Carmen y Alphonsine, misioneras muertas en Ruanda

«Mi vida está en Ruanda»
Carmen Olza, misionera de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, murió el pasado día 20 en la localidad ruandesa de Mugina, junto a la hermana nativa Alphonsine Mukeshimana. Las dos iban en el coche junto a Berthilde Mukasnga, de la comunidad de Kivumu, cuando una mina explostó e hizo que saliera disparado el vehículo. Alphonsine murió en el acto, Carmen minutos más tarde en el hospital de Ruhengeri, y Berthilde sólo sufrió heridas leves. Carmen era una mujer muy activa, con mucha personalidad. Nadie le hacía desistir de lo que estaba convencida. Tenía muy claro que su destino era la misión ruandesa y allí quería morir

Las seis hermanas ruandesas
con la cuñada y sobrinas de Carmen Olza
Carmen Olza nació en Eugui (Navarra) en 1942. Era la mayor de cuatro hermanos. «Tenía un carácter muy fuerte -cuenta su hermana Tere-. Era el ojito derecho de mi padre. Conmigo actuaba como una hermana mayor, tenía siete años más que yo. Era muy organizada y recordaba todas las anécdotas familiares de nuestra infancia».
Tras terminar la carrera de Filosofía y Letras, permaneció doce años en el Colegio de Santa Ana de Estella, diez de ellos como directora; allí enseñaba Lengua y Literatura. En 1989 dejó este Centro, y tras un período en un colegio de Portugalete, decidió emprender la labor misionera. Fue enviada a Ruanda en 1991. Allí trabajó con la comunidad en un Centro Nutricional para alimentar a niños y hacer el traslado de enfermos al centro de salud.
Durante la guerra en Ruanda entre hutus y tutsis sufrió mucho. Sacaba a muchas personas del país en el maletero de su coche, arriesgando su vida. Un día le tocó salvar a tres sacerdotes, uno belga y dos ruandeses. Fue a buscarlos en el coche. La hicieron bajar y mataron a uno de ellos. Otro estuvo escondido en la maleza durante seis días, hasta que fue descubierto y asesinado, y el otro murió en la frontera. Hoy descansan los tres junto a la hermana Carmen cerca de la parroquia de Kivumu, al lado del Centro Nutricional donde habían trabajado.
En 1993 se vio obligada a venir a España porque peligraba su vida. Durante su corta estancia en nuestro país repetía constantemente que tenía que volver a Ruanda porque allí estaba su vida. En enero del 95 volvió destinada a otra comunidad: Mugina. Se despidió de sus hermanas con estas palabras: «Voy a dejar mis huesos a Ruanda». Allí estuvo trabajando en un Centro de alfabetización para jóvenes. A la vez trasladaba a la gente en coche y atendía a niños huérfanos. Tenía clara una consigna que aprendió de sus padres: «Personas antes que raza, color o sexo»; y esto chocaba mucho en un país en que no se estila la igualdad entre todos. «Había encontrado su vida en Ruanda -afirma su hermana-. El día de la Javierada nos llamó por teléfono; era su cumpleaños, y como nosotros no podíamos llamarla, nos llamó ella. Nos dijo con emoción: “Estoy muy bien. La mano de Dios me está ayudando totalmente”». Siempre estaba contenta y se preocupaba por todos. «En sus cartas -cuenta Teresa- escribía un párrafo a cada uno. En la última le decía a mi hijo pequeño que tenía un perro que se llamaba Terry y que le comía la falda y la chaqueta, y que se le había cruzado una lechuza en el camino. A mi hijo mayor le hablaba de los problemas de la juventud para poder comprarse un piso, y a mí me daba consejos sobre mis hijos y mi familia».

Alphonsine Mukeshimana,
cuando vino a España en 1993Sor Antonia Azpilicueta, provincial de la comunidad de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana en Madrid dice a Alfa y Omega: «La Comunidad está viviendo esta noticia con consternación y duelo, y también con la esperanza de la vida eterna. Carmen -afirma- tenía mucha vida. Sabía lo que quería y luchaba por ello. Esta vida sacrificada, por Cristo y junto a Cristo, nos debe enseñar que hemos de pasar por la vida, como Él, haciendo el bien, con el corazón limpio y recto para que cada uno sea lo más posible el bien para los demás». Y ese bien no es otro que Jesucristo. Carmen ha sido una fiel testigo de ese Bien.
C. M.

Con la esperanza que nace de la fe
Reproducimos el último escrito que envió Carmen Olza para el boletín de su Comunidad

Carmen Olza (la tercera a la izquierda),
junto a sus compañeros de misión en RuandaEl 19 de agosto, fiesta del Padre Juan, dejábamos Gisenyi de forma definitiva. El sol resplandeciente acompañó nuestra marcha hacia la colina de Kivumu.
Durante meses habíamos sido, sin pretenderlo, presencia religiosa en los caminos. Al amanecer subíamos a nuestro trabajo, unos 30 km, de ellos 15 en bastante mal estado. La noticia de nuestra llegada y el deseo de rehabilitar el Centro se extendió rápidamente; las gentes empezaron a esperarnos en el camino para que les llevásemos unos kilómetros, según su destino; al final, tuvimos que reservar una plaza para los enfermos y llevarlos hasta el Centro, aunque en algunas ocasiones no habíamos tenido plaza para ellos. Los militares de los controles se nos hicieron familiares y algunos nos recordaban con simpatía sus años de seminario, o nos pedían una Biblia, un rosario. A la tarde, cuando la lluvia o el sol se reflejaban en el lago Kivu, contemplando tanta belleza, retornábamos a Gisenyi. El cansancio se hacía llevadero, éramos una fuente de ánimo para nuestro entorno, que volvía a nosotras hecho cascada de agradecimiento.
El Centro de Salud de Kivumu ha vuelto a recuperar su aspecto: agua, cristales, puertas, pintura, cortinas… le han devuelto limpieza y belleza. Cada edificio ha recuperado su función: la Maternidad se ha abierto para acoger a las mujeres que estaban de préstamo en el de hospitalización, teniendo como sala de partos el almacén de ésta; el Dispensario, que se había instalado en los almacenes del Centro Nutricional, está hoy en pleno rendimiento y funcionamiento. El Centro Nutricional, que a nuestra llegada tuvimos que poner en marcha por la más que duplicación (y siguen aumentando) de niños enfermos de malnutrición, ha ido recuperando su espacio y su misión, y está a la espera de una mano de pintura que lo restaure plenamente. Los trabajadores de la casa mostraban su alegría con frases como éstas: «Ya parece el de antes», «todo limpio», «estamos en Europa», a la vez que nos iban contando los sufrimientos pasados en estos meses. Los enfermos lo hacían con la sonrisa, su saludo cariñoso y su afluencia masiva.
La casa de las Hermanas había recibido toda la furia y violencia destructiva que acompañaron al pillaje. Hubo que derribarla toda. No fue difícil, las paredes interiores eran de adobe. Junto a la casa de las Hermanas, se comenzó la planta de fabricación de medicamentos que «Farmacéuticos Mundi» de Valencia ha proyectado realizar allí.
Cada ladrillo está hecho de ilusión: ilusión de albañiles, carpinteros… casi todos del entorno, que tuvieron asegurada la comida en la dura posguerra. Para la mayoría era la esperanza de futuro que tomaba realidad, ilusión de aquellos a los que el miedo y la inseguridad dominaban con fuerza y nos querían disuadir del empeño de reconstrucción, a la vez que nos preguntaban cuándo subíamos definitivamente; ilusión de los que trabajan en el Centro de Salud y querían la seguridad de las Hermanas también durante la noche; ilusión, sobre todo, de los enfermos que las esperaban con más fuerza.
Ahora que todos estos ladrillos hacen un hermoso edificio, venía a nuestras mentes y corazones todos los que lo habéis hecho posible. Hermanas, familia, amigos que, con vuestra oración, vuestras palabras de ánimo, vuestra solidaridad, habéis tomado esta obra como vuestra. También vosotros, a los que no conocemos y nos habéis ayudado económicamente y, casi seguro, con vuestra plegaria, al conocer la catástrofe de Ruanda. A todos os quisiéramos tener en la fiesta de nuestra inauguración. Es vuestra casa; al contemplarla, cada ladrillo tiene un rostro: el vuestro.
Carmen Olza

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