A LA CAMA, CON EL MANDO

Carmen de Andrés
Muchos son los niños y adolescentes que han incorporado en el mobiliario de su habitación un aparato de televisión. Según un estudio de la consultora TNS para la empresa LG Electronic, España cuenta con una media de 2,64 televisores por hogar, y se deduce que el 36% de niños y adolescentes de nuestro país tienen una televisión en su habitación. Este consumo de aparatos televisivos sitúa a España como segundo país de la Unión europea.

Esta elevada cifra de tenencia de televisores es proporcional al consumo televisivo. En la actualidad, se calcula que en España los menores de entre cuatro y catorce años pasan más tiempo utilizando la televisión y otras pantallas (990 horas al año) que en el colegio (960 horas). Además, unos 750.000 menores ven televisión después de las 22 horas, y 200.000, después de las 24 horas. Este último dato es muy llamativo y unido al alarmante 36% de niños con un televisor en su habitación me hace presumir que a los padres se les escapa bastante el control de este “botellón tecnológico”.

Muchos padres y madres todavía desconocen los riesgos y potencialidades que entraña, lo que les impide orientar su consumo responsable y evitar los perjuicios que los malos hábitos pueden conllevar. De todos es conocido que el tiempo que el niño pasa delante de la “caja tonta”, lo “roba” a otras tareas y este mal uso puede entrañar algunos prejuicios.

Según los resultados presentados en la revista médica estadounidense Pediatrics, los niños que ven menos de dos horas de tele al día en la infancia no aumentan su riesgo de sufrir trastornos de atención en la adolescencia. Pero a partir de la tercera hora, el riesgo se incrementa un 44% por cada hora adicional que se pasa cada día ante la tele. La hipótesis más probable a esta aseveración es que las imágenes televisivas, con sus estímulos constantes, pueden hacer que en comparación la vida real parezca monótona, de modo que los niños tiendan a aburrirse ante actividades que tienen ritmos más lentos. Otra posible explicación es que el cerebro infantil, aún en formación, se desarrolle de manera inadecuada al ser estimulado en exceso por las rápidas sucesiones de imágenes de los programas de televisión.

Comportamientos violentos, conductas sexuales de riesgo, bajo rendimiento académico, escasa autoestima por la imagen corporal, nutrición desequilibrada, obesidad y consumo de drogas encabezan la lista de problemas derivados de un consumo excesivo o inadecuado de programas de televisión en la infancia y la adolescencia, advierte la Academia Americana de Pediatría (AAP). El estudio concluye que “los niños y adolescentes son especialmente vulnerables a los mensajes transmitidos por la televisión, que influyen en sus percepciones y conductas”.

Entre las consecuencias mencionadas, quizá una sea la más genérica y menos grave a primera vista: el decaimiento en el rendimiento escolar. Esta caída es como consecuencia, en primer lugar, de la falta de horas que invierten en el estudio. Pero esta consecuencia nos debe hacer pensar su origen. ¿Por qué no estudian?.

La inatención de los menores puede venir provocado por dos causas: porque el estudio, la lectura, la reflexión o la atención de un discurso les parezcan como imágenes congeladas del televisor, imágenes sin vida que les acaban aburriendo, así como porque la televisión incentiva la falta de esfuerzo. Me explico, el fácil cambio de cadena a través del zapping, el retomar el hilo del programa más tarde y enterarse de lo acontecido, el encontrarse con unos contenidos televisivos excesivamente programados, no les ayudan precisamente a explorar otras latitudes, a pensar por sí mismos y a vivir su vida en primera persona y no como en la ficción televisiva.

Desde la Academia Americana de Pediatría daban una serie de consejos a los padres que creo que podríamos aprovechar: limitar el tiempo de exposición de los menores a una o dos horas como máximo, retirar las televisiones de los dormitorios de menores, seleccionar los programas que se ven en casa- eligiendo los de contenido informativo y educativo-, así como ver la televisión en familia.

Es importante que las familias sepan que son las personas más capaces de mejorar esta situación, ya que la televisión se utiliza principalmente en el hogar. Por eso, y porque hay que empezar a educar en esta materia desde edades muy tempranas, la familia, frente al colegio y otras instituciones, es el agente social con mayor capacidad de modificar los malos hábitos infantiles de consumo de televisión y de las otras pantallas. Es necesario que se implique toda la familia: no se trata sólo de enseñar a niñas y niños unos hábitos y unas normas, es necesario educar de manera continuada y, sobre todo, dar ejemplo.

Los beneficios de aprender y enseñar a usar la televisión y las otras pantallas adecuadamente son muchos y muy positivos: se evitan los efectos negativos que se derivan de su mal uso y abuso, se aprovecha su innegable potencial educativo, y se enseñan unos valores y actitudes muy positivas para su desarrollo, que beneficiarán a otros ámbitos de su crecimiento.

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