Adolescencia y Juventud II. Sociologia.

1. Determinación del periodo de adolescencia. La a. es, esencialmente, un crecimiento, no sólo de carácter cuantitativo o hipertrófico, que se marca en el aumento de volumen de las células existentes en el organismo y que en el plano psíquico se manifiesta por el incremento de la capacidad de las facultades afectivas o cognoscitivas que poseía el sujeto, sino también de carácter cualitativo o hiperplástico, por cuanto que aparecen nuevas células en el organismo y, además, en el plano psíquico, tendencias y formas de conocimiento inéditas. Por tales circunstancias la a. expresa la incorporación de factores nuevos en el ser humano, factores que son el directo determinante del propio yo. Es cuando surge la conciencia del mundo interior. Época de crisis y desasosiegos, de inconformismos y de exaltadas o apasionadas posturas. El comienzo de la edad juvenil, por tanto, presenta fenómenos contradictorios que no son sino el tránsito de una situación de dependencia o heteronomía a otra de autonomía, que provoca la afirmación expansiva del yo.
Quizá quepa decir que si durante la niñez y toda la evolución infantil el hombre va captando sucesivamente de forma progresiva el mundo que le circunda, el descubrimiento y subsunción del mundo interior es la manifestación más evidente de la a. Una y otra etapa implican un progresivo aprendizaje, un desenvolvimiento o desarrollo de la personalidad (v.), unos periodos en los que el sujeto precisa de la aportación de los demás, familiares y educadores, en los que por su limitación natural es objeto de la función tuitiva del Derecho y que la Política contempla como realidad social que debe ser atendida, porque en ella residen valores potenciales que harán posible que un pasado y un presente se proyecten en el devenir histórico de la propia comunidad.
¿Qué periodo de años abarca la juventud desde una perspectiva psico-sociológica? En este punto la doctrina no coincide. Para J. Marías, la juventud comprende de los 15 a los 30 años. H. Schelsky, en su estudio sociológico sobre la juventud alemana (Die skeptische Generation, Düsseldorf 1957) adopta el ciclo comprendido entre los 15 y los 25 años; L. Rosenmayr, en su trabajo Condiciones sociales y económicas que influyen en la vida de los jóvenes (Rev. «Instituto de la Juventud» 25, Madrid, octubre 1969), piensa en la población comprendida entre los 14 y los 24 años; J. Vieujean, en La juventud de hoy (o. c. en bibl.), la estima entre los 18 y los 28 años; el «Rapport national sur la jeunesse française» («L’Express», 5 y 12 dic. 1957) la fija entre los 18 y los 30 años.
2. Caracteres. La a. se caracteriza, principalmente por el hecho de ser el periodo en el que el ser humano debe afirmar su autonomía, renunciando al género de relaciones establecidas en la infancia (v.), y asumir su natural desarrollo. El descubrimiento de un modo nuevo de vida, de una nueva estructura interior más abierta al mundo que la precedente, impone al adolescente exigencias que devienen, fácilmente, en una situación conflictiva. Es la época de una incoherencia más aparente que real, en la que el sujeto vacila entre retornar a un pasado que vislumbra ya como cosa perdida y precluida, que por eso rechaza, o enfrentarse con su propio futuro. De ahí que no sea posible concebir a la a. como situación estática, porque esencialmente es un devenir.
Se manifiestan actitudes de oposición o negación frente a otras de aceptación o afirmación. Sólo aparentemente son contradictorias, ya que ambas reacciones son la expresión de un mismo fenómeno. Son medios que, aunque diferentes, se complementan para converger hacia idéntico fin, al que tiende toda la vida del adolescente: a la afirmación autónoma de su personalidad. El desarrollo físico, la evolución intelectual, el desequilibrio de la emotividad, el protagonismo social y el afán de encontrar y realizar el propio papel son factores determinantes para fijar la edad adolescente -como señala Guy Avanzini en Los años de la adolescencia (o. c. en bibl.)- por sus problemas.
Ante el propio desarrollo físico, el adolescente siente que su cuerpo se ha convertido en un problema que no puede ignorar. Aun cuando la mera transformación física le hace percibir su yo, por sí sola es insuficiente para realizarlo. La evolución intelectual que se produce en el tránsito de la infancia a la a. transforma el pensamiento del niño, que ya accede al estatuto del pensamiento del adulto. Mediante la reflexión, su horizonte intelectual se amplía en contenido y en calidad, superando la fase precedente, en la que sólo razonaba ante problemas próximos y presentes. La toma de conciencia de este nuevo modo de pensar se conjuga con un fenómeno hasta entonces inédito -del que simultáneamente es actor y espectador-, al que accederá impulsado por el dinamismo interno de su ser. Dinamismo imprescindible para que se produzca la forja de su personalidad.
Si la a. engloba, como carácter principal, el hecho de ser un proceso dinámico, desde el punto de vista sociológico se caracteriza por constituir una parte muy diferenciada de la población. De ahí la necesidad de inquirir la naturaleza del nexo existente en el adolescente entre el fundamento biológico de las actitudes, del comportamiento y de las relaciones sociales, y la transformación y modelado sociológicos de los datos biológicos. Durante esta etapa de la vida humana, el individuo reacciona psicológicamente ante las modificaciones biológicas que en él se producen de forma más acusada que en cualquier otra de su vida. Esta reacción frente a las nuevas realidades biológicas está matizada por sentimientos de inseguridad, que a su vez originan un estado nuevo de receptación ante valores y objetivos también inéditos. El sistema de valores y la visión infantil del mundo sufren una conmoción. Mediante un proceso psicológico de adaptación, el adolescente se abre a las influencias que recibe de la sociedad. En este instante de su vida comienza a desvanecerse la influencia de los padres en ciertos aspectos de la interacción familiar. También es la época en que siente la imperiosa necesidad de identificarse con aquellos ideales que le dan seguridad o equilibrio.
3. Repercusiones sociales y su alcance. Es obvio que las características psicológicas de la a. no dejan de tener incidencia social. El joven se reconoce como distinto, y, por tanto, reacciona. De ahí que, sociológicamente, se tienda a relacionar la a. con la actitud de insatisfacción y rebeldía. En ese punto insisten diversos sociólogos contemporáneos que ven en ello, además, una consecuencia de la aceleración histórica que trae consigo el desarrollo tecnológico con los cambios que produce y la consiguiente facilidad de mayores conflictos generacionales. Hay en ello algo indudablemente cierto. Pero también lo es que, si leemos a los escritores antiguos, también advertimos en. ellos constancia de esa conflictividad que puede acompañar a la a. Así, Plutarco, en Vidas paralelas, al escribir la biografía de Alcibíades, ofrece una visión de la sociedad en la Antigüedad, en la que los jóvenes constituían, también, como colectividad social, un problema. No refiere únicamente los hechos antisociales realizados por Alcibíades, sino que también habla de los amigos que le secundaban. En la Biblia (2 Reg 2, 23-24), se narra la conducta asocial de los mozalbetes que se burlaban del profeta Eliseo. Durante la guerra de los Cien Años (V.), aparecieron en Francia los coquillards, grupos de muchachos imberbes dedicados al bandolerismo, similares a las bandas catilinarias que en la Roma ciceroniana asolaban la ciudad con sus desmanes (V. DELINCUENCIA JUVENIL). La vida bohemia del s. XIX también presenta el fenómeno juvenil como algo diferente. Larra, Espronceda y Bretón de los Herreros fueron expresión viva de lo que representó la juventud de su tiempo en España. R. Mesonero Romanos, en su artículo La capa vieja y el baile de candil, escrito en enero de 1833 y publicado en Escenas matritenses, Madrid 1956, relata las andanzas de quien, en su juventud, fue un calavera completo.
En contra se puede observar que, cuanto más estable era la vida, al ser más sencillas las profesiones y requerir un aprendizaje más temprano y corto, el adolescente y aun el niño podían encontrar su modo de vivir con más facilidad. A los 12 ó 13 años podía ya ganarse la vida el hijo de un campesino, dejar el hogar paterno, demasiado pobre para mantenerlo, e ir en busca de la casa de un patrón o amo. El retardo en adquirir el status social del adulto es de tal manera un efecto de la civilización, que a medida que se acrecienta la complejidad de la vida social, se hace cada vez más difícil de alcanzar. La a. abreviada de todos los que comenzaban a trabajar muy jóvenes con poca o ninguna formación profesional o instrucción general, se transforma -o se puede transformar-en una a. alargada cuando el individuo necesita para insertarse en la sociedad una formación profesional elevada. Tal situación, unida al hecho de los medios masivos de comunicación que hacen que los fenómenos humanos adquieran unidad y alcancen dimensión ecuménica, es lo que da al tema de la juventud un mayor alcance en la sociedad actual. La industrialización y el crecimiento demográfico también convergen para configurar al status juvenil de una forma desconocida hasta ahora. La emancipación económica no se presenta de forma igual para las diferentes profesiones ni para, dentro de éstas, distintas localizaciones geográficas o geopolíticas pero, en líneas generales, se advierte la tendencia a que el adolescente tenga una relativa autonomía económica; lo que obviamente no carece de repercusiones.
Los índices demográficos han representado un importante papel para demostrar gráficamente la existencia de la colectividad juvenil (v. GRUPOS SOCIALES). Su número hace que su influencia social y cultural -o subcultural como señala A. Cohen en Subculturas delincuentes (Estudios de sociología, I, Buenos Aires 1961)- haya adquirido un vigor inusitado, máxime si a su gran vitalidad biológica se une la fuerza psicológica de su carácter generalmente expansivo y abierto.
El factor cuantitativa de lo juvenil ha incidido en el mundo de la economía, que lo contempla y considera como unidades semi-independientes de consumo, de carácter secundario. Cierto que los jóvenes que perciben una remuneración por su trabajo mientras viven en el hogar familiar no adquieren, salvo contadas excepciones, lo que les es necesario, ya que usualmente entregan parte de sus ingresos a sus padres con tal finalidad; pero también quienes aún no ejercen actividad remunerada reciben de sus progenitores cierta asignación semanal o mensual para sus gastos. Unos y Otros, consecuentemente, poseen de este modo cierto poder de compra, que es explotado y constituye un auténtico mercado específicamente juvenil: bebidas, discos, revistas, trajes, etc. Este poder de compra de los jóvenes configura a la juventud como un evidente mercado de diversiones, de cosas no necesarias en sí mismas, pero que coadyuvan y favorecen la creación de nuevas industrias -como afirma M. Abrams en The Teenage Consumer, Londres 1959- y es la más clara expresión de que los jóvenes precisan hacer unos gastos que, en gran medida, tienden a acrecentar el propio prestigio no sólo ante sí mismos y ante los de su mismo sexo, sino también y sobre todo ante los jóvenes del sexo contrario.
Los jóvenes considerados como consumidores no se comportan de manera uniforme, ya que en tal comportamiento inciden la edad y la situación socio-económica, para matizar las diferencias. También varía de un país a otro y según el grado de industrialización de éstos.
Se advierte de otra parte, y como consecuencia de factores muy complejos, una cierta debilitación, y en ocasiones crisis, de la autoridad familiar, y, a veces, de los valores. De ahí la tendencia de sectores de la juventud que actúan como si pretendieran crear una cultura autónoma, desligada de la tradición precedente o en polémica con ella. Crean sus propias canciones, inventan sus propios vestidos e incluso sus propios vicios y virtudes, que quieren que sean diferentes a los de una sociedad que no les gusta. Surgen movimientos que son manifestación de un deseo de tomar responsabilidades y hasta de protagonizar el rumbo de la historia, y, otras veces, de simple protesta. Recordemos el movimiento de los hippies (v. PROTESTA), con su filosofía de lo inmediato y sus contradicciones, en el que los jóvenes viven su mundo de ulna forma distorsionada desde una perspectiva hedónica, constituyendo así un ethos edonístico en el que se consigue un status mediante la alteración de las normas del mundo adulto para adecuarlas a la cultura juvenil.
La fiebre de vivir que siente parte de la juventud es la manifestación dinámica y agresiva de una real inadaptación social. (v. ADAPTACIÓN). Tiene su proyección social en las pandillas o bandas que en España se denominan gamberros (v. GAMBERRISMO), y que en otros países reciben los calificativos de teddy boys, blousons noirs, vitelloni, hooligans, nozen, etc., que recoge Ph. Parrot en Les gangs d’adolescents (París 1959).
4. Incidencia política. Ante la situación descrita, se impone -como señaló el V Congreso Penal y Penitenciario Iberoamericano y Filipino, celebrado en La Coruña en 1969- el que por todo Estado de derecho se tome conciencia de lo que verdaderamente significa la situación de los adolescentes y desarrolle una política juvenil, ya que dicha política, dentro del marco del desarrollo social, «implica una actuación consciente y global, sobre la realidad juvenil, con arreglo a un plan creador de orden jurídico, que posibilite la realización de los fines individuales y sociales, que a la juventud corresponden para su incorporación integral al quehacer comunitario de la sociedad» (L. Mendizábal, o. c. en bibl.). Dicho Congreso reconoce que esta política es una disciplina jurídicopolítica, porque el Derecho es un principio configurador de lo político. La política de la juventud, como rama desgajada del tronco común de la acción política, ha de tener un enfoque primordialmente jurídico-político, que debe analizar la realidad de la colectividad juvenil de forma singular y coordinada bajo las facetas moral y jurídica, porque desde tales premisas es como únicamente se puede comprender y ordenar el fenómeno.
El problema de la juventud plantea, en sus últimas consecuencias, la necesidad de que se cubran aquellos postulados que la política de la juventud exige: su integración y participación en la sociedad. Así lo reconoció la Asamblea General de las Naciones Unidas al enunciar sus Principios sobre la juventud -7 dic. 1965- en los que aboga por que la juventud adquiera conciencia de las responsabilidades que caerán sobre ella en un mundo que está llamada a dirigir, confiando en el feliz futuro de la humanidad. Añadamos que si parte de la literatura, al tratar de la juventud contemporánea, se fija principalmente en los elementos negativos que la configuran, no por eso ha de desconocerse a toda la juventud serena, alegre y sana, consciente de sus responsabilidades, que estudia y que trabaja, madurando su personalidad en el afán de conseguir un puesto en la vida. Ejemplo de ello son los numerosos movimientos apostólicos, culturales o educativos; el mismo fenómeno asociativo juvenil da pie para comprobar su espléndida realidad, su vigor y, sobre todo, la calidad de sus miembros. Y esta actividad juvenil, que es la genuina expresión de la tendencia natural a la asociación, representa, como dice R. Remond en La organisation de la jeunesse: institutions et mouvement (XLVIII Semana Social de Francia, Reims 1961), un factor esencial para el desarrollo de la personalidad social de los jóvenes, ya que el día que éstos dejaran de cumplir su función innovadora algo faltaría al organismo social.
L. MENDIZÁBAL OSES.
BIBL.: Además de la citada en el texto, v.: G. AVANZINI, Los años de la adolescencia, Barcelona 1969; S. CORDELIER, Les adolescents Pace à leur avenir, París 1957; M. DEBESSE, La crisis de la originalidad juvenil, Buenos Aires 1955; ÍD, Le rôle des parents au moment de la puberté, París 1956; A. PIGA, Adolescencia y cultura, Santiago de Chile 1946; J. ORTEGA y GASSET, El tema de nuestro tiempo, Madrid 1966, cap. 1; J. MARÍAS, El método histórico de las generaciones, 3 ed. Madrid 1961; J. VIEUJEAN, La juventud de hoy, San Sebastián 1964; S. EISENSTADT, From generation to generation. Age groups and social structure, Nueva York 1964; P. FURTER, La vie morale de l’adolescent, Neuchâtel 1965; A. GESELL y F. ILG, Le jeune enfant dans la civilisation moderne, 5 ed. París 1964; L. J. STONE y J. CHURCH, Niñez y adolescencia. Psicología de la persona que crece, 2 ed. Buenos Aires 1963; MONS. E. TARANCÓN, La incógnita de la juventud, Madrid 1957; R. ZAVALLONI, Educación y personalidad, Madrid 1958; J. CHAZAL, Déconcertante jeunesse, París 1962; P. SEIDMANN, juventud moderna, Buenos Aires 1969; L. MENDIZÁBAL OSES, La Política de la juventud: Determinación de su concepto, «Rev. de Estudios Políticos» 162, Madrid 1968; J. JOUSSELLIN, jeunesse, fait social méconnu, París 1955; ÍD, L’organtsation de la jeunesse en Europe, Estrasburgo 1968; C. LORA, La juventud española actual, Madrid 1965; D. ABRAHAMSEM, El camino hacia la madurez emocional, México 1961

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