A mi hijo, enfermo de SIDA

Queridísimo y amado hijo:
La noticia, me ha dolido profundamente, te lo puedes imaginar, pero, por el amor y la misericordia del Señor, no se me ha enturbiado el amor ni se me ha nublado la paz; en mí no hay lugar para los reproches; sólo existe la esperanza para poder ver la luz entre las sombras, y el dolor, y que no me ciegue el mal.
La gracia del Señor no está frustrada en ti, créetelo; sólo necesitas pedir al Señor, con un corazón humillado, que se haga presente en tu vida, y de esta forma, escuchando su llegada y sintiendo su paz, cambies profundamente tu forma de vivir.
No es imposible, hijo mío; sí, te costará, pero podrás hasta sentirte feliz y hacernos felices a los que tanto te queremos, si pides al Señor tu conversión y, de verdad, con fe y esperanza te pones en camino diciendo al Señor: «Aquí estoy, hágase tu voluntad». Tu familia y toda la Iglesia te ayudaremos, unos con oraciones y otros con oraciones y cuidados, todo lo que tú nos permitas.
Te pido por Dios, hijo mío, que no hagas con otros lo que han hecho contigo, que no infectes el cuerpo de nadie, que es templo de Dios; que perdones al causante de tu situación; que no te sientas un desgraciado, porque tienes un Padre que perdona todo y todo lo puede (sólo hace falta que tú, por fín, te enteres), y una Madre que es más grande que yo: es la Madre de Dios, a quien yo sé que tanto quieres. Y bendice al Señor por la familia que te ha dado aquí en la tierra; ofrece tu sufrimiento por ella y por los pecados de todos los hombres, que ponen al mundo en situación de desastre y muerte. Tu cruz puedes convertirla en una cruz gloriosa que te lleve a los pies del que murió en ella por ti, por mí y por todos los hombres…
Es posible que puedas pensar: ¿Qué más cosas me pueden pasar en esta vida? Yo te digo que son muchas, tu vida siempre ha estado marcada por el dolor y el sufrimiento, pero lo peor ha sido no haber permitido que el Señor se haga presente en ella. Estoy segura de que miles de veces Él se ha detenido en ti, pero tu situación y tu sufrimiento no le han permitido pararse. Nunca es tarde; para Dios, no existe el tiempo.
Te diría muchas cosas más, pero no; sólo quiero pedirte perdón por cuantas veces te he hecho sufrir, siempre queriendo ayudarte, y decirte una vez más: aquí estoy para servirte, confiando que tu vida cambie y puedas realizar con obras ese don de apóstol que el Señor ha puesto en ti, sirviendo a los necesitados, que tú para eso vales mucho. Adelante, hijo mío; Dios está contigo y todos los que te queremos también.
Te quiere más que nunca, tu madre.
Isabel Mínguez Gortiaz
P.D. No sufras por los demás, que a todos nos hace bien; en el sufrimiento se siente con más fuerza al Señor y esto es bueno, pues con los que viven con Él no puede nada ni nadie. Sentirás que el demonio te oprime por todos los lados y te lleva hasta la muerte, pero el Señor tiene sobre ti su mano. Cuídate. Busca medios para recobrar fuerzas, tú sabes donde te esperan con los brazos abiertos, allí tienes tu sitio.
También te pido que perdones a ese jefe tuyo que ha faltado revelando tu intimidad; háblale, pero no le hagas daño. Déjalo todo en manos del Señor que es juez justo.

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