Cerebro de mujer y cerebro de varón

Natalia López Moratalla
Arvo.net, 07.01.2010

¿Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus?
La neurociencia actual parece responder afirmativamente, ya que el dimorfismo sexual varón-mujer alcanza a las estructuras neuronales. Existe un cerebro de varón y un cerebro de mujer; y, por tanto, dos modos de percibir la realidad y de relacionarse con los demás y lo demás.
Nadie discute que haya diferencias, aunque sí se discute si éstas se deben a la genética, al ambiente, a la cultura, o, incluso, si es opcional. La virulencia de la llamada ideología del género mantiene el debate al plantear que una cosa es el termino sexo, que describe las diferencias biológicas, y otra el término gramatical género usable para la descripción del distinto comportamiento de cada uno, al margen de su biología.
Es un hecho que el cerebro de cada uno tiene sexo. Hoy conocemos con bastante precisión que hay diferencias funcionales y anatómicas en los cerebros del varón y de la mujer, y que las estrategias o caminos que emplean para conocer, percibir, sentir, etc., son diferentes.

El cerebro es masculino o femenino según la propia dotación genética
Los genes están presentes en las células del cerebro de forma diferente, porque no es igual el contenido informativo genético de los 2 cromosomas X de la mujer, que de un par XY del varón. Durante el desarrollo fetal tiene lugar la mayor parte de la construcción de los circuitos neuronales específicos de cada sexo debido a que las hormonas específicas regulan la expresión de los genes de las áreas cerebrales: realizan una impregnación sexual del cerebro.
Algo más tarde, en la llamada pubertad infantil, se produce un “baño” del cerebro en las hormonas sexuales. En los chicos este periodo dura unos nueve meses y hasta dos años en las chicas. Cuando los estrógenos inundan su cerebro, las chicas empiezan a concentrarse en sus emociones y en la comunicación, especialmente en la hablada, debido a que activan los circuitos cerebrales que se están formando y destacan más los de aquellas áreas dedicadas a la observación, comunicación, e incluso, las estructuras del cerebro maternal. Los chicos se vuelven menos comunicativos y tienden a dar órdenes, competir, a apoyarse en la fuerza física, y a concentrarse, por ejemplo en un juguete, en un ordenador, etc. Su cerebro, inundado por la testosterona, se hace menos sensible a las emociones y a la relación social.
En la pubertad se producen grandes cambios hormonales que reafirman el cableado cerebral que es lineal en el varón, y cíclico en la mujer.
Existen inclinaciones innatas porque los cableados del cerebro femenino y masculino son diferentes. No es cierto que las diferencias sexuales provengan principalmente de que los padres, y el entorno, les eduquen como chicos o como chicas. Por esto, los impulsos de los niños son tan innatos que rebrotan, una y otra vez, aunque se intente una educación unisexo. El cerebro con que nacen las chicas es ya diferente del de los chicos.
Ahora bien, el cerebro es un órgano maleable e inacabado al nacer que a lo largo de la vida continúa teniendo plasticidad, a diferencia de los demás órganos que integran el cuerpo. Para alcanzar la madurez cerebral, tanto para ellos como para ellas, han de establecerse entre las neuronas miles de millones de conexiones. Y para llevar a término este proceso lo decisivo es la actividad neuronal personal.
Cada persona, varón o mujer, es titular de un cuerpo que tiene un cerebro nunca acabado, siempre en activo. Y la impronta femenina o masculina se manifiesta en la manera de configurar las relaciones personales, de reaccionar, y en definitiva de mirar al mundo.

Mujer y varón tienen diferente habilidad para diversas tareas
No usan las mismas áreas para resolver una tarea, incluso cuando lo hacen con idéntico rendimiento. Así, es bien sabido que las tareas de orientación espacial son más fáciles por término medio, para los varones que para el común de las mujeres. Por el contrario, las mujeres tienen, por término medio, mayor fluidez verbal que los varones.
La razón es bien sencilla, el cerebro de las mujeres es más simétrico que el de los varones respecto al reparto de tareas. Las tareas que requieren actividad preferencial de áreas de uno u otro de los hemisferios las realizan mejor los varones, ya que su cerebro es funcionalmente asimétrico. La realización de la actividad visuoespacial requiere el uso de áreas del hemisferio derecho, mientras que el área del lenguaje localizada en las mujeres en ambos hemisferios, está lateralizada al hemisferio izquierdo en los hombres. Por esto los varones tienen mejor orientación espacial, dado que tienen libre de las tareas de lenguaje la zona necesaria del hemisferio de la derecha. Por el contrario, en las mujeres compiten lenguaje y orientación en el hemisferio derecho por lo que tienen en general menor capacidad de orientación; sin embargo, poseen mayor fluidez verbal que los varones, dado que esta tarea requiere el flujo de información de uno a otro hemisferio, lo que facilita la simetría.
Ahora bien, aunque las diferencias entre varones y mujeres tengan un sustrato biológico, las semejanzas son mucho mayores que las diferencias. Todas ellas son habilidades humanas. Más aún, en ambos sexos la repetición de la tarea mejora el rendimiento. Es decir, estas áreas del cerebro son plásticas en todos los hombres. Por eso, lo que en unos son predisposiciones innatas, puede ser modelado en los otros, mediante decisiones libres que generan actuaciones y modulan la configuración cerebral.
Por otra parte, hay actividades y funciones que no implican intrínsecamente al cuerpo sexuado. Por tanto, son igualmente realizables, con pleno derecho, por varones y mujeres concretos que tengan la capacidad para ello, sea cual sea su sexo, sin discriminaciones negativas o positivas.

Las mayores diferencias se encuentran en el procesamiento de las emociones.
Las emociones básicas que subyacen a los sentimientos son universales y, a la vez, íntimas a cada persona. Las mujeres tienen más capacidad de percibir los componentes emotivos en la percepción de la belleza, para el sentido del humor, etc.
Son más susceptibles a algunas alteraciones psiquiátricas, tales como depresión, desordenes de ansiedad y trastornos de la alimentación; y son más vulnerables que los varones a la presión psicológica en relación con los demás, que suponen los conflictos interpersonales. Esto es, el cerebro femenino, en las relaciones personales, reacciona con una alarma mucho más negativa que el masculino ante la idea de cualquier conflicto, y al estrés. Debería considerarse, desde esta perspectiva, en qué medida, y cómo, puede diferir en ambos sexos el ambiente óptimo para el aprendizaje y la educación.
Además, las mujeres retienen más fuertemente la memoria de las emociones que los hombres y recuerdan con más viveza los acontecimientos. En las mujeres la corteza temporal del lóbulo derecho es mayor y más intensa. Esta zona conecta con la amígdala cerebral, una estructura crítica que participa en las diferencias de ambos sexos en cuanto a la respuesta de la memoria emocional.
En las mujeres coincide en el mismo hemisferio la región implicada en las reacciones emocionales y la región que procesa la memoria de las experiencias emocionales, mientras que en los varones estos procesos ocurren en diferente hemisferio.
Significado humano de la diferencia de las estrategias específicas
Las diferencias en las estrategias cognitivas y emocionales propias de cada sexo supone que ambos poseen memorias, habilidades, preferencias, etc., propias del sexo femenino o masculino. El cerebro de la mujer está cableado de un modo tal que resulta más predispuesto para la empatía, mientras que el del varón está mejor predispuesto para orientarse en el espacio exterior. El centro de gravedad intelectual del varón está hacia el polo de las actividades propias del hemisferio izquierdo. La mujer armoniza mejor lo racional y emotivo por poseer mayor simetría funcional de los hemisferios. La estrategia femenina es predominantemente de “recuerdo y reconocimiento”, mientras la masculina es de “construir” manipulando mentalmente el objeto a fin de reorientarlo en el espacio.
La personalización de la intrínseca condición sexuada no está dictada por la biología y, sin embargo, no se produce a espaldas de la condición biológica natural. Si un varón nace interesado en construir, analizar y explorar y una mujer nace interesada en la expresión emocional, en la relación y en mantener la armonía, significa que su cerebro se ha hecho para ese diseño. Las indicaciones, que les proporcionan aquello para lo que nacen hechos, dicen a cada uno qué es el centro de gravedad de su ser y con ello la razón de su obrar en todas las dimensiones personales de una vida humana familiar, profesional y social. Para cada uno el cuerpo –necesariamente femenino o masculino- es signo y manifestación de la persona que es.
Todo esto es congruente con la relación natural de ambos en la transmisión de la vida. Hunde las raíces en los circuitos propios del cerebro animal que dicta los comportamientos que permiten la supervivencia de la especie. En las sociedades humanas, culturalmente menos tecnificadas, la mejor visión espacial del varón le capacitaría para la caza de recursos fuera del ámbito reducido de la vida familiar. La mujer tiene un uso de lenguaje que permite la comunicación de estados internos y facilidad con los modos de comunicación no verbal, esencial para el cuidado de los hijos pequeños. Intuir lo que les ocurre a otros, reconocerlo en la expresión facial, es una habilidad natural que es fundamental en una madre para entender a los bebés y saber lo que necesitan.
Tales diferencias marcan el sentido natural humano del diferente papel de la madre y el padre en la educación temprana del niño. La configuración armónica del cerebro del niño requiere recibir los modos propios de manifestación de los afectos de la masculinidad y feminidad, en una relación personal con una mujer y un varón, madre y padre, o de quienes hagan sus veces.

*Natalia López Moratalla. Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular. Universidad de Navarra.

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