Cristina Cella: renunció a la quimioterapia por su hijo

Prefirió la vida de su hijo a curarse del cáncer
María Cristina tenía 25 años. Cuando esperaba a su tercer hijo el médico le descubre un tumor en la ingle. La quimioterapia podrá acabar con el bebé que espera. Cristina decide no someterse al tratamiento hasta que nazca su hijo. El 22 de octubre muere mártir del amor a sus tres pequeños

María Cristina con su maridoA sus 25 años María Cristina Cella, una italiana del Norte con la alegría desbordante de una napolitana, es la mujer más feliz del mundo: tiene dos hijos preciosos, Francesco y Lucia, y un marido de quien está más enamorada que nunca. Desde hace poco tiempo han sabido que un tercer pequeñajo está en camino. El médico con un nudo en la garganta le anuncia un tumor devastante en la ingle. No es la primera vez que Cristina se las tiene que ver con el cáncer. Por su mente pasan los recuerdos del tumor que tuvo que combatir, a los 18 años, con una operación y largos meses de quimioterapia.
«¡Estoy encinta! ¡Estoy encinta! ¡Doctor, estoy encinta!», grita como si sintiera amenazado el ser que lleva en sus entrañas. El médico, con paciencia, le explica que en esos casos la única que puede hacer algo, como ella bien sabe, es la quimioterapia. Los efectos sobre el bebé serían irremediables.
La biografía de María Cristina hasta ese momento era de lo más normal. Conoció a Carlo Morcelli, estando de vacaciones en el pueblo de sus abuelos. Ella tenía 16 años y él 19. Cuatro años después de su operación del sarcoma, que según los médicos había desaparecido totalmente, el 2 de febrero de 1991, se casaron. Su rasgo más característico era el de vivir las cosas cotidianas de la manera más extraordinaria, con esa sonrisa contagiosa que era más sincera cuanto más fuerte era su dolor.

Nacimiento (detalle).
Frontal de altar, procedente de Aviá (s. XIII) Al nacimiento de Riccardo le siguió el calvario de la quimioterapia y de las visitas a los hospitales. «El sufrimiento ha sido una gracia -dice ahora su marido Carlo-. El sufrimiento es un buen maestro, con el sufrimiento nos ganamos el Paraíso. Es una lección que he aprendido poco a poco, hace tan sólo seis o siete meses, gracias a Cristina. Ella desde el primer momento ha aceptado el sufrimiento, es más, lo ha pedido. Sabía que en la vida podía dar más y no podía contentarse con todo el bien que hasta ese momento había hecho».
Una lección que ella misma dejó escrita en una hoja en su mesilla del hospital con palabras que esconden una fuerza misteriosa: «Señor, tú eres tan bueno que has querido llenarme de alegría, y ni siquiera el sufrimiento me es enemigo, porque todo lo que viene de ti no es más que Bien, Amor… Comienzo a amar ese sufrimiento, se está convirtiendo en mi amigo, porque me está llevando a ti. Te amo Jesús. Quisiera gritar a todos este amor, pues siento que tú también me quieres inmensamente». Una lección que ha cambiado para siempre la vida de su marido. «No cambiaría por nada del mundo lo que ha sucedido, los momentos de alegría y los momentos de sufrimiento -afirma Carlo-. Hemos recorrido un camino de fe: hemos comprendido que existe una desproporción infinita entre el tiempo que se nos da y la eternidad que nos espera».

Los tres hijos de María Cristina y Carlo:
Lucia, Riccardo y Francesco El 22 de octubre pasado Cristina murió. Francesco, el hijo mayor, vive con su padre. Los dos pequeños, Lucía y Riccardo, están, de momento, en el pueblo de los abuelos, hasta que crezcan un poquito más para que su padre pueda ocuparse de todos sin descuidar su trabajo. Por el momento tienen que conformarse con pasar juntos los fines de semana. Eso sí, hay una cosa que tienen muy clara: para ellos su madre es la mejor madre del mundo.
Cristina comprendió ese misterio reservado a unos pocos y que Leon Bloy logró concentrar en la fuerza de una máxima: «No hay más que una tristeza, la de no ser santos».
Jesús Colina

Carta de Cristina a Riccardo
Eres un don para nosotros
Querido Riccardo,
Tienes que saber que no estás aquí por casualidad. El Señor ha querido que tú nacieras a pesar de la cantidad de problemas que había.
Tu papá y tu mamá, como te puedes imaginar, no es que estuvieran demasiado contentos con la idea de esperar otro niño, ya que Francesco y Lucia eran muy pequeños. Pero, desde el momento en que supimos que existías, te hemos amado y querido con todas nuestras fuerzas.
Riccardo, tú eres un don para nosotros.
En aquella tarde, en el coche, de regreso al hospital, cuando te moviste por primera vez, parecía que me estabas diciendo: «¡Gracias, mamá, por quererme!»
¿Cómo podríamos no quererte? Tú eres precioso, y cuando te miro y te veo, tan bonito, despierto, simpático… pienso que no hay sufrimiento en el mundo que no valga la pena por un hijo. El Señor ha querido llenarme de alegría: tenemos tres niños estupendos, que, si Él quiere, podrán crecer como Él desea.
Sólo puedo agradecer a Dios por este don que nos ha querido hacer a través de nuestros hijos. Sólo Dios sabe que quisiéramos tener más, pero, por ahora, es realmente imposible.
Cristina
24 de septiembre de 1995. Hospital de Marostica

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *