DIEZ FALSAS RAZONES PARA CASARSE

El profesor Tomás Melendo, que nos honra con su colaboración, nos escribió un artículo que ha interesado mucho a nuestros lectores: ¿Vale la pena casarse?. Vendría bien releerlo como contexto a estas «Diez falsas razones para casarse», de interés no menor para los corazones jóvenes en años. El horno no está para bollos.

DIEZ FALSAS RAZONES PARA CASARSE

Por Tomás Melendo

Además de causas de fondo, muy fundamentales, que dificultan la armonía conyugal en el mundo de hoy, existen otros muchos motivos más concretos que constituyen la antecámara de un fracaso matrimonial. Se trata, como suele decirse, de matrimonios equivocados desde el principio. Entre las muchas falsas razones que podrían inducir a alguien a casarse con una determinada persona, señalamos las más frecuentes.

1. Atender sólo al atractivo externo de la pareja, o incluso al dinero, posesiones, posición y vida social, etc., olvidando o no dando importancia a aspectos más decisivos como su carácter, su personalidad, sus defectos y virtudes, los intereses comunes y su concepción de la vida. Como sugiriera Cantú, «ciertos matrimonios creados únicamente por la belleza se vician al desvanecerse la ilusión. Es preciso buscar las cualidades personales y, principalmente, las morales». O, lo que viene a ser muy parecido, resulta prudente apreciar al novio o a la novia por lo que en realidad es, y no por lo que aparenta, por lo que hace, ni mucho menos por lo que dice o promete. «Mientras que para enamorarse no hace falta pensar, sí que es preciso hacerlo para reconocer el amor», nos recuerda Brancatisano.

2. Idealizar sus virtudes, sin caer en la cuenta de que en parte son el fruto del propio enardecimiento romántico, no del todo realista. El auténtico amor de voluntad es clarividente y nos ayuda a descubrir las notas positivas y a apreciar y comprender los defectos del ser querido; por el contrario, como venimos repitiendo, el simple amor sentimental resulta bastante ciego para los déficits y engrandece hasta la desmesura e incluso inventa las cuali¬dades.

3. El miedo a quedarse solos o a hacer el ridículo. Aunque hoy la edad media de quienes se casan se ha ele¬vado notablemente en la mayoría de los países de nuestro entorno, no falta quien, con tal de no arriesgarse a ser un solterón o una solterona, y con el terror a envejecer de¬masiado pronto, se casa en la primera ocasión con quien le sale al paso o, más a menudo, sin madurar suficiente¬mente esa decisión trascendental. Todos estamos obliga¬dos a tener muy en cuenta la sublimidad de la propia persona y el inmenso abanico de posibilidades de enri¬quecerla y hacerla florecer y dar fruto: en ningún mo¬mento de nuestra biografía deberíamos limitar el hori¬zonte vital al de pescar a toda costa una mujer o un marido.

4. El afán de independencia respecto a los propios padres. Quien sufre por un sometimiento excesivo a sus familiares tiende a ver en el matrimonio una especie de liberación, y la decisión de formar un hogar propio, in¬cluso demasiado pronto, puede venir determinada por el deseo de emanciparse.

5. El punto de honra de quien quiere afirmarse, ante la oposición de sus padres respecto a la elección de la pareja. Mantener la propia opción puede ser algo bueno, con tal de no hacer de ella una cuestión de vic¬toria personal. En el objetivo de cualquier miembro de un matrimonio ha de estar siempre la felicidad y el bien del cónyuge, y no un deseo algo infantil de afirmación del yo.

6. El miedo a interrumpir un noviazgo oficial y so¬cialmente alentado. Tal temor puede constituir una se¬ria dificultad para quienes no posean el hábito de tomar decisiones con libertad y responsabilidad propias, sobre todo cuando la presión de los padres, parientes o amigos es intensa. El temor a producir un grave dis¬gusto a los familiares, entusiasmados ante un determi¬nado partido o materialmente interesados en él, ha in¬ducido a más de uno y de una a casarse con la persona equivocada.

7. El terror al escándalo, cuando la chica queda em¬barazada (y cuya respuesta jamás debería ser el hoy tan utilizado recurso al aborto). A menos que se hubiera de¬cidido el matrimonio antes de la concepción y con plena libertad, es desaconsejable precipitarlo. Sería mejor espe¬rar a que nazca el niño y después, con calma y con sereni¬dad, los dos estarán mejor dispuestos para tomar una de¬terminación ponderada.

8. Casarse con alguien por la compasión que pro¬duce su situación y pensando que de este modo se le po¬drá ayudar. Aun cuando la compasión es un sentimiento nobilísimo, no resulta equiparable al amor ni lo susti¬tuye: por tanto, ese matrimonio está destinado al fracaso como matrimonio… y como obra de caridad.

9. Pensar que el matrimonio pudiera constituir un remedio para las propias anomalías psicoafectivas (como, por ejemplo, en caso de homosexualidad). Quien no lo¬gra superar ciertas desviaciones afectivas no debe hacerse la ilusión de encontrar en el matrimonio un talismán que todo lo cura. Por el contrario, debe considerar la eventual grave injusticia que comete contra su pareja. Recordando además que si llegara a demostrarse que el matrimonio se contrajo con dolo, también la Iglesia lo declarará nulo.

10. Buscar en el marido un padre y en la mujer una madre. Sucede esto a quienes, por inmadurez afectiva, «descubren» en la pareja la figura del propio padre o de la propia madre. Ciertamente, este factor juega a veces al¬gún papel en la relación conyugal correcta. Pero es im¬prescindible evitar que semejante inconsciente identifica¬ción acarree un desequilibrio en el trato normal entre los esposos.

Tomás Melendo es Catedrático de Metafísica (Filosofía),
Universidad de Málaga, e-mail: tmelendo@eresmas.net;
Colaborador de Arvo. Autor de libros de gran interés familiar como «Asegurar el amor» (en colaboración con Lourdes Millán Puelles; ed. Rialp 2002); y «San Josemaría Escrivá y la familia» (ed. Rialp, 2003).

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