EL MIEDO A LA VIDA

Luis Olivera
Periodista
Arvo.net

“Es necesario tener confianza en la vida”, decía hace menos de un lustro, a principios de febrero de 2005, un hombre entonces al borde de la muerte, llamado Karol Wojtyla. Su mensaje desde el hospital, mientras los “buitres” sobrevolaban el Policlínico Gemelli, volvía donde solía, es decir, al principio de todas las cosas, al origen de todo problema político, social o económico: el respeto por la vida, la sacralización de la persona desde la concepción hasta la muerte natural. Cuanto más débil sea esa vida, la del no nacido, la del enfermo, la del moribundo, más respeto y afecto exige.
Le faltaba esa pieza al rompecabezas del Imperio de la Muerte, lo que hoy entendemos como progresismo, y vino el Papa a recordárnoslo: la causa de la cultura de la muerte es el miedo a la vida. Estamos hablando de simple terror, de pánico.
Y el pánico se cura con confianza: “Confianza en la vida exigen silenciosamente los niños que todavía no han nacido. Confianza piden también los numerosos niños que, al quedarse sin familia por diferentes motivos, pueden encontrar una casa de acogida a través de la adopción y del cuidado temporal… El desafío de la vida es el primero de los grandes desafíos de la humanidad de hoy”.
Ése era –sigue siendo– su mensaje. Porque, habrá que decirlo una vez más, el aborto es mucho más que el aborto, al igual que la defensa del más débil, del no nacido, supone toda una filosofía de vida, la corriente más romántica del siglo XXI, la aventura que merece la pena vivir.
En el siglo XX y XXI se han hecho realidad los viejos versos de Chesterton:

“La ciencia proclamó la nada
y decadencia del arte;
el mundo estaba viejo y acabado
pero tú y yo vivíamos alegres;
a nosotros llegaban torpes vicios tullidos,
lujuria que ha perdido su alegría
y miedo que ha perdido su vergüenza”.

Parece como si esta insoportable levedad del ser y del pensamiento, la misma que lleva al infanticidio, no tuviera fuerza ni para pecar. Ahora resulta que no tememos al fuerte, sino al débil. Así de delicuescentes nos hemos vuelto.
Como muestra, sólo un botón. Apenas 24 horas después de que el Papa lanzara su último mensaje, fallecía Hiram Bentley Glass, prestigioso científico dominado por el miedo durante toda su existencia. Este bioquímico americano se convirtió en uno de los apóstoles del aborto y la eugenesia. Afirmaba que la radiación nuclear nos asomaba a un mundo donde las cucarachas tomarían el poder. Seguramente, había leído a Mortadelo y Filemón; pero no olvidemos que era un prestigioso científico (PC). Por eso, exigía el aborto obligatorio y la descendencia, no como fruto del amor, sino como fruto de sesudos análisis científicos que dijeran quién debería tener hijos, cuándo y con quién: “Ningún padre –llegó a afirmar Glass- tendrá en el futuro el derecho de cargar a la sociedad con un hijo deforme o mentalmente incompetente”. El muy progresista lobby feminista de la ONU se tomó estas palabras muy en serio.

Pero las cucarachas no dimanan de la tierra, ni tan siquiera de la Casa Blanca, y el pobre Hiram murió en Colorado, de una vulgar neumonía, haciendo buena aquella vieja y rockera pintada: “Dios ha muerto, dijo Nietzsche”. Y alguien escribió debajo: “Nietzsche ha muerto. Firmado: God”.

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