El matrimonio, algo más que una palabra

El 18 de junio de 2005 se ha convocado en Madrid una manifestación bajo el lema “La familia sí importa”, en oposición a los anunciados cambios en el Código Civil. Javier Aranguren, filósofo, reflexiona sobre la diferencia entre el auténtico matrimonio y las uniones homosexuales en una artículo del que extractamos algunos párrafos.

¿Por qué no son equiparables las relaciones homosexuales con el matrimonio? En primer lugar, porque la sexualidad no es neutral. El cuerpo humano es un cuerpo sexuado como hombre o como mujer. A veces, siguiendo al bueno de Descartes, algunos reducen la relación con el propio cuerpo a la que se tiene con un instrumento: el cuerpo sería una realidad material a la espera de alcanzar un significado que le vendría por medio de la libertad de la persona. Si yo decido que mi cuerpo tenga una significación homosexual a éste le da lo mismo: la neutralidad se concreta con la libertad que es la que a fin de cuentas dota de significado al sexo y al cuerpo. No existe una realidad natural, sino puramente arbitraria. En ese caso la persona se convierte en un ‘espíritu’ interior, y el cuerpo en una cáscara. Algo así repetía el eslogan feminista de ‘Mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero’. Y, sin embargo, ¿no sería más acertado decir ‘Mi cuerpo soy yo’? Si alguien me pega, o me escupe, no puede justificarse diciendo ‘Sólo he pegado/escupido a tu cara. A ti en cambio te respeto’. Eso es falso: lo que le hacen a mi cuerpo (el dolor, el amor) me lo hacen a mí. El cuerpo ya es persona.

Y como el cuerpo personal es sexuado, resulta que la persona humana es persona sexuada: yo soy ‘persona varón’ o ‘persona mujer’, no una persona que además es varón, o mujer, o del Barça. Ser varón o mujer está en otro orden que pertenecer a un equipo de fútbol o tener determinado título universitario: no es algo accidental, sino que me define en el plano más profundo (esencial) de mi ser. Como tal persona sexuada el ser humano se abre hacia la alteridad (amor de amistad) y hacia la complementariedad (amor erótico).

Un mundo estéril

¿Cumple la condición de relación sexual personal la que pueden mantener dos personas del mismo sexo?

En primer lugar, la finalidad natural de la procreación (el sexo suele servir para que se perpetúe la especie) no se cumple de ningún modo, y “no se puede cumplir”. Un mundo homosexual en este sentido no sería en absoluto normal porque se extinguiría en su primera generación. ¿Pueden entonces considerarse iguales los que procrean y los que no procrean? Pero, se me dirá, hay matrimonios estériles. Sí, pero no son estériles por definición, sino en ese caso particular, y además se trata de una desgracia. En cambio, la sexualidad homosexual es estéril necesariamente.

En segundo lugar, la finalidad natural de la complementariedad tampoco se cumple. Desde el punto de vista fisiológico me parece que es evidente: la relación sexual entre dos varones no se puede completar, y entre dos mujeres tampoco. No puede llevarse a cabo ‘cara a cara’, con la mirada en los ojos, es decir, en una reciprocidad que la hace personal. Dirán que eso es demasiado simbólico. Es cierto, pero es que el ser humano es ‘cuerpo personal’, y por eso todo lo corporal (y en especial el abrazo sexual) es altamente simbólico: la donación de mi cuerpo personal a alguien capacitado para recibirlo y que me mira (la miro) cuando lo recibe (la recibo). Eso en la relación homosexual no es posible: es simbólicamente anónima.

Por otro lado, la complementariedad también es de carácter: ellas de Venus, ellos de Marte. ¿Qué hacen dos marcianos, dos venusianas, juntos? Sería como tener dos alcayatas pero ningún gancho, dos Quijotes pero ningún Sancho: ¿no resultaría una vida aburrida?, ¿no lleva rápidamente a cambiar de pareja para tratar de encontrar lo que no se encuentra? (las estadísticas de promiscuidad en el mundo homosexual son francamente llamativas). Al final, no es raro que uno de los miembros de la pareja homosexual adopte un rol contrario al de su sexo, pero tal cosa no deja de ser una falsificación de su propia realidad.

No es discriminación

¿Por qué no convertir las relaciones homosexuales en matrimonio?, ¿por qué esa “discriminación” si resulta que son estables, que quieren una vocación de estabilidad? En primer lugar, porque supone un cambio en los contenidos de una palabra y en un concepto demasiado antiguo y universal como para hacerlo a la ligera: ¿llamar matrimonio a una relación en la que es imposible por definición la procreación y en la que la complementariedad es más que dudosa? Un lenguaje en el que las palabras cambian arbitrariamente de significado deja de ser lenguaje, porque con él ya no es posible seguir comunicándose.

Pero no es el lingüístico el único problema. Si se legisla de este modo para evitar discriminaciones, ¿no se están abriendo una infinidad de discriminaciones nuevas? ¿Por qué no llamar ‘matrimonio’ a la convivencia sexualmente activa de un hombre y varias mujeres –poligamia–, por ejemplo, en el caso en que todos los implicados estén de acuerdo en esa unión? En el fondo así replanteamos la cuestión clave de qué es lo que aporta el matrimonio a la sociedad: su especial papel no se debe al hecho de convivir, sino al de ser el lugar habitual donde nacen y son educados (y financiados hasta que se valen por sí mismos) los nuevos ciudadanos, la continuidad de nuestra especie y la alegría de nuestras calles, los niños. Por eso una relación entre amigos o entre hermanos, entre gays o lesbianas, no es matrimonio. ¿Se trata de una discriminación? En absoluto, es una cuestión de hecho. Yo me licencié en filosofía y, sabiamente, nadie me deja ejercer la medicina. ¿Debo sentirme discriminado por ello?

Por último, dicen que se trata de que también puedan adoptar niños. Parece lógico: atarse a la esterilidad, la búsqueda sin término de una familia que nunca se puede llegar a producir, es una fuente de insatisfacción. Y, sin embargo, el argumento es sencillísimo: lo que prima en la adopción no es el deseo de los adoptantes (nadie tiene derecho sobre los demás seres humanos, y por lo tanto no lo hay a la adopción) sino el derecho de los niños.

Los contenidos de la manifestación del sábado no son políticos. Son antropológicos, de defensa de la institución sobre la que se funda y se sostiene la sociedad, de apoyo a tantos homosexuales que experimentan con dolor su situación y no encuentran apoyo público o social que les ayude a salir de esa situación de contradicción existencial, de cuidado y respeto de los niños, que ni son experimentos ni son mascotas que calmen la soledad de quienes han optado (o les han cegado las salidas) por la soledad estéril a que conduce la relación homosexual.
Javier Aranguren. Con la autorización de: www.aceprensa.com

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