EDUCACIÓN SENTIMENTAL

Itxaro Sorozabal
La educación sentimental de nuestros hijos es un aspecto imprescindible de la educación que debe ser integrada en el conjunto de una personalidad armónica y concreta.

Puede decirse que si la voluntad es el fundamento último del amor, el sentimiento es el que lo humaniza. En palabras de Lewis: se podría decir que es por este elemento intermedio que el hombre es hombre: por su intelecto es mero espíritu y por su instinto, mero animal.

Si, cuando llegue el momento de la reflexión y nuestros hijos sean capaces de reconocer con la inteligencia aquéllas grandes o pequeñas verdades que hayamos sabido transmitirles, no han aprendido a sentirlas y nadie les ha enseñado a aborrecer lo detestable y gustar lo amable, si sus sentimientos no han sido educados parejamente a su entendimiento, serán incapaces de admitir esas verdades porque, aunque quieran, no podrán ni sabrán vivirlas como propias.

A nuestros hijos les conviene mucho que les ayudemos a “gobernarse” desde pequeños, forzándoles, por ejemplo, a terminar aquellas comidas que menos les gustan, ordenar sus cosas…Y si es necesario, haciendo de tripas corazón, porque de esta manera estaremos ayudando a ese corazón –sentimientos, emociones, apetencias, gustos- a ser, en verdad, el escudero que la razón necesita para ejercer el “señorío de si” que nos caracteriza como personas.

Más adelante habrá que ponerles en situación de “sentir”-a veces a fuerza de mera repetición- que hay bienes que en apariencia repelen y males revestidos de atracción.

Una imagen que a partir de cierta edad -12 años bastan- entienden sin dificultad es la de la bicicleta. Si comparamos este sencillo artilugio con la persona humana, el manillar equivaldrá a la razón, que es la que indica y decide el camino a seguir; los pedales y los frenos harían las veces de la voluntad, que, bien entrenada, nos lleva a donde queremos ir, venciendo las subidas y adecuando la velocidad en las bajadas; las ruedas, corresponderían a los sentimientos, que, como tenemos experimentado, tienen una tendencia natural a seguir el camino más fácil.

Así, se da en la vida que a veces el sentimiento acompaña y hay que hacer muy poco esfuerzo para llegar al destino escogido…pero otras veces, el sentimiento se rebela porque encuentra un repecho que se resiste a ser vencido.

Esa resistencia se debe generalmente a falta de entrenamiento, de acostumbramiento. Un sentimiento que no ha experimentado jamás la superación de dificultades, el vencimiento propio y aún la frustración, difícilmente podrá encarar cuesta alguna. Acaso querrá pero no será capaz a veces, siquiera de intentarlo.

Ya podemos los padres esforzarnos en transmitir a nuestros hijos las más grandes y bellas verdades o los más altos principios, que si no les enseñamos a “sentir”-así: sentir- agrado y simpatía por lo que en verdad y no en apetencia es grato y simpático, y disgusto por aquello que realmente es desagradable y repugnante, todos nuestros esfuerzos pueden caer en vano.

La educación de los sentimientos pasa por la adquisición de hábitos desde pequeños, hábitos que ayuden a ordenar las tendencias y emociones para armonizarlas y adecuarlas a la verdad o a lo más conveniente.

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