Aprender a jugar sin juguetes

“Veo, veo, ¿qué ves?…”, “El patio de mi casa es particular…”, etc. ¿Cuántos niños de hoy en día han jugado alguna vez a estos juegos? Seguramente muchos de ellos no han oído nunca hablar de juegos en los cuales los protagonistas no son el superhéroe de turno o el videojuego más vendido, sino su imaginación, su creatividad, su colaboración y su destreza. Sin embargo, los juegos tradicionales, más allá de estar a la última en tecnología, son una forma de entretenimiento divertida a la vez que pedagógica y socializadora, fundamental en la educación de nuestros hijos.

En este sentido, es importante tener presente que a través del juego el niño expresa sus sentimientos, alivia tensiones emocionales como la ansiedad y el estrés, y permite canalizar la agresividad, así como ayuda a afrontar miedos. Así pues, que nuestros hijos aprendan a jugar desde que nacen es una de las responsabilidades de los padres. El juego es importante a cualquier edad y es un recurso más a tener en cuenta en el contexto educativo y familiar.

El poder del juguete

Según la Encuesta Europea Duracell de Juguetes, realizada en 9 países de la Unión Europea, los niños españoles escogen mayoritariamente (56%) los juguetes para sus ratos de ocio, por encima de la media de los chavales comunitarios, que lo hacen en el 51% de los casos. Les siguen, por orden de preferencias, la televisión, los videojuegos y las actividades al aire libre.

Si bien niños y jóvenes están demasiado acostumbrados a tener todo lo que piden y el juguete tiene el poder, los expertos recomiendan no atender todas las demandas de niños y jóvenes. El psicólogo infantil Pablo Grosz, en un artículo publicado en la revista “Padres OK”, advierte que “los niños son complacidos en todas sus demandas por la creencia que se tiene del ‘cómo no voy a dar si tengo’. Los padres no deberían dar todo y no sólo por falta de dinero, sino porque se debe enseñar que en la vida no se puede tener todo”.

Para Miguel Ángel Conesa, psicólogo y escritor, “si algún pariente escapa del control familiar y regala un juguete que los padres no consideran adecuado, entonces hay que ser coherentes y no dejar entrar ese juego en casa, a pesar de los disgustos. Es duro, pero si ya antes se ha dicho a los parientes que no queremos ese juego para nuestro hijo, pues no lo queremos, porque de otra forma perdemos toda la credibilidad ante el niño y cuando se trate de otro ‘juego’ tampoco nos hará caso. Por lo tanto, recurriremos a la opción de cambiarlo por otro o devolverlo, bien acompañados por el familiar o no, explicando los motivos que llevan a tomar esta decisión”.

Un estímulo a la imaginación

Una alternativa para no comprar tantos juguetes y, a la vez, para pasar más rato en familia es divertirse sin juguetes. Conesa afirma que “es importante que los progenitores jueguen con los niños, porque muchas veces bajo capa de regalar todo lo que piden se está ocultando un sentimiento de culpa por no poder estar con ellos o no poder dedicarles más tiempo. El mejor juego es el que sirve para que juguemos con ellos. Así transmitimos nuestro entusiasmo”.

Los juegos que no requieren de juguetes, además de su aspecto lúdico y placentero, fomentan el desarrollo de habilidades esenciales como la psicomotricidad, el lenguaje o la creatividad. Es decir, entretienen y favorecen el desarrollo infantil en todas sus facetas: intelectual, motora, social, afectiva, lingüística, etc. No obstante, si bien este tipo de juegos requieren en su mayoría jugar en compañía, los padres disponemos de poco tiempo libre para ello. Por esta razón, a menudo optamos por los juguetes prefabricados como alternativa a nuestra ausencia en el ocio de nuestros hijos.

Sin embargo, aunque los niños no juegan para aprender, aprenden jugando. Existe un acuerdo universal entre todos los psicólogos y educadores de que jugar es aprender y que, durante el juego, los niños desarrollan nuevas habilidades y prueban diferentes papeles. En este sentido, un resumen de más de 40 estudios mostró que el juego se encuentra significativamente relacionado con:

La resolución creativa de problemas
El comportamiento corporativo
El pensamiento lógico
Los coeficientes de inteligencia
La capacidad de integración y liderazgo
Además, los expertos coinciden en afirmar que los niños que no juegan, o que no juegan tanto como otros niños, tienen un mayor riesgo de déficit psicológico, intelectual y social. Para aprovechar plenamente los beneficios de jugar, los niños necesitan adultos que les apoyen, que reconozcan el valor del juego y que los estimulen ofreciéndoles un ambiente seguro para jugar.

Los juegos que no requieren de juguetes, además de su aspecto lúdico y placentero, fomentan el desarrollo de habilidades esenciales como la psicomotricidad, el lenguaje o la creatividad.

Un tipo de juego para cada edad

Si bien existe una clasificación de los juguetes por edades, tal como explicábamos en un monográfico previo de Entre padres, también los roles que tenemos los padres en relación al juego que compartimos con nuestros hijos van cambiando a lo largo de crecimiento. Según la Fundación Crecer Jugando, estas son las funciones que debemos desempeñar por edades.

En la edad temprana ayudaremos a los hijos a que vayan acercándose al mundo a través de sus sentidos, a que extraigan todas las posibilidades lúdicas de un juego. En definitiva, a que descubran nuevas experiencias. Nuestros papel pues, será el de motivar y favorecer un tipo de juego determinado. Son indicados los juegos de miradas, de regazo, canciones de cuna…
A partir de los 3-4 años aproximadamente debemos acompañar en el juego. Es decir, seguiremos guiando y motivando, pero también jugaremos compartiendo, no sólo ayudando. Los juegos de imitación de la vida de los adultos así como las primeras conversaciones aparecen en esta edad.
A partir de los 6-7 años, el compartir se convierte en algo más. Es colaborar, competir, favorecer un juego en el que permitamos a nuestros hijos que se sientan más iguales, donde respetemos las normas y ayudemos a que se respeten. Aquí, los niños podrán mostrarse tal como son. Los juegos motrices en grupo nos proporcionarán momentos muy divertidos.
A partir de los 9 años aproximadamente, nos convertiremos en auténticos compañeros de juego. Ya no es tan importante el que motivemos, sino el que nos perciban como jugadores entregados, tanto a la competición como a la cooperación. El juego y la comunicación se convertirán durante toda la vida en perfectos aliados y nutrirán las relaciones familiares.

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