El gol de los gays y lesbianas

Los gays y lesbianas españoles han metido un gol a la sociedad española: podrán contraer matrimonio y adoptar hijos, algo que sólo sucede en contados países. El gol consiste en haber engañado a Zapatero –el gobernante más radical de la breve democracia española- con el sofisma consistente en denunciar como discriminatoria la no equiparación de su relación sentimental con el matrimonio.

Arvo Net, 14 de mayo 2005

Los gays y lesbianas españoles han metido un gol a la sociedad española: podrán contraer matrimonio y adoptar hijos, algo que sólo sucede en contados países. El gol consiste en haber engañado a Zapatero –el gobernante más radical de la breve democracia española- con el sofisma consistente en denunciar como discriminatoria la no equiparación de su relación sentimental con el matrimonio. Bajo esta falacia se esconde, además, otro importante dislate: considerar la institución matrimonial exclusivamente desde la perspectiva de los derechos del individuo y arrinconar el carácter institucional del matrimonio. Intentaré a continuación justificar estas afirmaciones.

La no equiparación de la convivencia de una pareja homosexual con el matrimonio no tiene nada de discriminatorio, por la sencilla razón de que en el ordenamiento jurídico anterior a esta reforma, los homosexuales, si lo deseaban, también podían contraer matrimonio; ciertamente, con una persona de otro sexo. Es decir, gozaban del mismo derecho que las personas heterosexuales en relación con el matrimonio, pues a nadie se le exigía ser heterosexual para contraer matrimonio. Por otra parte, a nadie se le impedía en el ordenamiento jurídico vigente mantener una relación de pareja de carácter homosexual.

Para ilustrar lo que acabo de decir, tal vez sirva una sencilla comparación: pensemos en dos actividades deportivas diferentes, aunque con ligeras semejanzas, como son el tenis y el ping-pong. A todo el mundo se le permite participar en competiciones de tenis, pero para ello se les exige a los jugadores que observen las reglas de juego, que definen, entre otras mil cosas, cómo han de ser el lugar de juego o las bolas que se emplean, cuándo se gana o pierde un punto, etcétera, etcétera. Un jugador de ping-pong no puede pretender que en un torneo de tenis se le permita participar con las reglas propias de su especialidad: puede jugar a tenis si quiere, pero observando sus reglas. Y no puede alegar discriminación por el hecho de que no se le permita participar sin respetar las reglas del tenis.

Entiendo que la reclamación gay-lesbiana contiene una dimensión abusiva porque lo que pretende no es que se les deje hacer a los homosexuales lo que quieran –establecer una convivencia basada en una relación afectiva homosexual- sino que lo que hacen –convivir afectivamente- se equipare con una institución social ya existente y dotada de unas características propias. Lo abusivo de la pretensión gay estriba en que no se conforma con que a los homosexuales que lo deseen se les deje establecer el tipo de convivencia que quieran, sino que va más allá: quieren que al ping-pong también se le llame tenis, y que las reglas del tenis sean las del ping-pong; no otra cosa es pretender que se le llame también matrimonio al tipo de convivencia que mantienen.

Si se piensa despacio en qué consiste esa demanda, uno advierte que se trata de una reivindicación que va más allá de la reclamación de un derecho subjetivo (cuyo atropello justificaría el discurso de la discriminación); lo que hay detrás de la pretensión de una matrimonio gay es un intento de transformar el orden social. El gay no se conforma que se le deje hacer lo que quiere; lucha para que la sociedad sea como él desea; y no para poder hacer lo que él quiere, sino para que la sociedad sea diferente, para que cambie en su estructura.

La frivolidad del gobierno de Zapatero ha consistido en no tener reparos en subvertir el orden social, con el fin de conceder a una minoría una reclamación no razonable, porque no es razonable reclamar que una institución fundamental para la sociedad –el matrimonio- se transforme sin motivo suficiente. Y no es motivo suficiente para cambiar una institución que viene a constituir el esqueleto de la sociedad el deseo que puedan tener los homosexuales de que la sociedad valore igualmente la heterosexualidad y la homosexualidad de cara a constituir la base de la familia.

Pero, para comprender el desatino de la demanda gay, es preciso haber comprendido qué significa que el matrimonio es una institución y, en general, lo que representa una institución para la sociedad. Las instituciones sociales, en el sentido más fuerte del término, son las maneras en qué una sociedad fija los modos de resolver los problemas que la vida humana plantea y que resultan fundamentales para organizar civilizadamente la convivencia y el orden social.

El matrimonio es seguramente la institución más básica y fundamental de la sociedad, porque establece de una manera muy concreta el contexto en el que los seres humanos venimos al mundo y obtenemos el conjunto de atenciones (alimentación, cuidado, afecto y educación) que precisamos en las etapas de máxima indigencia de nuestra existencia. La institución matrimonial incentiva la estabilidad y goza de ciertos beneficios, no sólo para salvaguardar derechos subjetivos de los cónyuges, sino sobre todo por las exigencias que plantean los hijos y, posteriormente, todos los integrantes de la familia. En fin, la institución matrimonial no tiene como objetivo exclusivo satisfacer necesidades afectivas o materiales de los contrayentes –aunque también este objetivo se cumple- sino conformar un espacio de cuidado para el ser humano.

El ejercicio de prestidigitación efectuado por la presión de gays y lesbianas –el gol que han metido a la sociedad- ha consistido en hacer pasar por una mera cuestión de derechos individuales la institución matrimonial. El discurso reivindicativo tiene sentido cuando lo que está en juego es el ejercicio o disfrute de un derecho del individuo. Pero la arquitectura jurídica de una institución, como es el caso del matrimonio, tiene que ver con los derechos individuales de los contrayentes sólo secundariamente: el matrimonio posee una determinada ordenación jurídica porque soluciona aceptablemente una necesidad básica de la sociedad.

Se puede debatir, si se desea, cuál ha de ser la institución más adecuada para dar respuestas a las necesidades humanas que desde hace siglos ha venido resolviendo el matrimonio monógamo y heterosexual. Pero lo que no es de recibo es plantear el cambio de una institución fundamental de la sociedad para dar gusto a unas demandas individuales: el debate sobre las características de una institución es anterior y condicionante del derecho de los individuos a participar en esa institución; es decir, al revés de cómo han ha planteado su reivindicación los gays y lesbianas.

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