EL ARTE DE SABER EXIGIR A UN ADOLESCENTE

Ana Aznar
El verdadero problema de la adolescencia no es qué debe hacer nuestro hijo para ser menos adolescente, sino qué debemos hacer nosotros para ayudarlo a vivir mejor dicha etapa. Lógicamente tenemos que seguir educando en estos años difíciles y para ello se requerirá en casa un ambiente sereno, positivo, de apertura y de diálogo; hablar acerca de todo, no sólo sobre el colegio y las malas notas, o sobre el permanente desorden de su habitación. ¿Es un problema la adolescencia? Más bien estamos frente a una nueva etapa en la debemos derrochar grandes cantidades de paciencia, afecto, simpatía, ejemplo y ayuda.

Conceder sin ceder

Hasta ahora, para exigir ciertas comportamientos a nuestros hijos nos bastaba con «mandárselo» y ellos, unas veces mejor y otras peor, solían acabar obedeciendo. Nos veían con respeto y como modelos a imitar. Pero… ¡nuestro hijo adolescente ha cambiado! Ni siente igual que hace tan solo unos meses, ni reacciona como esperamos y, ni mucho menos, nos ve con esos ojos de admiración que todavía podemos descubrir en la cara de los más pequeños. ¿Y nosotros? ¿Cómo podemos ir a la par, caminar junto a él, no dirigiéndonos ya «a», sino estando «con»? También nosotros debemos cambiar y no poco, en cuanto al modo de exigirle, permaneciendo firmes respecto a los contenidos porque es precisamente de esta solidez, de esta certeza, de !o que e! adolescente tiene necesidad. Pero las formas son vitales, ya que si llegase a decir, con motivo de nuestra rigidez e incomprensión: «¡Total, es inútil, mis padres no me comprenden!», sería el final de cualquier relación constructiva y quizá de cualquier tipo de relación. Por lo tanto, tendremos que aprender a conceder, a alargar la cuerda de la autonomía de los hijos, tanto en las cosas que quieren hacer como en nuestro juicio sobre ellas, sin ceder nunca hasta el fondo, sin jamás dejar de ser padres y madres con autoridad; además de ser afectuosos, tendremos que aprender a exigir con flexibilidad.

¿En qué y por qué debemos cambiar los padres?

Los padres debemos cambiar respecto a nuestra relación con el hijo porque es el punto de partida sobre el cual edificar todo lo demás. Tendremos que esforzarnos en conocer a los hijos con la inteligencia del corazón: día a día, dentro de cada etapa del desarrollo y en particular durante la adolescencia, adoptar la actitud de quien quiere llegar al descubrimiento de los propios hijos sin contentarse con una mirada superficial y sin dar nada por descontado. No es un conocimiento intelectual, sino del corazón que manifiesta así, en la relación con los hijos, una exigente comprensión. Pero, ¿en qué cosas? Fundamentalmente en cuatro aspectos:

~ En el modo de exigir y de hacer que nos obedezcan.
~ En las cosas que debemos exigirles, en cuándo hacerlo y cómo.
~ En el modo de escuchar y de conocer sus razones.
~ En el modo de explicar nuestros síes y sobre todo, nuestros noes.

Escuchar el doble de lo que hablamos

Como bien explica el dicho popular «El hombre tiene dos orejas y una boca para escuchar el doble de lo que habla». Y es precisamente en las relaciones con nuestros adolescentes cuando llega a ser fundamenta; lograr el arte de la escucha: solamente escuchando es cómo podemos conocer lo que llevan dentro. Conoceremos los pensamientos y las ideas que se van formando sobre los temas de actualidad y los criterios que utilizan en cada circunstancia nueva que se les presenta delante. Escuchar y escuchar con el corazón significa que nos debe importar más él que la respuesta que nos dará, o el contenido de aquello que dirá. Debemos «desear saber» no por nosotros, no para controlar, sino por él, para entenderlo, para ayudarlo y también para exigirle y para corregirle.

Exigir más que nunca

Precisamente en este momento tan difícil y delicado es cuando nuestros hijos tienen más necesidad de sus padres y de nuestra autoridad. El adolescente no es, por definición, una persona ya adulta y madura, lo llegará a ser; por el momento está sólo en formación, en desarrollo.

Sin embargo, sucede a menudo que la natural autoridad y exigencia de los padres cuando viene, por así decirlo, pellizcada por los hijos adolescentes, pierde su eficacia y su brillantez, su calma y su seguridad. Exigir con autoridad es dar un punto de referencia, una brújula con la cual orientarse y en la cual están bien definidos los puntos cardinales a seguir. Es una influencia positiva que acrecienta y sostiene, que desarrolla la responsabilidad del hijo que la debe vivir como una ayuda y no como una imposición. No es nunca caprichosa, es decir, a merced de los estados de ánimo o superficiales sentimentalismos por los que a un mismo comportamiento se dan, en distintos momentos, diversas respuestas educativas. Siempre, pero sobre todo durante la adolescencia, es preciso ayudar al hijo porque se enfrenta a uno de los problemas más serios de su fase de crecimiento. Por tanto, se trata de ponerse a su disposición, dispuestos también a cambiar de opinión o a escuchar por enésima vez que nos vuelvan a explicar las razones del otro; no será posible pretender ser los únicos que tenemos razón, aunque se pueda y se deba seguir exigiendo. No tendrá ya sentido aquel: «Porque te lo digo yo».

¿Qué es negociable?

1.- Conceder más autonomía, pero continuar exigiendo en los fundamentos educativos.
2.- Permitirle regresar más tarde; pero pretender que sea puntual.
3.- Concederle hacer planes suyos, pero obtener que acepte también los de toda la familia.
4.- Junto a muchos síes -dados con verdadera y plena confianza, a costa de ser traicionados- que le brindarán una oportunidad para la responsabilidad y el crecimiento, deberán existir unos noes taxativos que no se pondrán nunca en discusión.

¿Cómo podemos conocerlos mejor?

Durante el periodo atormentado de la adolescencia, para conocerlos bien -y sobre todo por dentro- es necesario:

√ Observarlos sistemáticamente, padre y madre por, separado, para luego poner en común lo que cada uno ha descubierto y el modo de exigirles más apropiado.
√ Conocer las características de la etapa evolutiva en la que se encuentran nuestros hijos.
√ Conocer bien las manifestaciones de su carácter.
√ Conocer bien sus intereses y sus deseos.
√ Conocer bien sus debilidades.

El don de la oportunidad

Existen algunas características de nuestro hablar, de nuestro modo de decir las cosas; que pueden favorecer la buena relación con los hijos, abonando el camino para que acepten nuestras exigencias, al comprender que se encaminan a su propio bien. Así, nuestro hablar:

~ Debe ser amable, sin herir, sin ironías, optimista y animante.
~ Persuasivo; sabiendo cómo entrar con cada hijo.
~ Nada de sermones asépticos y antipáticos, ni mucho menos interminables.
~ Oportuno: teniendo en cuenta las circunstancias de lugar y tiempo, no corregir cuando se está enfadado o lo está él, para evitar decir cosas de las cuales luego haya que arrepentirse (amenazas, insultos; etc.).
~ Sabio para no corregir a los mayores delante de los más pequeños.
~ Coherente, es decir, no corregir hoy sí y mañana no: nuestro hijo no entenderá entonces nada, le faltará toda certeza educativa por parte de los padres, de la cual tiene necesidad todavía.
~ Respetuoso para no contradecir al otro cónyuge delante de los hijos y menos cuando éste no se encuentre presente.
~ Un hablar que siempre esté condimentado por una visión positiva de las cosas y de las personas.

PARA PENSAR

• Es importante no molestar al adolescente por tonterías y echarle la culpa de todo. Debemos corregir o insistir sólo sobre lo que es verdaderamente importante.
• Es una etapa de altibajos en sus estados de ánimo, que ni el propio hijo puede explicar. Tenemos que hacerle comprender que debe conceder menor importancia a los momentos de bajón personales y más a los de los demás: padres, hermanos, familiares y amigos.
• Ser prudentes a la hora de reprenderlo para no hacerlo nunca cuando esté con la moral baja y menos delante de los demás. Aunque cueste, es necesario tener mucha, mucha paciencia y por supuesto, no tomarle nunca el pelo. Y siempre buscar el momento oportuno, nunca actuar de modo impulsivo.
• Los padres debemos aportar el suplemento de realismo que falta en los hijos adolescentes. Éstos no se dan cuenta de que el mundo no es tan negro como a veces lo ven ellos. Exigirles un especial olvido de sí mismos cuando entren en barrena en este círculo vicioso.
• Tenemos que evitar conversaciones serias cuando esté cansado, o bien cuando lo estemos nosotros.

Y ACTUAR

Ya no es momento de imponer las cosas, sino de pedirlas, es decir, de solicitar su colaboración de manera que tu hijo sienta que es él o ella quien decide prestar ese servicio a su padre o a su madre. Si quieres que tienda la colada no es aconsejable decirle: «Deja lo que estés haciendo y tiende la ropa”;- mejor, coméntale que tienes varias cosas pendientes y que cuando pueda te sería de gran ayuda que te colgase la ropa. Así, le dejas en su tejado la decisión no sólo de hacerlo, sino de cuándo y porque él quiere.

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