CUANDO EL ADOLESCENTE RECLAMA SU LIBERTAD

Oscar A. Matías
Los adolescentes no quieren normas, ellos se creen saber lo que quieren y la autoridad de los padres y profesores, queda lapidada por los aires de libertad que todo joven lleva dentro.

“Largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz por medio de ejemplos” (Séneca).

El ejemplo arrastra. Y todo adolescente busca un modelo en donde proyectarse. Los medios de comunicación les enseñan un tipo de vida cómoda, donde el éxito se obtiene sin esfuerzo. La libertad de hacer lo que uno quiere y le apetece, parece estar al alcance de cualquiera. Es por esto que hay que convencerse que el primer ejemplo está en la propia familia. Debemos inculcarles criterios conforme van creciendo, enseñarles a tener ideas propias, ayudarles a que tengan su personalidad.

“La vida humana es un mecanismo de elección, preferencia y postergación. Toda elección es a la vez exclusión” (Julián Marías).

La permisividad absoluta acaba corrompiendo a la persona, debilita su voluntad y forja seres débiles y sin personalidad. Luego, la propia vida ya se encargará de demostrar que no todo resulta tan fácil.

La libertad no está reñida con la autoridad y con la disciplina. Los jóvenes deben gozar de libertad, pero actuando con responsabilidad, ya que de otro modo ésta se acaba convirtiendo en libertinaje. En ocasiones habrá que dar una respuesta negativa ante ciertas peticiones. Seguramente, serán estos momentos los que les harán valorar lo que realmente vale la pena, y les ayudará a forjar su carácter a la vez que irán adquiriendo un recto y adecuado criterio.

¿Cuál es nuestra reacción ante los errores de los jóvenes? Si ante sus fallos exhibimos de un modo exagerado nuestra autoridad, podemos acabar perdiendo su confianza. Si no sienten que confiamos en ellos, acabarán siendo unos auténticos expertos en la técnica de mentir.

“La libertad, como la vida, sólo la merece quien sabe conquistarla todos los días”, (J. W. Goethe).

Quieren ser mayores, pero aún no lo son. Quieren ser totalmente libres, pero aún no están en edad de merecer tanta libertad. Quieren prescindir de ataduras, normas y reglas, pero luego no saben cómo hay que caminar por el camino de la vida. Hace falta estar junto a ellos. Acompañarles por el camino. Empujando a veces, arrastrando otras. Confiar en ellos y que confíen en nosotros. Reír con sus alegrías y llorar con sus penas. Y sobre todo, antes que nada, disfrutar con los hijos.

La palabra “no” también expresa cariño. Si a los jóvenes no se les dice que no cuando su bien lo exige, tampoco podrán educar la saludable facultad de negarse a sí mismos. Y sin esta facultad, se pueden encontrar -como les ocurre a muchos- con que en algunos aspectos, su vida está totalmente descontrolada. El poder incontrolado es sinónimo de desastre, no de libertad.

Sin embargo, un “no” rotundo es negativo en muchas ocasiones, porque no enseña al adolescente a actuar con responsabilidad. Entre lo que ellos demandan y los padres prohibimos, existe un equilibrio. La base esencial para encontrar ese punto intermedio es dialogar padres e hijos, escuchar mutuamente de manera activa y elaborar juntos unas normas claras y.sensatas.

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