Conflictividad y violencia escolar

Mª INÉS MONJAS CASARES.

DOCTORA EN PSICOLOGÍA, PROFESORA DE LA UNIVERSIDAD DE VALLADOLID

En los últimos tiempos contemplamos perplejos las noticias sobre violencia y conflictividad escolar que aparecen, cada vez más frecuentemente, en los medios de comunicación. Y es que la situación, tal y como es presentada (altos porcentajes de alumnado acosado por sus compañeros, profesorado agredido, aulas ingobernables ), no solo preocupa, sino que llega a alarmar.
¿Qué está pasando realmente en los centros escolares?

Estudios recientes en nuestro país evidencian un deterioro del clima interpersonal y un progresivo aumento de los problemas de convivencia. Sin embargo, bajo este amplio paraguas de conflictividad, se meten distintos problemas que hemos de diferenciar en cuatro grupos:

1º) Descortesía, mala educación, modales barriobajeros y relaciones interpersonales bruscas que denotan falta de respeto hacia la otra persona: insultos, voces, tacos, empujones, gestos descarados.

2º) Indisciplina y conductas disruptivas (por ejemplo dar la lata y alborotar), que implican desacato a la autoridad del profesorado y violación de normas, generando dificultades para impartir la clase. Estas conductas se llevan a cabo no solo por el alumnado problemático y los etiquetados como ‘objetores escolares’, sino también por el alumnado ‘sin problemas’, pero poco motivado por el estudio.

3º) Daños materiales y vandalismo: mal uso y deterioro de bienes, conducta destructiva y violencia contra objetos.

4º) Violencia interpersonal propiamente dicha, en sus distintas manifestaciones: agresión (física, gestual, verbal y/o psicológica), aislamiento/exclusión interpersonal, racismo, violencia de género y ‘bullying’ o acoso escolar; en estos casos sí está presente una intencionalidad de hacer daño a otra u otras personas.

¿Es preocupante esta situación? En principio es menester señalar que en los colegios no todo es indisciplina y malas relaciones; por el contrario, en un alto porcentaje, las distintas y numerosas interacciones (profesor-alumno, alumno-profesor, alumno-alumno, profesor-profesor, profesorado-familias) son buenas, tal y como son catalogadas por los propios protagonistas (los porcentajes de satisfacción oscilan entre 65% y 85% según distintos estudios). En los contextos escolares hay cordialidad, buenos compañeros, amistad, afecto, satisfacción y disfrute conjunto, admiración, gratitud y colaboración. Claro está que en la convivencia, inevitablemente, se producen roces y dificultades que se tienen que aprender a afrontar y solucionar de forma pacífica y socialmente competente.

Los datos disponibles evidencian que son pocos los alumnos implicados en episodios graves de violencia y victimización (aunque son los casos más llamativos y los que son noticia en los medios de comunicación); son más numerosos los indisciplinados y cada vez más alumnos son descorteses y ‘mal educados’. En efecto, últimamente se nota cierta permisividad de malos modales y de conductas de indisciplina y falta de respeto a los demás, y la disrupción o la ‘violencia de baja intensidad’ llegan a convertirse en hechos cotidianos. Y es preciso remarcar que cuando la indisciplina y las conductas perturbadoras ocurren de forma frecuente y sistemática, sí generan un clima social enrarecido donde es más fácil que se produzcan situaciones de acoso entre iguales y/o aparezcan conductas violentas, aunque solo sean de forma episódica y puntual. Hay que hacer una precisión a este respecto, y es que estos problemas no están homogéneamente distribuidos. La conflictividad es mayor en las zonas económicamente más desfavorecidas y en los centros públicos ya que, como consecuencia lógica del inadecuado sistema de escolarización, acogen alumnado más complejo y diverso (inmigrantes, minorías étnicas, alumnado con necesidades especiales y población marginal).

Desde luego es preciso considerar las negativas consecuencias que los diversos problemas de convivencia ocasionan, en primer lugar para el logro adecuado de los objetivos escolares y el rendimiento académico del alumnado, puesto que la acción educativa solo es posible en un clima tranquilo, y disciplinado; en segundo lugar para el bienestar y la satisfacción del profesorado, ya que el afrontamiento de estas situaciones produce malestar y estrés docente llegando al ‘queme’ profesional (síndrome de burnout); y en tercer lugar para el desarrollo socio-emocional y moral del alumnado, directa o indirectamente implicado en los problemas, porque se acostumbra a vivir en climas interpersonales enrarecidos, insolidarios e irrespetuosos.

¿Esto ha pasado siempre, o los niños de hoy son más conflictivos y violentos que los de épocas anteriores? En estos fenómenos hay algo que viene de lejos como es la indisciplina, la rebeldía y ciertas dosis de conducta antisocial, sobre todo en períodos evolutivos como la adolescencia, pero también aparecen nuevos matices que preocupan: por ejemplo, la violencia por diversión, el disfrute de producir intencionalmente daño a otra persona para grabarlo y difundirlo utilizando las tecnologías (hablamos de ‘happy slapping’, ‘cyberbullying’, ‘acoso on line’). También tiene cierta novedad, porque denota insensibilidad hacia la violencia, el ‘pasotismo emocional’ de las y los observadores de conductas violentas, que no hacen nada para remediar la situación. El hacer todo esto en grupo, en pandillas y en los tiempos de ocio añade más elementos inquietantes al estado de la cuestión.

Una aclaración es necesaria: ¡no todos los adolescentes manifiestan estas conductas!
http://www.nortecastilla.es/prensa/20070119/articulos_opinion/conflictividad-violencia-escolar_20070119.html

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