De Marx a Dios en dos suspiros

¿Conversiones en el siglo XXI, en plena era del secularismo rampante y en la misma cuna del laicismo? Sí. No son sólo conversiones muy rápidas, sino de las personas –como el caso de San Pablo–, de las que menos podía esperarse. Max Gallo. Régis Debray. André Frossard.

Luis Olivera
Periodista

Fue noticia de primera página en la prensa francesa. El diario francés ‘Le Monde’, el más prestigioso del país vecino, lo destacaba poco después, hace escasos tres años. El artículo analizaba “la vuelta a Dios” de algunos intelectuales emblemáticos de la izquierda francesa. Se trata de Max Gallo, que fue ministro de Educación con el socialista Mitterrand, y de Régis Debray. Al leer la noticia me he acordado del ya desaparecido André Frossard, compatriota suyo que narró el proceso de su conversión en el célebre libro “Dios existe, yo me lo encontré”.

¿Conversiones en el siglo XXI, en plena era del secularismo rampante y en la misma cuna del laicismo? Sí. No son sólo conversiones muy rápidas, sino de las personas –como el caso de San Pablo–, de las que menos podía esperarse. Max Gallo. Régis Debray. André Frossard. Tres historias personales que acaban en un mismo final. Los dos primeros son casos de personas que, después de haber abrazado convencidamente el comunismo y el tercermundismo en los años 60, se redescubren cristianos a finales del siglo XX y principios del XXI. El tercero, converso a los 20 años, mucho antes en el tiempo y, también sin una larga bibliografía colectivizadora a sus espaldas.

El acontecimiento más significativo de este proceso culminó el 20 de octubre de 2001, cuando Régis Debray llevó a bautizar a su hijo en una de las iglesias más justamente célebres de París, la de San Sulpicio. Situada en la plaza del mismo nombre, en ella ya había sido bautizado el literato Baudelaire. Y es que no acaba aquí la cosa, sino que un hecho se encadena con el otro. Porque durante la ceremonia de bautizo del hijo de Débray se precipitó la reconversión de Max Gallo, que fue el portavoz del primer Gobierno francés de unión de la izquierda, socialista y comunista, en el ya lejano año 1981.

Ante estas noticias, el hombre medio de la calle se podría preguntar: ¿Puede el hombre convertirse en dos minutos? De entrada es algo que parece poco probable, porque no se pasa de la incredulidad a la fe sin reflexión previa. Una conversión es el resultado de toda una evolución interior, más o menos lenta. Pero el propio Frossard, contestando a esa misma cuestión, escribió: “Sin embargo, yo entré ateo en una capilla y salí cristiano unos minutos más tarde. Y he asistido a mi propia conversión con un asombro que todavía me dura”. Ahora, como entonces, debe de haber más de uno que todavía sigue asombrado por las últimas noticias que llegan desde París.

Bautizado su hijo, Debray escribió un libro y un informe, recomendando la enseñanza de la Religión en la escuela pública republicana. ¿Se acuerdan de los ecos que despertó en la opinión pública gala?

Por su parte, postrado de rodillas, en oración, Max Gallo –biógrafo de Victor Hugo, Rosa Luxemburgo y Robespierre–, acaba de escribir un texto íntimo bajo el título de “Los cristianos”, en tres volúmenes. En esta obra evoca su antigua amistad con personajes como Luis Althusser, Nicos Poulantzas o Lucien Goldman. Cada uno de los tres tomos está dedicado a uno de los pilares de la cristianización de Francia: san Martín de Tours, el rey Clodoveo y san Bernardo de Claraval. Y, ¿cómo se compagina su cambio tan radical de temática? Milagros intelectuales –en este caso– que hace la gracia.

André Frossard acaba el relato del testimonio de su conversión fulgurante con estas palabras: “Insisto. Fue una experiencia objetiva, casi del terreno de la física. Y no tengo nada más precioso que transmitiros que esto: más allá o, con más precisión, a través del mundo que nos rodea y nos integra, hay otra realidad infinitamente más concreta que aquélla a la que damos crédito de ordinario. Es la realidad última ante la cual sobran las palabras”.

Y si se nos plantea la pregunta desde el otro punto de vista, vemos con claridad para qué sirve no creer: para estar solos en esta tierra, que es el menos fijo y duradero de todos los domicilios, y para no oír jamás otra voz que la propia en respuesta a las preguntas que el corazón –todo corazón— se plantea.

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