EDUCACIÓN DIFERENCIADA

Por Juan Alberto Varela
6-9-04
Durante años, la educación diferenciada consistió en la norma. No eran los criterios religiosos los que primaban para esta política, sino que se veía con naturalidad, por parte de padres y profesores, que lo mejor para las niñas y para los varones era que fueran educados en escuelas separadas. Estaba claro para todos, que lo contrario, era ajeno al sentido común.

Pasaron los años y las escuelas mixtas fueron cada vez más comunes. Así, promediando el siglo XX, la opción educativa por la escuela mixta era perfectamente posible en la mayoría de los países occidentales. Tanto los sistemas públicos como los privados de educación fueron incorporando el criterio de la educación mixta.

Esta corriente pedagógica acompañó todos los movimientos sociales y culturales que, desde fines del siglo XIX y hasta bien entrado el XX, buscaban la igualdad de oportunidades para varones y mujeres, desde el derecho al voto hasta el acceso al mercado laboral, a la vida universitaria, al mundo de la cultura, a los deportes, etc.

Se hace necesario precisar aquí que las bases filosóficas de los postulados feministas que impulsaron estos cambios, motivados inicialmente por razones de estricta justicia y reconocimiento a la dignidad de la persona, fueron tomando contenido ideológico cada vez más marcado. En efecto, corrientes de pensamiento de corte liberal o bien de corte marxista, en definitiva siempre de sesgo materialista, fueron utilizando los mencionados postulados para sus fines ideológicos.

Prontamente entonces, el sistema pedagógico que mantenía la separación por sexos, fue asociándose a criterios de conservadurismo político o bien de intransigencia y fundamentalismo religioso, así como a un puritanismo trasnochado o a un machismo que sólo buscaba, en la permanencia del sistema separado por sexos, el aislamiento de las niñas del acceso a las mejores ofertas educativas. Los colegios “para señoritas” pasaron entonces a tener una connotación peyorativa “ancien régime”, como instrumentos culturales para mantener a la mujer dentro de la casa, aspirando en el mejor de los casos a una buena formación en las bellas artes y una formación religiosa fundamentalmente muy piadosa y bastante poco doctrinal. La formación profesional se reservaba el área de la docencia primaria y poca cosa más.

En el caso de los varones, por el contrario, el estereotipo marcaba formación doctrinal profunda, acceso a los conocimientos de las ciencias abstractas y de la filosofía, deportes y reciedumbre, preparación en definitiva para el papel de conductores de los destinos de la sociedad.

Hoy por hoy, la enorme mayoría de los objetivos de igualdad han sido alcanzados, al menos en el mundo occidental. No ocurre de la misma manera en determinadas culturas y países, donde la mujer recibe claramente un tratamiento discriminatorio, muchas veces denigrante. No sólo pienso en las mujeres afghanas, impedidas de ir al médico o de estudiar. O en las jóvenes de algunos lugares del sudeste asiático, obligadas por sus familias a ser instrumento de turismo sexual. O en las salvajes amputaciones clitoridianas de algunos países islámicos (hoy también motivo de consulta en las emergencias de los hospitales de Paris). Pienso en realidades mucho más cercanas, de la mujer obligada por la cultura dominante a ser esclava de su cuerpo, a renunciar a la maternidad por el avasallamiento de la sociedad de consumo, a ser tratada como objeto por una moda despersonalizante, a ser minusvalorada y etiquetada de mediocre si opta por ser esposa y madre sin adjetivos.

Pues bien, estos logros alcanzados en la búsqueda de la igualdad entre mujeres y hombres no siempre lograron sus objetivos primigenios. Y en general puede afirmarse que esto no ocurrió porque el concepto de igualdad fue entendido en el sentido restrictivo en el que se aplica en las ciencias físicas o en otras áreas del conocimiento, que por su propio modo de conocer, no admiten ni matices ni diversidades.

En efecto, la igualdad entre las personas, hombres, mujeres, niños, adultos, enfermos o sanos, blancos negros o amarillos, puede afirmarse en el terreno ontológico. Somos iguales porque somos personas. Tenemos los mismos derechos porque somos personas. Sin embargo, por el hecho mismo de ser personas, somos individuos y por tanto diferentes. Iguales en dignidad. Diferentes en nuestra individualidad.

Alguien con buen criterio, podría argumentar que todo lo anterior es de Perogrullo. Que basta con abrir los ojos y mirar. No es así, sin embargo. Las corrientes de pensamiento afiliadas a la ideología de género, no dudan en afirmar que las diferencias de orden biológico, es decir aquellas que se observan en el orden de lo tangible, de lo mensurable, de lo fáctico, del más puro, simple y primitivo materialismo, sólo constituyen un dato irrelevante de una construcción de tipo cultural. Nunca el padre del relativismo filosófico pudo imaginar que se llegaría tan lejos. El hombre y la mujer lo son si quieren, y por el tiempo que quieran, independientemente de sus cromosomas o de otras evidencias bastante menos microscópicas.

Dentro de este contexto ideológico, histórico y cultural es que debe ser considerado el camino que ha llevado a la coeducación, de ser una corriente pedagógica progresivamente tolerada y aceptada, a ser hoy por hoy, un dogma educativo. No se puede dejar de considerar también, que en los años sesenta, las razones de tipo económico fueron determinantes para que muchos colegios juntaran las secciones de varones y de niñas. Igualmente, en estos años, un gran número de colegios religiosos optaron por la coeducación en una opción que no fue de índole fundamentalmente pedagógica sino de desconcierto doctrinal-religioso.

Nos encontramos en el momento actual, frente a una reconsideración de este “dogma” pedagógico. En efecto, basta navegar por las páginas especializadas que se ofrecen al interesado en internet- recomendamos especialmente «diferenciada.org» – para comprobar el resurgimiento de la educación escolar y media para niñas y niños por separado (single-sex schooling, educación diferenciada). Se ofrece además un verdadero aluvión de publicaciones sobre el tema: “Where Girls Come First: The Rise, Fall, and Surprising Revival of Girls Schools” de Ilana De Bare; “Same, different, equal : rethinking single-sex schooling” de Rosemary Salomone; “Les pièges de la mixité scolaire” de Michel Fize; “Who Stole Feminism? How Women Have Betrayed Women” y también “The war against boys; how feminism is harming our young men” de Christina Hoff Sommers; son sólo una pequeña muestra de la numerosa literatura que está ocupándose de este problema educativo La prensa internacional tampoco es ajena; Der Spiegle de mayo del 2004 presenta un dossier muy interesante. La Vanguardia de Barcelona, en septiembre de este año le hace una extensa entrevista a Michel Fize, mientras que l´Avvenire entrevista a Cesare Cavalleri en julio de este año.

Podríamos continuar citando bibliografía, pero no es ésta la finalidad principal de estas líneas. Quiero sin embargo detenerme un instante en una reflexión de tipo personal, a la cual me siento autorizado luego de quince años de dirección de un colegio de varones. Además como padre de una familia numerosa, ocho varones y dos mujeres, la mayoría de ellos ya en la Universidad, aunque todavía el más pequeño queda en la escuela. Todos fueron a colegios de varones y de niñas por separado.

¿Cómo evaluamos mi esposa y yo, así como nuestros hijos, con una visión retrospectiva pero a su vez actual, como ha quedado dicho, la opción que en su momento hicimos por colegios de educación diferenciada para nuestra prole?

En primer lugar, que fue en el ejercicio de nuestra libertad y de nuestro derecho como padres, de elegir para nuestros hijos la educación que entendimos más conveniente. No fue fácil. Hace 26 años, las corrientes co-educativas estaban todavía en pleno auge y nadie se oponía a este criterio dominante. Por tanto, las presiones familiares y del ambiente hacían difícil mantener la elección En aquel momento nos guiaba el consejo de algunos amigos y el convencimiento intelectual de la propuesta. Hoy, mirando hacia atrás, lo volveríamos a hacer, agregando a lo anterior, la luz de la experiencia propia y de tantos matrimonios amigos nuestros que enviaron a sus hijas e hijos a los mismos colegios.

Una vez, un amigo de vasta experiencia en el trato y el conocimiento de la juventud, me hizo un comentario, que a pesar de pecar de inmodestia, no me resisto a transcribir, porque describe de una forma clara la razón última del educador, que es formar personas. Me decía este buen amigo: “Conozco a muchos de tus hijos e hijas. Y tengo que felicitar a tu mujer y a ti porque son todos bien diferentes. Habla bien de Uds. como educadores”. Mi amigo decía sólo una parte de la verdad. Porque esa educación personalista, que buscó siempre reforzar y consolidar lo que de bueno tenía cada uno de nuestros hijos, así como corregir lo malo, se vio facilitada en gran medida porque la educación de niñas y varones por separado en el colegio y el liceo, ayuda enormemente a los padres en este objetivo primerísimo de educar personas.

En efecto. Las riquezas que son propias de la femineidad y de la masculinidad, diferentes pero complementarias, iguales en su dignidad, distintas en su individualidad, se fortalecen y se potencian mediante la educación diferenciada. Pero además, tanto las niñas como los varones, desarrollan mejor y más armónicamente sus potencialidades en todas las áreas de la educación formal a estas edades. Existe abundante documentación que evidencia mejor rendimiento de las niñas en materias tradicionalmente asociadas con las afinidades varoniles, como las ciencias abstractas, los deportes, y por el otro lado, una mayor libertad entre los niños para el desarrollo del gusto por las artes y el estudio de las lenguas cuando están separados.

No menos importante ha sido el resultado a la hora de evaluar la armonía del desarrollo personal de cada uno al finalizar el ciclo primario y medio. Porque independientemente de las consideraciones que se puedan hacer y los beneficios que se puedan ponderar en el ámbito de los resultados académicos, importa tanto o más ver como se enfrenta la joven o el joven a las nuevas etapas vitales. En este punto, donde lo que se evalúa es intangible, podría argumentarse que entramos en el terreno de la subjetividad. Precisamente por esta razón, el tema es más delicado.

La conclusión a nivel familiar y a nivel profesional, habiendo visto egresar del sistema a muchas promociones, es que la educación diferenciada facilita una afirmación más consistente de la propia personalidad y por lo tanto una capacidad de discernimiento más sólida, una mayor madurez, frente a las opciones de vida que se le presentan a los jóvenes a estas edades en los diferentes ámbitos del quehacer humano.

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