BENEFICIOS DE COMER EN FAMILIA

Borja Ortega
Echando la mira a la infancia vienen tantos recuerdos de estar todos juntos a la mesa. Con frecuencia parecía que estábamos en clase de nuevo: “siéntate bien”, “no pongas los codos”, “no hables con la boca llena”, “espera a empezar”…Pero con los años hemos visto y comprobado los beneficios de comer juntos en familia.
Los nuevos tiempos han generado numerosas revoluciones: algunas positivas y otras no tanto. Entre ellas destaca la familiar. Ritos tan tradicionales como el comer en familia padres e hijos o la sobremesa para contarse cómo había ido el día, escucharse y estrechar lazos familiares, parecen desfasados en un mundo en el que el frenesí impone una nueva forma de vida.
La televisión es ahora, además de niñera, la perfecta compañía para la hora del almuerzo y la cena. Una nueva costumbre que tiene sus efectos nocivos constatados.
Sin embargo, numerosos estudios han constatado la influencia positiva que tienen sobre el desarrollo personal de los hijos, así como sobre las relaciones entre los miembros de la familia.

Vía de socialización
Un estudio llevado a cabo en la Universidad DePaul de Chicago ha llegado a la conclusión de que los niños y adolescentes que comen en el hogar con sus padres están más alejados de comportamientos de riesgo. “La frecuencia de las comidas en familia es el factor de predicción más poderoso a la hora de determinar el grado de adaptación de los adolescentes”, concluyen los autores del estudio. La comida en familia favorece la comunicación entre sus miembros. Sirve como un excelente foro de debate así como escenario ideal para contar experiencias personales y conocer mejor a los otros miembros de la familia.
Podemos decir que las comidas en familia potencian la armonía en el hogar, desarrollan la confianza mutua entre todos sus miembros y ayuda a solucionar los problemas gracias al diálogo.
Un reciente estudio llevado a cabo por la Universidad de Minnesota ha llegado a la conclusión de que los adolescentes que comen en familia incorporan hábitos saludables que mantienen luego cuando se emancipan.*

Mala alimentación
En el citado estudio se llega también a la conclusión de que los niños y adolescentes que no comen con sus padres o lo hacen fuera de casa se alimentan peor. En casa se consumen, por lo general, alimentos más sanos y nutritivos que en restaurantes o demás establecimientos donde el joven puede comer. Además, se cuida una dieta equilibrada alternando diferentes comidas a lo largo de la semana.

Sin embargo, son cada vez más las parejas que deciden, por necesidad, combinar paternidad y trabajo. Por esta razón sus horarios son prácticamente incompatibles con los de sus hijos. La solución: buscar un colegio que ofrezca servicio de comedor.
El colegio también puede ser un buen lugar para cuidar la alimentación de los hijos. La mayoría de los centros que disponen de servicio de comedor, llevan a cabo calendarios de comidas asesorados por especialistas en nutrición.
A pesar de la variedad de alimentos que se suelen servir en los centros escolares, la falta de tiempo hace, muchas veces, que no se cuide demasiado la presentación de estos. Es decir, muchos niños “cogen asco” a determinados alimentos (sobre todo verduras) porque en el colegio no dedican muchos esfuerzos a presentarlas de manera sabrosa. Presentar alimentos sanos de forma apetecible es un arma fundamental para crear hábitos alimenticios saludables en los jóvenes.

Modela el comportamiento externo
La comida familiar es un excelente momento para educar en los buenos modales, dar encargos y conversar sobre las actividades de cada uno de los miembros de la familia. El comer todos juntos es buen momento para unir, educar y compartir. De aquí la necesidad de fomentar, desde que los niños son pequeños –siete años o incluso antes- la importancia de comer en la mesa.
El buen ejemplo es uno de los mejores métodos de enseñanza. De hecho, de mayores, solemos ser un fiel reflejo de las costumbres de nuestra casa. La mesa, es el “campo de prácticas” de nuestros hijos, por lo que debemos ser muy comprensivos con ellos, sobre todo en las primeras fases de su aprendizaje.
Aparte de las “normas” de la mesa, se le puede ir enseñando también a tener las manos y las uñas limpias, y que debe lavarse siempre las manos antes de comer. También que debe sentarse a la mesa, arreglado y con la ropa limpia. De igual manera, después de terminar de comer. Enseñarle a recoger la mesa, a lavarse los dientes y a cambiarse de ropa si se ha manchado.
Ya en sus primeros pasos como una personita educada, debemos enseñarle que no se empieza a comer hasta que todas las personas de la mesa están servidas y no lo empieza a hacer alguno de nuestros mayores. Que no se come con la boca abierta, que no se habla con la boca llena o que no se chilla o vocea en la mesa.
Una comida que reúne a la familia entera –y que no es saboteada por la televisión (el 53% de los adolescentes encuestados decían que solían verla durante las comidas) o el teléfono – es el entorno ideal para aprender a comportarse. Desde pequeños, verán el ejemplo de sus padres y adquirirán buenas maneras.
Comer en familia también enseña a los niños a mantener una conversación y les suministra la mayor parte de su vocabulario.

Previene adiciones nocivas
Uno de los estudios en los que se basa procede del Centro Nacional sobre Adicciones y Drogas de la Universidad de Columbia (EE.UU.), cuyo objetivo es prevenir que los jóvenes caigan en conductas destructivas (drogas, alcohol, tabaco…). En este estudio, de 1996, se intentó determinar qué tenían en común los chicos que no presentaban tales problemas. Y para sorpresa de los investigadores, resultó que comer en familia era más importante que asistir al colegio o las notas.
Desde entonces, la encuesta se repite todos los años. La de 2005 muestra significativas diferencias entre dos grupos de adolescentes, según la frecuencia con que comen en familia: dos veces por semana o al menos cinco. En el segundo grupo son más lo que dicen no haber probado nunca el tabaco (85% contra el 65% del primer grupo), el alcohol (68% frente a 47%) o la marihuana (88% contra 71%). Estos chicos presentan también menos problemas de ansiedad y sacan mejores notas. Los investigadores han descubierto que nuestros recuerdos infantiles más importantes no son los grandes acontecimientos, sino el cariño, el compartir, el pasar tiempo juntos. Por eso a la comida hay que dedicarle tiempo, lograr que sea un oasis en nuestro ajetreado mundo.

Enemigos de la comunicación
José María Contreras, biólogo especialista en el estudio de las relaciones humanas, resalta “la cultura de la prisa” como un signo de nuestro tiempo. “El hombre huye de sí mismo, no quiere estar a solas. La prisa se ha convertido en un valor: quien tiene prisa es importante. Pensamos que no podemos parar, que puede ser peligroso. A los hijos les damos lo que podemos, decimos que todo lo hacemos por ellos, pero sabemos que nos engañamos. Qué más quisiéramos nosotros que verlos todos los días. Aunque luego presumimos que no podemos hacerlo. Estamos hechos un lío”, explica José María Contreras.
Este escritor y conferenciante se pregunta en torno a qué gira la vida familiar. Y llega a la conclusión de que lo hace alrededor de tres electrodomésticos: la televisión, el ordenador y la nevera. “Por culpa de estos artilugios, la comunicación puede romperse hasta dejar de existir. Es lo que aparentemente llena la existencia de muchas familias. Y la vida languidece, porque cuando se vive creando necesidades o satisfaciendo deseos continuamente se termina aburrido y sin ilusiones”.

* Journal of the American Dietetic Association: en un estudio ante 3.000 adolescentes.

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