de la tarta monetaria mundial.
José Ángel Agejas

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