EL ARTE DE ESCUCHAR

PRESENTACIÓN
Felipe, ese simpático y apático amigo de Mafalda, va por la calle, ve en el suelo una lata vacía y le entran ganas de pegarle una patada. Pero pasa de largo porque se dice que ya no tiene edad para ciertas costumbres infantiles. Sin embargo, ese propósito le dura solo unos metros, así que vuelve sobre sus pasos y sacude un generoso puntapié a la lata. En la última viñeta Felipe se compadece de sí mismo y piensa: “¡Qué desgracia: hasta mis debilidades son más fuertes que yo!”.

Está claro que los jóvenes son siempre una promesa que se puede cumplir o malograr. Y que su educación será siempre la mejor inversión de una familia y de un país. Con frecuencia, la educación es también la gran asignatura pendiente en ambos ámbitos. De hecho se ha convertido -al menos en buena parte del mundo occidental- en un tema tan capital como complejo y problemático. Con ella nos jugamos el futuro a corto y medio plazo, porque –como dice un refrán alemán- lo que Juanito no aprenda de pequeño, Juan no lo aprenderá nunca. Pero también nos jugamos el presente, y los datos que avalan esta afirmación son abrumadores.

Bastaría con recordar que, en España, la primera causa de muerte entre los jóvenes no es ninguna enfermedad: son los accidentes de tráfico asociados a la conducta nocturna de los fines de semana. En Estados Unidos, trescientas ciudades entraban en el tercer milenio con toque de queda, entre las once de la noche y las seis de la madrugada del viernes y el sábado, para los jóvenes de quince a veinticinco años. Por eso, no es una exageranción lo que afirma un prestigioso profesor español: que hoy educamos en defensa propia, por instinto de conservación.

Esta situación es bien conocida por nuestra televisión estatal, que en su día diseñó una cuña donde aparecía una maestra en un aula vacía. Varios niños pequeños irrumpían y rodeaban a su profesora riendo y alborotando. Ella les decía entonces: “Niños, vamos a jugar. Tenemos que hacer grupos. Poneos aquí los alcohólicos, aquí los pastilleros, aquí los heroinómanos…”. Mientras el atónito espectador no daba crédito a lo que veía y escuchaba, una voz en off concluía: “Nadie nació alcohólico; nadie nació drogadicto; la educación lo es todo”. Puede parecer un excelente y certero mensaje. Pero no lo es. Su enorme vaguedad hace que sea inservible. Está claro que la educación lo es todo, o al menos casi todo. Pero el anuncio televisivo no nos dice en qué consiste educar. Se calla, por tanto, lo más importante. Tal vez por la incoherencia que supone la emisión -por parte de esa misma televisión- de programas profundamente antieducativos. Lo cierto es que, desde hace años, hablar de educación provoca en España cierto malestar, en parte porque las últimas reformas educativas han convertido la enseñanza en una auténtica jaula de grillos. Los propios alumnos son conscientes de su condición de víctimas. Si escribes novelas jueveniles recibes cartas y correos de lectores jóvenes. Un chico de quince años me escribía y terminaba su correo con esta disculpa: “Perdone usted mis faltas de ortografía, pero es que yo soy hijo de la Reforma”.

Hablo de un malestar confuso, profuso y difuso, generado por un triple cículo vicioso: los profesores suelen quejarse de sus alumnos y del poco apoyo que ofrecen los padres; los padres suelen quejarse de sus hijos y de sus profesores; y los hijos -para no ser menos- no están contentos ni de sus profesores ni de sus padres. Además de esta real pero inconcreta sensación, hay datos concretos. En las frecuentes evaluaciones académicas que la OCDE lleva a cabo entre los países más desarrollados del mundo, España cosecha últimamente tres rotundos suspensos en tres áreas fundamentales: Lengua, Matemáticas y Ciencias.

Lejos de cualquier catastrofismo, este libro quiere ser positivo, de la misma forma que consideramos positivo el tratamiento médico que sigue a un diagnóstico preocupante. Con razón se ha dicho que la educación presupone el optimismo como la natación exige el agua, y que los pesimistas pueden ser buenos domadores, pero no buenos maestros. Por último, la impresión de que ya está todo dicho –de que todo lo que no es tradición es plagio-, es más fuerte en asuntos como el arte de educar. De ahí que, en cada una de las diez claves, el recurso a los expertos me haya parecido casi obligado.

EL ARTE DE ESCUCHAR EN “EL QUIJOTE”

Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la forma en que sabía escuchar Momo era única. Lo hacía de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. Y eso solo porque escuchaba con toda atención y simpatía.

Michel Ende

Un escritor se encuentra con un viejo amigo. Hace mucho tiempo que no se ven y comienzan a charlar. Pero, más que entablar una conversación, el escritor toma el uso y el abuso de la palabra sin dejar que su amigo abra la boca. Al cabo de media hora se da cuenta de su descortesía y pide disculpas: “Perdona: solo he hablado yo. Ya me callo. Ahora cuéntame cosas de tu vida. Dime, ¿qué te ha parecido mi última novela?”.

Para educar hay que escuchar. ¿A quiénes? A los que van a ser educados. ¿Por qué? Porque no son muebles, sino seres humanos, inteligentes y libres, protagonistas de su propia educación. De entrada, las personas que saben escuchar suelen ser muy queridas. Ahí radica parte del atractivo de las madres a los ojos de sus hijos. Ahí encontramos el secreto del atractivo de Momo, esa chiquilla de 14 ó 15 años -protagonista de la novela que lleva su nombre-, acostumbrada a escuchar con interés, con paciencia y con inteligencia a todo el mundo: a sus amigos, a sus vecinos, al viejo barrendero de su barrio… Su autor, Michel Ende, nos dice de ella que sabía escuchar como nadie:

Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja e indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. Los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. Los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres, y si alguno creía que su vida estaba totalmente perdida, que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada a nadie, y que se le podía sustituir con la misma facilidad que se cambia una maceta rota, pues si iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, le quedaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era solo había uno entre los hombres, y que, por eso mismo, a su manera era importante para el mundo.

Escuchar y respetar la vedad. Escuchar es un arte porque a veces no es sencillo saber cuándo y de qué manera debemos hacerlo, ni cómo hemos de proceder a continuación. Quizá podamos admitir, como criterio general, que el diálogo educativo ha de estar abierto a la verdad: la presupone, ha de buscarla y aceptarla. De ahí que la necesidad de escuchar no equivalga a una educación por consenso, pues el consenso no crea la bien ni la verdad. Hay cuestiones que no se pueden discutir y pactar, y otras que no son negociables. Un profesor ha de escuchar a sus alumnos, pero el contenido de su asignatura no lo deciden entre todos. Un médico debe escuchar a sus pacientes, pero su diagnóstico no lo pacta con ellos, como tampoco el juez pacta su sentencia con el acusado. Escuchar a los demás –a los hijos y alumnos- no significa admitir que todas las opiniones son correctas y valen lo mismo, y mucho menos que la verdad no existe, que todo es relativo y depende de lo que piensa cada cual.

La dificultad intrínseca de la educación se agrava hoy por la extensión y la fuerza del relativismo, esa mezcla de postura intelectual y modo de vida que nace de una sensibilidad característica: la hipertrofia sentimental del yo. Dos versos de Calderón de la Barca definen perfectamente esa forma de instalación vital: En yendo contra mi gusto, / nada me parece justo. Pero el relativismo es antieducativo. Savater nos recordaba que “no hay educación si no hay verdades que transmitir, si todo es más o menos verdad”. El relativismo es también amoral e inmoral, pues instaura la jerarquía subjetiva de todos los motivos y abre la puerta al “todo vale”. Con esa lógica de papel, el drogadicto al que se pregunta por qué te drogas, siempre podrá responder ¿y por qué no? Viktor Frankl contaba el caso de un hombre que acudió al médico por problemas de audición. El médico le dijo que oía mal porque bebía mucho. El paciente dejó de beber y se curó en un mes, pero pasó otro mes y tuvo de nuevo problemas con el alcohol y el oído. El médico le preguntó por qué había vuelto a beber, y aquel hombre dio esta respuesta: “Porque he descubierto que oír bien no me gusta tanto como el whisky”.

Educar es enseñar a conocer la realidad, a reconocer las cosas como objetivamente son, no como subjetivamente pueden parecer o nos conviene que sean. Lo cual no es nada sencillo. Pongo un ejemplo literario: lo que para Don Quijote son gigantes enemigos, para Sancho son molinos de viento. Lo que para Sancho es una bacía de barbero, para don Quijote es el yelmo de Mambrino. El problema es que los dos no pueden tener razón, justamente porque la realidad no es doble. Son ejemplos tan grotescos que no nos sentimos aludidos. Nos parece que nadie en su sano juicio ve la realidad tan distorsionada. Pero, por desgracia, no es así. Entre un terrorista y un ciudadano pacífico, entre un nazi y un judío, entre un defensor del aborto y un defensor de la vida, entre un vendedor de helados y un vendedor de droga, entre el que vive fuera de la ley y el que vive dentro, entre el que conduce sobrio y el que conduce borracho…, las diferencias son mayores y más dramáticas que las diferencias entre Don Quijote y Sancho. De hecho, el relativismo es lo más parecido al SIDA en el terreno intelectual y moral: una inmunodeficiencia mortal para la inteligencia y la conducta.

La actual negación de la verdad es común a los ámbitos público y privado, pero en la esfera de la conducta pública se llega al “todo vale” por el camino de la opinión mayoritaria. Si no se reconoce la existencia de la verdad, el criterio ético deja paso al criterio sociológico, que sustituye el respeto a la realidad por la obediencia a las mayorías. El problema de esta sustitución es que conocemos mayorías tan absolutas como equivocadas, que –a modo de ejemplo- durante siglos han decretado la centralidad e inmovilidad de la Tierra en el cosmos, o han aprobado la esclavitud y negado derechos fundamentales a la mujer. Con un sentido común irrefutable, Erich Fromm nos dice que el hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; el hecho de que compartan muchos errores no convierte éstos en verdades; y el hecho de que millones de personas padezcan las mismas formas de patología mental no hace de estas personas gente equilibrada.

* 15 consejos de un adolescente a sus padres

El que sabe escuchar –una madre, un amigo, un profesor, un médico- nos hace sentir que la elocuencia no está solo en quien habla, sino también en quien escucha. Por eso se puede decir que hay silencios elocuentes, cargados de significado. Escuchemos 15 consejos de un adolescente a sus padres. Un autor anónimo los publicó hace años en la revista Hacer Familia.

1. Trátame con la misma cordialidad con que tratas a tus amigos. Que seamos familia no quiere decir que no podamos ser amigos también.

2. No me des siempre órdenes. Si me pidieras las cosas en vez de ordenármelas, yo las haría antes y de buena gana.

3. No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer. Mantén tu decisión.

4. No me des todo lo que pida. A veces pido para saber hasta dónde puedes llegar.

5. Cumple las promesas, tanto si son buenas como si son malas. Si me prometes un permiso, dámelo. Si es un castigo, también.

6. No me compares con nadie, especialmente con mis hermanas o hermanos. Si me ensalzas, el otro va a sufrir. Si me haces de menos, quien sufre soy yo.

7. No me corrijas en público. No es necesario que todo el mundo se entere.

8. No me grites. Te respeto menos cuando lo haces.

9. Déjame valerme por mí. Si tú lo haces todo, nunca aprenderé.

10. No mientas delante de mí. Tampoco pidas que yo mienta por ti, para sacarte de un apuro.

11. Cuando haga algo malo, no me exijas que te explique por qué lo hice. A veces, ni yo mismo lo sé.

12. Cuando estés equivocado en algo, admítelo y crecerá mi estima por ti, y yo aprenderé a admitir mis equivocaciones.

13. No me pidas que haga una cosa que tú no haces. Aprenderé y haré siempre lo que tú hagas, aunque no lo digas.

14. Cuando te cuento un problema no me digas “ahora no tengo tiempo para tus tonterías” o “eso no tiene importancia”. Trata de comprenderme y ayudarme.

15. Quiéreme y dímelo. Me gusta oírtelo decir, aunque tú no lo creas necesario. Me agrada mucho.

* Un libro: Don Quijote de la Mancha

Las relaciones humanas se apoyan en las palabras. Podríamos decir que estamos hechos para escuchar y ser escuchados, para entablar diálogos, puentes inteligentes y afectivos que nos convierten en plenamente humanos, en personas. Persona significa relación. Todo hombre nace de una relación entre sus padres, y lo primero que hace al llegar al mundo es establecer vínculos con un regazo que le acoge y un rostro que le sonríe. Mucho después vendrán las relaciones con los amigos, con el ambiente social y los educadores. Sin todas ellas, sería imposible la maduración personal. La incomunicación ha sido señalada como uno de los males más extraños y graves de nuestra época. Natalia Ginzburg nos habla de la desazón que experimenta cuando llega el momento de hacer hablar a los protagonistas de sus novelas:

Durante páginas y más páginas nuestros personajes intercambian observaciones insignificantes, pero cargadas de una desolada tristeza: “¿Tienes frío?” “No, no tengo frío.” “¿Quieres un poco de té?”. “No, gracias.” “¿Estás cansado?” “No lo sé. Sí, tal vez esté un poco cansado.” Nuestros personajes hablan así para engañar al silencio. Hablan así porque ya no saben cómo hablar.

Nos referimos al problema del silencio cuando decimos, con una frase tópica, que se ha perdido el gusto por la conversación. Pero lo que realmente estamos perdiendo es la posibilidad de una relación libre y normal entre los hombres, y esa pérdida nos afecta tanto que algunos se han quitado la vida por su peso insoportable. “El silencio –dice la autora de Léxico familiar- cosecha sus víctimas día tras día: es una enfermedad mortal”. Contra ella disponemos del arte de escuchar, que lleva consigo la predisposición a comprender y estimar, a responder y aconsejar, a compartir y ayudar, a procurar –en fin- hacer que la vida de los demás sea más llevadera y amable. Por eso ser escuchado sienta bien al que habla, y lo hemos comprobado con frecuencia. La mejor novela del mundo es tal vez el más largo y sabroso diálogo del mundo: las razones y sinrazones que intercambian un pobre loco y un amigo que le estima y le sirve. Sin Sancho Panza, don Quijote es un hazmerreír, un majadero a quien se engaña y apedrea. Gracias a su escudero, don Quijote -que se sabe escuchado y estimado- nos muestra la riqueza insospechada de su alma y alcanza a nuestro ojos una enorme estatura humana.

No hay yo sin tú. No hay persona sin diálogo. No hay don Quijote sin Sancho. Al famoso caballero le hubiera resultado insoportable vagar en solitario por los caminos de España, y a los lectores su soledad nos habría aburrido sin remedio. La introducción del diálogo confiere vivacidad a la historia y suple con decisiva ventaja cualquier otro procedimiento descriptivo. Pero, sobre todo, enriquece mutuamente a los protagonistas y otorga personalidad a sus personas. Además, en el diálogo se amasa todo ese complejo de refranes, sentencias, agudezas, chistes y cuentecillos que es el Quijote. De esa materia, genialmente fundida y trabajada por Cervantes, nace Sancho Panza, criatura literaria más real que las de carne y hueso.

Por el diálogo surge ese profundo afecto entre dos personas tan dispares. Sancho Panza tendrá sobrados motivos para abandonar a su trastornado amo, pero el afecto que ha fraguado entre los dos se lo impide y le hace decir que su señor “no tiene nada de bellaco; antes tiene un alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga”.

La compenetración entre escudero y caballero produce una mutua y variada influencia, que abarca desde la visión de la vida a la forma de hablar. Contagiado por Sancho, don Quijote acaba ensartando refranes en su conversación, y Teresa Panza reprocha a su marido que, “después que os hicistes miembro de caballero andante, habláis de tal rodeada manera, que no hay quien os entienda”. El diálogo constante da lugar a lo que Salvador de Madariaga ha llamado quijotización de Sancho y sanchificación de don Quijote, “una interinfluencia lenta y segura que es, en su inspiración como en su desarrollo, el mayor encanto y el más hondo acierto del libro”. La observación es tan exacta que, al final de la novela, los papeles se han invertido: Sancho cree en los ideales de la caballería andante, mientras don Quijote va soltando lastre de locura hasta morir cuerdo.

Por estar cargada de significado, la palabra es capaz de conmover a fondo a quien la escucha. Una breve noticia puede llevar a una persona a la tumba o a la cumbre de la felicidad. A modo de ejemplo, Woody Allen dice que las dos palabras más hermosas de un idioma son “tumor” y “benigno”, siempre que se pronuncien juntas. Esta capacidad del lenguaje, que podríamos llamar pedagógica y terapéutica, es bien conocida por profesionales de la enseñanza, de la psicología y de la psiquiatría. Cervantes, que poseía un profundo conocimiento de la naturaleza humana, emplea esa pedagogía y esa terapia con don Quijote. Pone a su lado un escudero lleno de afecto y sentido común, que sabe escuchar a su señor y tomarle en serio, mientras le va corrigiendo con sencillez y picardía. Psicólogo, psiquiatra y maestro analfabeto y por accidente, Sancho Panza desempeña su múltiple papel con tanto acierto que logra la curación de don Quijote. Supongo, entre las razones del éxito, el empleo espontáneo de lo que Viktor Frankl llamará logoterapia cuatro siglos más tarde. Una “curación por la palabra”, no encaminada a superar un estado depresivo -inexistente en don Quijote-, sino una visión deformada de la realidad. Solo en ese sentido amplio –el mismo que usamos cuando decimos que “hablando se entiende la gente”- me atrevo a emplear el término acuñado por el doctor Frankl.

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