Curiosidad

Existe un misterioso mecanismo psicológico que ya Chaucer proclamó: “Prohibidnos algo, y lo desearemos”. O ese divertido desafío psicológico: no piense en un elefante rosa en medio de un desierto azul.

Por Jorge Peña Vial
Arvo Net, 16.06.2006

Nunca hemos tenido tanta información al alcance de la mano. Nos rodea una permanente algarabía de voces, datos, imágenes. Sin embargo se hace necesario separar la infobasura de la información relevante. A su vez, la persona debe saber discernir la “studiositas”, el afán natural de saber, de su depravación, la curiosidad.

Milton, en “El paraíso perdido”, pone de relieve la estrategia de Satanás para tentar a Eva: “Del mal, si el mal existe,/¿por qué no conocerlo para mejor huirlo?”. Sugiere que la experiencia nos protege del mal mejor que las admoniciones en su contra: “la experiencia, el mejor de los guías”. Con su nuevo conocimiento Eva se considera superior a Adán y más libre: “Prueba, Adán, libremente basado en mi experiencia:/pruébalo, y da a los vientos el temor a la muerte”. La curiosidad es un eficaz móvil y la palabra “experiencia” es seductora. El principal condimento con el que Milton adereza su poema épico es la “libido sciendi”, apetito de conocimiento prohibido, un ansia que comporta un fuerte elemento de perversidad y afición a la transgresión. Sin embargo, en la actualidad, se reverencian las incursiones audaces y la curiosidad se nos antoja más un comienzo de sabiduría que una invitación al pecado. Han quedado atrás las advertencias de un San Bernardo: “la curiosidad es el principio de todos los pecados”, o las de San Pablo “sapere ad sobrietatem”, el saber guiado por la prudencia. Porque, del mal, no proviene ningún conocimiento. Sólo lo conoce el que se opone a él, por el que no se deja enceguecer y dominar por él. De modo análogo, verdaderamente conoce la fuerza de una tendencia el que se opone a ella, no el que río abajo simplemente se deja llevar.

Pero existe un misterioso mecanismo psicológico que ya Chaucer proclamó: “Prohibidnos algo, y lo desearemos”. O ese divertido desafío psicológico: no piense en un elefante rosa en medio de un desierto azul. La prohibición crea un vacío en el que nuestra libertad de decisión parece ser absorbida por un misterioso vértigo. Es el instinto de rebeldía del que habla Milton. En la adolescencia, y no sólo en ella, existe esa curiosidad que quiere lograr alguna “experiencia del pecado”, y se considera poco varonil y algo vergonzoso-aunque no se diga-, no tener experiencia del pecado, como si supusiera una infantil ignorancia de la vida, una simpleza y estrechez de mente, un temor supersticioso y una ingenuidad que atrae la risa y las burlas de los compañeros.

La industria pornográfica permea las redes informativas invitando a meternos en lo “prohibido”, viendo lo que es dañino ver. Por cierto disponemos de libertad para no hacerlo, pero muchas veces la curiosidad es más fuerte. Los ojos nos descubren lo maravilloso del mundo, y también su inmundicia. Lo visto, además, suele dejar una huella más indeleble en el alma. “Si tu ojo fuera sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado”.

Se dice de ciertos animales de presa que son pacíficos, que se abstienen de la sangre hasta que la gustan, pero una vez probada y gustada, la buscan continuamente. Allan Bloom diagnosticaba que las facilidades sexuales de las que gozan los adolescentes cortan el hilo de oro que enlaza el eros con la educación. Viven precozmente experiencias fuertes para las que se requiere una mayor madurez humana y espiritual. Al beber ese brebaje fascinante –sexo, alcohol, droga- acontece que cada vez tienen sólo sed y todo lo demás les parece insípido. Su perspectiva se ve recortada al pequeño placer del día y de la noche, y su horizonte vital no se extiende más allá de la fiebre del sábado por la noche.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *