DEFORMAR

José Javier Esparza
Niños que se comportan con una agresividad extrema, en la casa como en el aula; niños incapaces de depositar atención, apenas diez minutos, en lo que se les está explicando; niños que viven literalmente obsesionados con la posesión de objetos; niños que cada vez que abren la boca es para pedir algo; niños que parecen carecer de capacidad para asumir nociones elementales de respeto. Estas son las cosas que uno escucha cuando habla de la tele con los profesores y, cada vez más, con los padres de familia, que en los últimos años están cobrando honda conciencia de que todo esto que pasa ya no es normal. Uno de los defectos que más cuesta corregir es la obsesión por poseer objetos, obsesión que se traduce en comportamientos tan problemáticos como el de andar pidiendo permanentemente cosas. Estos comportamientos no son detestables sólo porque resulten enojosos para quienes están alrededor, sino, sobre todo, porque son una permanente fuente de frustración para el propio niño: nunca será posible satisfacer sus deseos. ¿En qué medida éste es un problema nuevo? Los niños piden y piden por naturaleza; todo proceso de aprendizaje es también un proceso de conquista, y la posesión parece formar parte del patrón habitual de conducta. La figura del niño que pide la luna es bien conocida; también la del niño que rompe aquello que no puede poseer o disfrutar. Y sin embargo, muchos educadores creen que hoy las cosas son distintas, es decir, peores.

Y creen que buena parte de la culpa la tiene «la televisión», entendiendo por tal no sólo lo que aparece en la pequeña pantalla, sino todo el mundo de la cultura de masas y su armazón comercial. Esta presunción se basa en buenas razones: uno pone la tele a cualquier hora de «parrilla infantil» y lo que percibe es una permanente, opresiva, agotadora presión publicitaria. La cantidad de objetos proyectada sobre el niño es inabarcable. Objetos que, ciertamente, nadie piensa en poseer: son sólo anuncios, ¿verdad? Bien, pero: ¿Puede el niño discernir con claridad entre un anuncio, es decir, un escaparate, y una invitación a la posesión, es decir, una puerta abierta? Todos sabemos hasta qué punto el exceso de oferta altera el comportamiento de muchos adultos en escenarios como las rebajas. En paralelo, ¿no podemos pensar que el exceso de publicidad, de invitaciones a poseer, a consumir, está alterando el comportamiento de los niños? No sería prudente dejar que este asunto caiga en saco roto.

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