El feminismo cristiano

Habla Mary Ann Glendon, representante del Papa en la Conferencia de la ONU, en Pekín
Abogada y profesora de la Universidad de Harvard, casada y madre de tres hijos, Mary Ann Glendon presidió la delegación de la Santa Sede en la Conferencia mundial sobre las mujeres, que tuvo lugar, el pasado mes de septiembre, en Pekín.

Usted ha sido la primera mujer que ha representado al Papa oficialmente en una Conferencia de la ONU. Afrontemos el problema de las mujeres en la Iglesia.
Ante todo, pienso que no hay que exagerar la importancia de este papel. Nos encontramos en un momento en el que las mujeres en la Iglesia están demostrando gran vitalidad, momento que comenzó mucho antes de que yo fuese escogida para dirigir la delegación de Pekín. Hay que considerar que las religiosas han sacado adelante el mayor sistema sanitario del mundo. Lo mismo sucede en el campo de la educación, que siempre ha estado, en gran parte, organizado y dirigido por religiosas. No hay ninguna novedad en el hecho de que la Iglesia se abra a las mujeres. Mi cargo tuvo una connotación más simbólica que sustancial.

Juan Pablo II ha escrito importantes documentos sobre el papel de la mujer en la sociedad. ¿Cuáles son los rasgos fundamentales de la idea del Papa sobre la mujer?
El feminismo, nacido en un momento particular del siglo XX, se plantea los problemas con una inclinación a dividir: división entre el hombre y la mujer, entre la mujer y los hijos, entre la mujer y el trabajo, entre la mujer y otras muchas realidades. El Papa ha dado origen a una visión sistemática del feminismo diversa a ésta, pero es difícil atisbar con claridad su proyecto futuro. En la Mulieris dignitatem, el Papa lanza el argumento e invita a las mujeres -cuyo valor intelectual y «genio femenino» proclama- a cooperar: «Mujeres pensad conmigo en el futuro». Los puntos de partida sí que están muy claros. Está clara la naturaleza de la persona humana -hombre y mujer-: la misma dignidad y semejanza a Dios, de la que se deriva una actitud de diálogo, no de contraposición, una actitud que hay que armonizar y poner de acuerdo los diferentes papeles en vez de contraponerlos. Así, por ejemplo, el hecho de poner de relieve las funciones tradicionales de la mujer no significa en ningún momento querer relegarla a ellos. La liberación femenina es un viaje, con errores, que debe seguir adelante.

Feminismo histórico y feminismo cristiano: ¿qué es lo que les separa?
Hay que reconocer que el feminismo de los años setenta nunca llegó a ser un fenómeno popular ni siquiera en los Estados Unidos, pues su visión no corresponde con la vida real de las mujeres. Las estadísticas en Estados Unidos demuestran que dos tercios de las mujeres de cualquier edad y condición no se consideran feministas. Entre las jóvenes, tan sólo una de cada cinco chicas se considera feminista; estos datos son ya un indicador de que hay algo que no funciona. La historiadora Elisabeth Fax Gervasi ha escogido como título para su último libro la respuesta más común que ofrecen las encuestas: «El feminismo no es la historia de mi vida». El error monumental de ese feminismo ha sido no considerar que en el mundo nueve de cada diez mujeres se casan y que el 80% de ellas tiene hijos: matrimonio y maternidad son dos realidades a las que el feminismo ha dado la espalda. El feminismo cristiano no es individualista. Afirma que cada individuo es único e irrepetible; pero va más allá, afirmando que cada individuo se perfecciona en relación con los demás. La persona humana tiene «naturalmente» una dimensión social; el hecho de que el individuo -hombre o mujer- esté constituido por su relación con el otro es el fruto de la visión cristiana y hace que el feminismo cristiano sea tan rico, fecundo, y cercano a las exigencias de las mujeres, también en lo que se refiere a la sexualidad».
Avvenire-Alfa y Omega

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