El hilo de la paciencia

En una humilde choza de madera, de las afueras de un pueblo, vivía una viuda de un carpintero con su único hijo llamado Pedro. Era un chico soñador y más aficionado a jugar y a corretear por los campos con Hilda que a estudiar encerrado en casa o en la escuela. En la escuela pensaba: “Tengo ganas de salir, para ir a jugar con Hilda”. Jamás estaba conforme con nada y siempre estaba con sus ensoñaciones. En invierno, mientras patinaba en el hielo, deseaba que llegara el verano para bañarse en el río; pero en el verano, deseaba que llegara el otoño para ver como el viento elevaba graciosamente su cometa. Una tarde de verano, después de pasear por largo rato bajo el sol, Pedro se quedó profundamente dormido. En el sueño, se le apareció un mago que llevaba en sus manos una cajita de plata, redonda como una pelota, de la que salía un hilo de oro. El mago le dio la cajita diciéndole: “¿Ves el hilo, Pedro? Es el hilo de tu vida. Si quieres que el tiempo pase de prisa, no tienes más que tirar de él. Naturalmente, no podrás contar a nadie tu poder. Pero te advierto que el hilo, una vez sacado, no puede volver a la cajita, y no olvides que el hilo es tu propia vida, así que no lo derroches. Una vez dichas estas palabras, el mago desapareció, dejando a Pedro muy contento con lo que creía ser el mejor de todos los tesoros. Cuando quedó solo, contempló aquella cajita con su diminuto orificio, pero no se atrevió a tirar del hilo de oro. Al día siguiente, en la escuela, estaba más distraído que nunca y el maestro le dijo: “A ver, Pedro. Repite lo que acabo de explicar”. Como es natural, Pedro no supo qué decir. “Veo que no has prestado la menor atención, así que como castigo copiarás veinte veces la lección de hoy. Entonces, Pedro sacó disimuladamente la cajita y, bajo su pupitre, tiró un poquitín del hilo de oro. Y un momento después el maestro le dijo: “Bien, ya has terminado el castigo, puedes irte”. Pedro se sentía el más feliz de todos los mortales y, a partir de entonces se divertía continuamente, porque solo tiraba del hilo a la hora de estudiar. Nunca se le ocurría tirar del hilo cuando estaba de vacaciones o cuando estaba con Hilda. Pasaron así semanas y meses hasta que un día pensó: “Aunque esté siempre de vacaciones, ser niño es aburridísimo, así que aprenderé un oficio en vez de ir a la escuela y pronto podré casarme con Hilda. Por la noche, tiró mucho del hilo y a la mañana siguiente, se encontró como aprendiz en el taller de carpintero. Durante un tiempo se sintió feliz y no tiraba del hilo más que en determinadas ocasiones, cuando le parecía que tardaba demasiado el día en que cobraba su jornal, y entonces tiraba un poquito del hilo y la semana pasaba volado. Luego se sintió impaciente, porque quería visitar a Hilda, que se encontraba fuera de la ciudad. Tras largos meses de separación sintió gran alegría al verla, y como no quería vivir ya separado de ella, le dijo: “¿Quieres casarte conmigo? Ya soy un buen carpintero”. “Sí, Pedro, acepto”. Como estaba en sus posibilidades nuevamente, sin que ella supiera, tiró del hilo, y se vieron marchando al templo para casarse. Pero no duró mucho el contento de la feliz pareja. Pedro hubo de incorporarse al servicio militar. Hilda lloraba desconsolada por la separación. “No te aflijas, verás que pronto se pasarán los años”. Durante las primeras semanas de cuartel, Pedro no tiró del hilo, recordando las advertencias del mago. Además la vida de militar le resultaba agradable, por la novedad y porque sus compañeros eran muchachos despreocupados y bromistas. Le encantaba al comienzo, salir de campaña, cargar cañones con granadas, y disparar al grito del capitán. También le gustaba recibir las cartas cariñosas de Hilda. Según pasaba el tiempo, la vida en el cuartel empezó a parecerle aburrida, así que tiró de nuevo del hilo y enseguida estuvo en casa. Hilda lo recibió con gran alegría: “¡Estos dos años han pasado como un sueño!”. “Ya no volveré a tirar más del hilo –se decía a solas–, pues siento que va pasando la edad mas bella de mi vida”. Pero a veces olvidaba sus buenos propósitos, y en cuanto se sentía cansado tiraba un poco del hilo, y sus problemas se pasaban enseguida. De pronto, un día se dio cuenta de que su madre tenía el pelo blanco y la cara surcada de arrugas. Su aspecto era de una mujer muy fatigada. Pedro sintió remordimiento de haber hecho correr el tiempo con demasiada prisa. El tiempo pasaba rápido, y si tiraba del hilo eliminaba una enfermedad, pero enseguida aparecían otras. Cada día le resultaba más pesado el trabajo. Un día le dijo Hilda. “Ya has estado trabajando bastante. ¿Porque no te jubilas?”. “Tienes razón, pero siento que todavía no tenemos suficientes ahorros y ya no tengo fuerzas”. Un día que paseaba apesadumbrado por el campo, oyó pronunciar su nombre: “¡Pedro!”. Miró hacia arriba y vio al mago: “¿Has sido feliz?”, le preguntó. “No lo sé. La cajita que me diste era maravillosa, nunca he tenido que esperar, y tampoco he sufrido por nada…, pero la vida se me ha pasado como un soplo, y ahora me siento viejo, débil y pobre”. “Cuanto lo siento, yo pensé que te sentirías el más feliz de los hombres, al poder disponer de tu tiempo a tu capricho. ¿Puedo satisfacer todavía un deseo tuyo, ¡el que tú quieras!”. “Pues me gustaría volver a vivir toda mi vida, como la viven los demás. Aprender a sufrir me enseñaría a fortalecer mi espíritu y también aprendería a esperar lo bueno y lo malo de la vida con paciencia. Sin conocer el dolor, no podré ser humano y me privaré de comprender a los que sufren”. Pedro devolvió al mago la cajita de plata, y en aquel mismo momento quedó profundamente dormido. Al despertar vio con asombro que todo había sido un sueño. Al día siguiente fue a la escuela con muchas ganas de estudiar.

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