Eduardo Ortiz de Landázuri, el médico amigo ¿Nobel o santo?

«Si usted tuviera que elegir entre ser santo o ganar el premio Nobel, ¿qué elegiría?» Así de directo se lo preguntó el doctor Carlos Jiménez Díaz a su discípulo Eduardo Ortiz de Landázuri en el viaje que realizaron a los Estados Unidos en la primavera de 1958. Los dos se conocían desde hacía treinta años, desde que Ortiz de Landázuri había comenzado sus estudios de Medicina en el viejo caserón de San Carlos, donde ya había dado muestras de grandes cualidades. Eduardo, además de buen estudiante, era muy conocido en la Universidad, pues era -como dirían las gentes de orden- un inquietorro. Militaba en organizaciones de izquierdas, había sido elegido vicepresidente de la FUE y, convencido republicano como era, había trabajado eficazmente para acabar con la decadente monarquía de Alfonso XIII.
Como a tantos españoles, la guerra civil le desgarró sus sentimientos. Fueron sus propios correligionarios políticos los que fusilaron a su padre, con quien permaneció toda la noche, antes de que fuera ejecutado. Era entonces teniente médico del ejército republicano en Madrid. Después de la ejecución de su padre, de quien aprendió que la vida es un acto de servicio, se fue al hospital para pasar consulta a sus enfermos.
Sometido a consejo de guerra, al concluir la contienda civil, fue absuelto en el proceso de depuración y se incorporó a la clínica de Jiménez Díaz en el Hospital Clínico de San Carlos. A partir de entonces, relatan sus biógrafos una fecunda y brillante carrera médica, en la que alternan los títulos y los cargos, con la atención a «sus enfermitos», que así es como Pittaluga le enseñó en la Facultad a llamar a los pacientes. Nada menos que medio millón de enfermos pasaron por sus manos, lo que fue posible a base de jornadas laborales sin horario. Fue catedrático, decano y vicerrector de la Universidad de Granada. Se casó y tuvo siete hijos, entre ellos Eduardito, al que tuvo que internar durante años en un hospital psiquiátrico, y al que visitaba constantemente.

Eduardo con unos amigosEduardo Ortiz de Landázuri fue miembro del Opus Dei, dejó Granada y marchó a Pamplona para poner en marcha la Facultad de Medicina y la Clínica Universitaria. Lo que hoy es un centro hospitalario de prestigio internacional, lo empezó este hombre sin medios y hasta sin enfermos. Tuvo incluso que pedir permiso en los hospitales de Navarra, ante el asombro de las interesadas, para que sus primeros alumnos de Pamplona vieran algún parto fuera de los libros. Pero, ante dificultades e incomprensiones, fue saliendo adelante la Facultad de Medicina y la Clínica, de modo que en cierto momento y ante un grupo de personas pudo decir al fundador del Opus Dei: «Me pidió que viniera a Pamplona a hacer una Universidad y ya está hecha…» No le dejó acabar, y puntualizó el Beato Josemaría Escrivá para qué había emprendido aquella iniciativa: «No te he pedido que hagas una Universidad, sino que te hagas santo haciendo una Universidad».
Así es que cuando Jiménez Díaz, su maestro, en aquel viaje a los Estados Unidos le hizo aquella pregunta, Eduardo Ortiz de Landázuri pudo responder con la clave que había orientado su vida: «Don Carlos, no hay ninguna contradicción entre ser santo o ganar el premio Nobel, porque si quiero ser santo tengo que trabajar como para ganar el premio Nobel».
Javier Paredes

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