Con buen humor

Nuestros líderes políticos … no saben reírse un poco más de sí mismos, de sus patinazos y errores. Me parece que se toman demasiado en serio y eso les dificulta el pensar y el conectar con la gente y, por supuesto, el entenderse entre ellos.

Por Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra
En La Gaceta de los Negocios (Madrid)
26 de diciembre de 2006

La crispación de la clase política de nuestro país se nos está contagiando a la gente de a pie. Son varios los que me han contado que en las pasadas fiestas de Navidad la tensión por la situación política ha afectado hondamente a la tradicional alegría de la celebración familiar: hermanos peleados entre sí, familias enteras discutiendo agriamente sobre si el gobierno debía proseguir o no el diálogo con ETA después del atentado, y conflictos semejantes. Es muy comprensible la preocupación por el destino de la cosa pública, pero parece del todo insano que la paz del hogar se vea trastornada en su intimidad por los acontecimientos políticos.

Esos tristes desencuentros -igual que las discusiones motivadas por otras cuestiones, como las del trabajo, o la economía y organización del hogar- son una invitación a aprender a vivir con buen humor. Hay que aprender a desdramatizar las situaciones en vez de echar más leña al fuego, incrementando la crispación de unos y de otros. No se trata de negar la realidad, sino de poner cada cosa en su sitio. En vez de hundir todo lo que pasa en un mismo pozo negro de desolación hemos de intentar ver el lado positivo, la botella medio llena, incluso el lado cómico de muchas de las cosas cotidianas. Un buen amigo mío, ya cercano a los ochenta, tiene siempre un chiste, de ordinario breve e inteligente, en la punta de la lengua. Cuando me lo encuentro y le pregunto qué tal, me responde que bien con una leve sonrisa; le pregunto después si tiene algún chiste nuevo y no me falla nunca. A veces no es nuevo el chiste, pero su empeño por alegrarme la vida ya me salva el día que quizás había amanecido un tanto gris.

Me parece que sobre todo hay que aprender a reírse de uno mismo, de los propios fracasos, de la vanidad herida, del contraste entre las brillantes aspiraciones y los pobres resultados. Cuando estoy enfadado me ayuda a veces mirarme al espejo hasta esbozar una sonrisa forzada que procuro entonces mantener con todos, pues a base de sonreír se recupera pronto el buen humor. En contraste, una colega de la Universidad me contaba que cuando está enfadada no se atreve a mirarse al espejo por la cara de perro que se le pone, ya que al parecer el maquillaje no es efectivo para ocultar los enfados. Parafraseando a William James, puede afirmarse que no sonreímos porque estemos alegres, sino que más bien nos convertimos en personas alegres cuando nos empeñamos en sonreír.

Hay unos pocos ciudadanos pegados a la televisión, a la radio y a los periódicos siguiendo día a día la batalla política partidista y, si nos descuidamos, pueden amargarnos a todos la vida. A mí me alegra comprobar que una buena parte de la gente, sobre todo los más jóvenes, ha decidido que ese conflicto no es el suyo. Piensan que los políticos y los medios de comunicación están intoxicando la convivencia democrática con unos agrios debates cuyas efectivas consecuencias para los ciudadanos no llegan a advertirse con claridad. Más aún, no logran comprender por qué los responsables de la política nacional no estudian seriamente y a fondo los problemas hasta llegar a ponerse de acuerdo, tal como hacen los científicos en sus campos profesionales.

Quizás algunos piensen que vivir con buen humor es el colmo de la irresponsabilidad teniendo en cuenta la delicada coyuntura política por la que atraviesa nuestro país. Pero a quienes piensen así les diría que atravesamos esa comprometida situación porque nuestros líderes políticos no saben reírse de las cosas divertidas que trae la vida y, sobre todo, no saben reírse un poco más de sí mismos, de sus patinazos y errores. Me parece que se toman demasiado en serio y eso les dificulta el pensar y el conectar con la gente y, por supuesto, el entenderse entre ellos.

¡Cuántas veces se ha repetido aquella frase genial de Chesterton de que “lo divertido no es lo contrario de lo serio, sino de lo aburrido”! La crispación política es tercamente aburrida, torpe, desesperante, desilusionante. Por eso, el antídoto inteligente contra la crispación es siempre el buen humor.

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