QUEREMOS APRENDER

07 Octubre 2010 – QUEREMOS APRENDER
Autor: Alejandro Navas – #550 – Categoría: Educación

En cualquier estrato social, con cualquier nivel intelectual y educativo, cuando nos ponemos a hablar de la enseñanza -en general o la que reciben nuestros hijos- incurrimos en el error de aceptar como ciertas algunas políticas educativas aunque atenten contra la verdad y el sentir general de padres y docentes.

Por ejemplo, para todos y siempre es verdad que los padres son los primeros educadores de sus hijos. Pero brota el desconcierto y el confusionismo con ocasión de algún cambio de las leyes motivado por actitudes ideológicas y sin contar con el sentir popular.

Lo malo es que bastantes padres, al ejercitar mediocremente ese derecho y ese deber de ser los primeros educadores de sus hijos, aceptan pasivamente, sin protesta y sin apenas lucha, que les arranquen ese derecho fundamental y que sea el instituto o el colegio quien asuma con sus hijos esa tarea esencial para la vida de cada persona. ¿El resultado? Triste panorama… Basta no cerrar los ojos a la realidad y ver que la educación en nuestra sociedad se encuentra en una indudable crisis, como ponen de manifiesto los diversos informes que periodicamente se publican. Algo habrá que hacer, comenzando por un cambio de actitud de muchos padres que tienen que valorar la formación de sus hijos como su principal negocio, en el que no caben apatías o negligencias.

Viene muy a cuento el artículo de Alejandro Navas, Profesor de Sociología de la Universidad de Navarra, publicado en El Diario de Navarra. Lo reproducimos a continuación.

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El 25 de agosto, Ole von Beust era sustituido como alcalde de la ciudad y presidente del Land de Hamburgo. Se le consideraba el alcalde más popular y querido de la historia reciente de la ciudad, pero no le quedaba otra opción después de que el pueblo rechazara en referéndum el pasado 18 de julio la política educativa de su gobierno.

Esa reforma educativa, que era el núcleo del acuerdo de la primera coalición entre democristianos y verdes al frente de un Land alemán, se proponía prolongar un año la enseñanza primaria, manteniendo básicamente los contenidos anteriores.

La oposición, formada por socialistas e izquierdistas, estaba de acuerdo con esa medida. Inicialmente la ciudadanía, sumida en su proverbial pasividad, no pareció acusar recibo de esa iniciativa, hasta que el abogado Walter Scheuerl se encargó de movilizar a los potenciales descontentos. Muchos padres resultaron estar en contra de esa disminución de la exigencia docente, que se iba a traducir en una peor preparación de sus hijos, y bajo el lema “queremos aprender” se puso en marcha una movilización cada vez más numerosa. De entrada, la clase política no dio importancia a ese movimiento, al que miraba con displicencia, hasta que se vio literalmente arrollada.

Curiosamente, los verdes habían impuesto poco antes que el Senado reconociera carácter vinculante a los referendos populares, y a una consulta de esta índole recurrieron los hamburgueses descontentos con esa reforma. El gobierno, en apariencia tan amigo de la democracia directa, empezó a asustarse y procuró poner todo tipo de obstáculos, algunos incluso ilegales, al desarrollo de la campaña previa a la votación. La fecha se fijó, de intento, en julio, en plenas vacaciones escolares.

Como es propio de este tipo de consultas, el porcentaje de votantes no fue elevado -el 39 %-, pero la iniciativa popular se impuso con claridad. La crisis de gobierno estaba servida: el presidente reaccionó con gallardía, aunque no así la consejera de Educación, la verde Christa Goetsch, que en unas primeras declaraciones calificó la jornada electoral como “un día de mierda” y se ha negado a dimitir.

Nos cabe sacar provechosas conclusiones de este episodio. Por ejemplo, que un pacto educativo entre todas las fuerzas políticas presentes en un parlamento no asegura la calidad de la enseñanza, sino que puede llevar a su deterioro. Hace falta antes un pacto social más amplio, que incluya a padres y docentes. Los padres, titulares de la educación de sus hijos, no deberían abdicar de su responsabilidad y dejar asunto tan importante en las manos oportunistas de los partidos.

En Hamburgo supieron reaccionar a tiempo, gracias al empeño y a la tenacidad del citado Walter Scheuerl: una sola persona puede hacer mucho si defiende una causa razonable y se compromete hasta el final. La clase política -y también algunos de los medios de comunicación más influyentes- intentaron descalificar la protesta como una maniobra de los sectores adinerados para defender sus privilegios educativos, pero los análisis posteriores han mostrado que se trató de un movimiento genuinamente transversal: la preocupación por la educación de los hijos no es patrimonio exclusivo de los ricos.

Contemplo con cierta envidia lo sucedido en Hamburgo, y no me alegro tan sólo por ese triunfo de la gente de a pie sobre la denostada clase política. La educación alemana se encuentra en una indudable crisis, como ponen de manifiesto los diversos informes comparativos entre países, y esa situación ha originado una intensa discusión, tanto en el ámbito regional como en el federal.

En España nos encontramos en condiciones aún más calamitosas, según esos mismos informes y como resulta evidente para cualquier que conozca las circunstancias de ambos países, pero aquí el diálogo auténtico brilla por su ausencia. En momentos especialmente señalados, como los debates sobre el estado de la Nación, gobierno y oposición invocan de modo rutinario la necesidad de ese pacto de Estado, que a continuación se sumerge en el olvido hasta una próxima ocasión. Pero ni siquiera un acuerdo entre todos los partidos garantizará lo mejor para nuestros escolares, como enseña el caso de Hamburgo. Mientras tanto, ¿dónde están los Walter Scheuerl capaces de movilizar a nuestra ciudadanía?

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