EL PAPA CONSUELA A LAS PERSONAS MAYORES

¿Sabe qué idioma se habla en el cielo?, espetó el Papa a un grupo de personas de confianza que le acompañaban, según me han contado. Perplejos, se miraron, y alguien se atrevió a sugerir el latín. El Papa, socarrón, dijo: “No; el húngaro? ¿Por qué, Santidad? Porque aprenderlo, respondió, cuesta una eternidad. Que diga esto el Papa que habla tantos idiomas y se le dan tan bien sugiere la dificultad idiomática húngara. Bromas aparte, el tema es el buen humor que tienen los santos sean o no jóvenes. Porque el Papa es un anciano aplastado por una larga historia personal y una pesada carga como la de ser fundamento clave en la Historia de la Iglesia y del mundo en estos 23 años.

S.S. Juan Pablo II

Siempre las tiene presentes

Las personas, como el vino de solera, suelen mejorar con el tiempo. La clase de la uva así como la crianza requieren mil detalles y cuidados, muchos de ellos aunque ignorados y realizados en apariencia con la diaria rutina, son los que “eternizan” su bondad. El tiempo por sí mismo no produce buen vino, quizá canas y vinagre. Pero suele suavizar el temperamento, hacer amable y llenar de dulzura al anciano que sigue con el empeño diario por domar sus “prontos” de mal genio que quieren, por el pecado original con el que venimos al mundo, despuntar.

A los mayores nos ayuda mirar al Papa. Anciano, encorvado, con caminar costoso y el rostro inexpresivo por la enfermedad contrasta con la alegría de sus palabras, la esperanza de sus ideales, el cariño por la gente y el buen humor que tiene. Es todo un ejemplo para aprender a envejecer. El Papa canta y envejece, sufre y se deteriora, llora y calla. Todo ello porque ama.

El Papa también mira a los ancianos como demuestra en su Carta a ellos. He sentido el deseo, siendo yo también anciano, de ponerme en diálogo con vosotros. Lo hago, ante todo, dando gracias a Dios por los dones y las oportunidades que hasta hoy me ha concedido en abundancia. Al recordar las etapas de mi existencia, que se entremezcla con la historia de gran parte de este siglo, me vienen a la memoria los rostros de innumerables personas, algunas de ellas particularmente queridas: son recuerdos de hechos ordinarios y extraordinarios, de momentos alegres y de episodios marcados por el sufrimiento. Pero, por encima de todo, experimento la mano providente y misericordiosa de Dios Padre, el cual cuida del mejor modo todo lo que existe y que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha.

Un tiempo especial para “hacerse querer”

Los médicos parecen haberse puesto de acuerdo para definir algo muy difícil: qué es tener salud. Han llegado a la conclusión de que tiene buena salud aquella persona que no deja de hacer su actividad programada y proyectos personales por la merma de sus facultades físicas o psíquicas. El portavoz de la Santa Sede al ser preguntado, la víspera de cumplir ochenta años el Papa, es decir, el 17 de mayo de 2000, por su estado de salud contestó aludiendo a este acuerdo médico: “Puedo asegurar que en estos 17 años que llevo junto al Santo Padre nunca ha dejado de hacer los proyectos que tenía previsto”. Pese al entusiasmo del portavoz el Papa, no nos engañemos, tiene una precaria salud.Es necesario seguir siendo amable y esforzarse por adquirir suavidad en las maneras cuando pasa el tiempo. Quizá sea necesario tener la humildad de ir al médico, porque una vida de intenso trabajo puede generar un cansancio crónico que da la cara al envejecer. Había un sacerdote en Wadovice, el padre Edward Zaher, de 76 años que vivía tranquilo hasta que fue elegido Juan Pablo II y los periodistas invadieron su pueblo y su intimidad. Malhumorado por perder la quietud y la intimidad de vida hubo de rendirse al cariño del Papa cuando recibió una carta en la que le decía entre otras cosas: “Padre Zaher, yo siempre le di trabajo y ahora sigo igual. Lo siento”.

El vino bueno de solera tiene muchas servidumbres calladas. Soledad, silencio, oscuridad y olvido. Miles detalles de un momento, un pequeño giro a la botella por ejemplo, son parte de un sinfín de laboriosas acciones artesanales dan el fruto apetecido. Análogamente, la vida de una persona dedicada a los demás, con el pasar del tiempo, adquiere las condiciones necesarias que el alma exige para alcanzar, como el buen vino, la madurez. El alma no envejece; se hace más joven por el amor.

Los cuerpos acompañan al alma que camina hacia su sazón pero ellos, en cambio, no pueden evitar el deterioro, la fatiga y la incurable enfermedad que supone la vejez. Las personas envejecen y las huellas, color ceniza, de sus sienes esconden la lozanía inmortal de su espíritu. Esa juventud eterna del alma lleva al olvido de la realidad cronológica. Se hace necesario que nos recuerden que no somos ya niños cuando con el correr de los años nos sentimos, de alguna manera como siempre. Es consecuencia de la eternidad del alma que nos alienta, que da hálito de vida a nuestro cuerpo. La frescura perenne del alma hace olvidar, en etapas más o menos largas, que nuestro cuerpo creado para la eternidad es ahora efímero, que se deteriora y pierde facultades.

Otra cualidad a tener en cuenta dentro de la caridad o cariño con las personas mayores puede estar en el lenguaje. La caridad en el hablar es un arte que lleva a ser parcos, sonrientes, dulces en el decir y suaves en la intensidad aunque seamos algo sordos. Basta pensar en los demás, que no lo están. Hay una forma de elegancia que no suele ser destacada y es la elegancia en el hablar. De la elegancia en el hablar, casi nadie dice nada.

¡Hay que hacer constar que cada vez se habla peor en forma y contenido! Dialogar con un hablar flexible, dotado de musicalidad que neutralice la sosez del lenguaje técnico o cursi de los acrónimos es un ejemplo de elegancia que raras personas poseen. De ahí que no sea necesario ir a ninguna parte, para que podamos ejercitar la caridad, cariño se dice en castellano, y está menos manido. Basta ser delicado en el lenguaje con los más allegados, con los que convivimos día a día.

Pedir las cosas por favor, dar las gracias, sonreír siempre, ceder en los programas de televisión, etc., sin temor a “educar mal” es sembrar para una cosecha que quizá ya sólo la veamos desde el cielo, pero que vendrá seguro. El agradecimiento es una semilla que da frutos y, por tanto, es fuente de nuevas semillas. Una anécdota de Juan Pablo II ayudará. Vasily Sirotenko, profesor jubilado de la lejana ciudad rusa de Armavir, ha recibido un telegrama de felicitación del Papa con motivo de sus 85 cumpleaños. El anciano profesor manifestó al semanario italiano “Familia Cristiana” que era comandante del Ejército Rojo en 1945 y que, al tomar Cracovia, su unidad liberó la fábrica Solvay “donde encontramos 80 obreros polacos, de los cuales descubrimos que 18 eran seminaristas”.

El comandante Sirotenko, que era profesor de Historia Medieval y coleccionaba libros, preguntó a uno de ellos si era capaz de traducir del latín al italiano: “Me dijo que no, pero que tenía un compañero muy inteligente y dotado para los idiomas, un tal Karol Wojtyla. Dí orden de buscarlo y descubrí que se manejaba también en ruso porque su madre era de origen ucraniano con algunas raíces rusas. Lo emplee en traducir documentos del ruso al polaco”. A pesar de que un comisario político le advirtió del peligro, Sirotenko retuvo al joven Wojtyla como ayudante, mientras los demás seminaristas eran enviados, por orden de Stalin, a morir al GULAG de Siberia. Ni el profesor ni el Papa se olvidan agradecidos.

Aprendamos del Papa a no quejarnos. No se queja; es un hombre que está solo ante el peligro, solo en el ruedo del planeta, y sigue poniéndose el mundo por montera, ante el miura de turno. ¡Cuánto ha lidiado este hombre! Este hombre -decía el recientemente fallecido Indro Montanelli- con sus achaques y su resistencia a morir entre médicos o medicamentos lo sentimos de los nuestros, aunque la carga que lleva sobre los hombros aplastaría a cualquier hombre.

¿En el Asilo -Residencia de la tercera edad- o en casa?

Impresiona ver a Juan Pablo II tiritar de frío en el aeropuerto de Tbilisi, en Georgia, sudar ríos en La Habana o hacer casi inútiles los esfuerzos por levantarse tras la genuflexión en el Cenáculo, en Jerusalén, donde celebró la Eucaristía. Este hombre, ¿es que no va a parar?, tan anciano como está y no se dosifica ni pizca. Santo Padre, descanse, por favor, le rogaba un cercano colaborador suyo; y el Papa le contestó: “Ya descansaré en la vida eterna”.

Es un grito que enardece al que busca alcanzar la meta y sabe que hasta que no llegue posee una vida útil. Todavía tenéis una misión que cumplir, una aportación que dar. Ninguno tiene derecho a decir basta. Vosotros no debéis pararos, ni consideraros seres en decadencia. Ante los ojos de Dios este período de vuestra existencia tiene un significado de gracia, porque la vida humana en cada uno de sus estadios, es, después de la misma vida de Dios, el mayor de los valores. Si la sociedad tecnológica no lo aprecia, o incluso lo desprecia, como sucede con frecuencia, es porque ha entrado en una fase de crisis profunda, precisamente desde que ha creído estar autorizada a rechazar el don de los niños y de los ancianos.

Como decía Cicerón “el peso de la edad es más leve para el que se siente respetado y amado por los jóvenes”, pero también lo es para el que se siente querido y respetado por los menos jóvenes. Visitar a los ancianos y enfermos consuela mucho e incluso puede ayudar más a las quienes lo practican que a las mismas personas visitadas. Al hablar de “visita” pensamos inconscientemente en Residencias de la Tercera Edad, lo cual nos suena a todos muy doloroso si pensamos en nuestro futuro. Quizá escuchar al Papa su opinión en este asunto esclarezca nuestra visión. ¿En el asilo o en casa? Es una cuestión que hace sufrir al final de la madurez a los que ven incierto el futuro.

De una parte porque han tenido pocos hijos, o bien la lejanía cuando no el egoísmo de éstos pueden ser algunos de los motivos. Por otra parte, hay mayores -pocos- que lo prefieren, incluso la atención médica requerida en algunos casos puede hacerlo necesario. Se nota que la familia, afligida por problemas de vivienda, de condiciones de trabajo, no permite relaciones serenas con los ancianos y disocie éstas de los servicios que le son propios. De ahí que se agrave la condición de los ancianos y la tendencia a buscar fuera de la familia un modo de vivir en estructuras públicas y con cargo a la sociedad.

Si, por una parte, esas formas de ayuda son posibles y en ciertos casos necesarias y deseables, sin embargo deberían constituir el último refugio y no deberían jamás obligar al anciano al abandono de las normales relaciones con el grupo familiar de origen. Sólo la familia puede lograr que el anciano no se vea afligido por el vacío afectivo que produce en él el sentimiento amargo de la propia inutilidad. Apartar al anciano de la casa significa a menudo hacer una injusta violencia.

La familia, en cambio, con su afecto, puede hacer aceptable, amable, provechoso y sereno el momento precioso de la senilidad. Incluso en la edad más avanzada el ánimo puede continuar afinándose en el diálogo y en la participación activa y solidaria en todas las vivencias de las personas amadas. La experiencia del anciano se convierte en maestra de la vida y en ejemplo. Precisamente, aproximarse al final de la existencia induce a tomar más en serio la propia misión y a no olvidar el lugar que en ella ocupa Dios.

Hemos tratado, al hilo de estas breves líneas, de consolar y animar a todas las personas que se encuentran ya a media ladera descendiendo hacia la meta que ya se vislumbra en la lejanía. Y la meta es el encuentro con un Padre Bueno llamado Dios que nos creó sin pedirnos permiso y, en cambio, sí nos lo pide para otorgarnos la Felicidad que nunca termina ni aburre. La nostalgia de la meta, Dios, da sentido y fuerza al caminante para seguir por el sendero adecuado. Y si la soledad es muy triste como todos sabemos bien es, sin embargo, la más frecuente compañera del caminante en muchos trechos de su transitar terreno. Por eso, alegra tanto encontrarse con alguien en el camino que te acompañe, que te dé conversación, que te ayude a seguir si no puedes, que te ofrezca y te fuerce a comer de sus víveres cuando las fuerzas flaquean. Y eso hace el Papa.

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