Cuando la muerte enseña a amar

Pena de muerte -ya en nuestros cines- es una de esas películas que a nadie dejan indiferente. Son 120 minutos de altísima tensión emocional. Es candidata a varios Oscar, entre otros, los de dirección e interpretación. Sus protagonistas se los merecen: tanto Susan Sarandon, en la prodigiosa interpretación que hace de la religiosa que redime al condenado a muerte, como la de Sean Penn que borda el papel de condenado arrogante, cínico y mentiroso hasta casi el final. Es probable que el director, Tim Robbins, marido de Susan Sarandon, haya hecho la película de su vida, a pesar de ser solamente la segunda que lleva su firma. Su esposa fue quien leyó el libro, del que salió el guión, y conoció a su autora Helen Prejean, una monja que trabaja en la cárcel.
Mathew Poncelet es un asesino. A sus espaldas tiene una vida marcada por la droga y la violencia, una existencia vivida a bandazos, sin rumbo fijo. Comenzará a vivir plenamente, cuando llega al umbral de la muerte. De la negación de su culpa terrible, del desprecio al remordimiento, dará el salto a la redención, gracias a la ayuda espiritual de una religiosa que lo asiste en la cárcel. «Tenía que encontrarme con la muerte para entender qué es el amor», dirá.
Nos encontramos ante el libro autobiográfico de sor Helen Prejean, religiosa católica estadounidense, autora de Dead man walking (El muerto que camina), sobre el que se ha basado Tim Robbins para realizar la película que, en el Festival de Cine de Berlín, ha recibido dos premios: el del mejor protagonista a la interpretación de Sean Penn y el del jurado ecuménico, que ha subrayado «el coraje, la fe y el amor que empuja a esta religiosa a vivir los instantes finales de una vida desvencijada que, sin embargo, recobrará la esperanza y la dignidad de ser humano, hijo de Dios, liberado por la verdad».
Explica Helen Prejean: «Al conocer a las familias de las víctimas, me he dado cuenta de la presión que se ejerce sobre ellas, a pesar de que en algunos casos eran contrarias a la pena de muerte, con frases como ésta: «¿No quieres a tu hija? Entonces tienes que pedir la pena más severa». He fundado un grupo en Nueva Orleans que se llama «Supervivencia», para ayudar a las familias de las víctimas. Creo en el amor que Jesús nos ha enseñado, en el perdón a nuestro enemigo; esto no significa condonar lo que una persona ha hecho, sino que el odio no puede tener la última palabra, pues de ese modo quien pierde la grandeza del alma eres tú». Al final, la religiosa estadounidense concluye: «La experiencia de este libro me enseña que el 98,8% de las personas que lo leen cambia de idea sobre la pena de muerte. No he conocido a nadie malo del todo». El mensaje del film es éste: «Matar es un error; lo haga yo asesinando, o lo haga el Estado con mi pena de muerte».
Es una película católica desde que el crucifijo de la religiosa pasa el detector de metales y Cristo entra en la cárcel -tan diversa de la «Hope House» con que se abre la película-, hasta el último plano de oración en la capilla.
Alfa y Omega

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