DIEZ CUALIDADES ESENCIALES PARA LA ACCIÓN DE AYUDAR A OTROS

1. Querer ayudar con decidido propósito, con entrega, dedicación y disponibilidad. Interés auténtico por la persona a quien se ayuda, como tal, en sí misma; y desinterés al servirla, sin buscar intencionadamente compensaciones personales (agradecimiento, popularidad, afecto, etc.).

2. Merecer el que se deposite fe, confianza y crédito en él, por su valía como persona congruente, íntegra, honrada; por su forma de ser, y por su saber y su saber-hacer, socialmente reconocidos: por su autoridad moral, no impositiva, sino potenciadora de la libertad del otro.

3. Depositar confianza en las posibilidades reales del otro; en sus deseos de mejora; en su voluntad de aprender y de trabajar bien: disposiciones a veces ausentes o dormidas por la actitud escéptica de «educadores» que cortan las alas a sus alumnos, por no creer en ellos, por no confiar en su buena voluntad, a pesar de sus posibles errores o de los que cometa el propio educador: rectificar es de sabios y aumenta la autoridad verdadera.

4. Saber querer. Actitud de acogida abierta, sin prejuicios, afectuosa en sus debidos límites: amor desinteresado, sin blandenguerías injustificables. Expresividad, capacidad de comunicación personal con estilo propio y naturalidad, sin afectación, genuinamente: con sinceridad y autenticidad. Y al mismo tiempo, independiente, sin dejarse atrapar por el mero afecto; y no absorbente, evitando crear en el otro una dependencia afectiva: la meta de toda ayuda es enseñar al ayudado a gobernar su propia vida, con libertad responsable, con autonomía solidaria.

5. Capacidad empática. La «empatía» consiste fundamentalmente en captar intuitivamente el mundo de los sentimientos y modos de pensar del otro, de su modo de afrontar la vida: en ser capaz de ver al otro como ese otro se ve a sí mismo; y de ver cómo ve y siente el otro su problema y las circunstancias que le rodean. Supone saber escuchar.

6. Respeto. Saber respetar el modo de ser del otro, su temperamento, su personalidad, conjugando el ayudarle a mejorar con el respeto a sus cualidades personales, diferentes de las nuestras, y a sus deficiencias; llevándole a superar sus defectos con tacto, sensibilidad y sentido común, y en el momento más oportuno; exigiéndole amablemente lo que puede y debe dar de sí, por puro respeto a su potencialidad de desarrollo

7. Seguridad al actuar. Sólido, enérgico cuando sea necesario, sin complejos ni componendas, sabiendo atajar el desorden provocado por algunos, por justicia respecto de la totalidad del grupo. Y al mismo tiempo, flexible, sin rigidez mental, capaz de acomodarse al otro y a sus circunstancias sin abandonar sus propias convicciones y valores. Es decir, firme, templado, no titubeante, claro, sin ambigüedades por complacer o por debilidad. Y por otro lado, sin dramatizar, sin dar excesiva importancia a lo que no la tiene.

8. Optimismo realista. Alegre, con sentido del humor, capaz de animar al otro a pesar de las dificultades de todo tipo, haciéndole ver el lado positivo de las cosas. Y al mismo tiempo, realista, objetivo, capaz de captar la realidad tal como es, sin caer en la idealización del otro y de sus posibilidades objetivas, y sin sobrevalorar sus propias capacidades como agente de ayuda. El mejor «autoconcepto», la mejor «autoestima», se consiguen aceptando objetivamente la propia verdad personal y, a partir de ahí, luchando por ser mejor.

9. Ejemplo de lucha. Sin presentarse nunca como ejemplo de perfección —lo que, por su falsedad, produce el lógico rechazo por parte del otro—, sino como alguien que lucha con sus limitaciones, que es lo que debe aprender a hacer aquel a quien ayuda. Con ilusión y ánimo por superarse y ayudar al otro a superarse; sin dejarse vencer por las dificultades del caso o por las reacciones negativas de la persona a quien se quiere ayudar; sin conformarse con la mediocridad cómoda e insolidaria. Se es solidario al luchar por un mejor ser, para poder servir mejor a los demás.

10. Confidencialidad. Es un deber ético y profesional. No comentar con nadie, incluidos los padres (si no existe algún peligro inminente), lo que el alumno haya confiado a su tutor abriéndole su intimidad en cuestiones estrictamente personales. En todo caso debe pedírsele permiso. Si a un alumno le dice una tercera persona lo que sólo ha confiado a su tutor, desaparece de inmediato la confianza del alumno en él y nunca más volverá a la tutoría.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *