La primera novia, llamémosla Belén, según las estadísticas surge a los 13 años aunque oficialmente se anuncia a los 15 (Ver cifras del observatorio familiar*) .
Son momentos maravillosos, en los que la vida se ve de otra manera y el corazón palpita como nunca.
En la cabeza y en el ser entero sólo existe una imagen, una gloriosa obsesión… la persona amada.
A partir de ese momento cada viernes, cada fin de semana son para Belén.
Como lo que importa es el feeling, si uno no puede quedar, siempre tiene el mundo virtual: la imaginación es lo último: antes está el Tuenti, el Messenger –genial con la web-cam!-, sms y, cómo no el teléfono; uno lo hace bastante a escondidas por que si le cortan esa comunicación es como cortarle las venas, un lujazo imperdonable…
Cada finde se le va la paga en invitar a Belén a una hamburguesa o un Kebab. Ella habla, y saca lo mejor de él.
De hecho él nunca había quedado a solas con nadie y mucho menos para hablar. Pero con Belén son horas y horas. Al final la que habla es ella.
Uno acaba sintiendo con ella, tratando de entender su mundo.
En muchos esta relación se acaba a los pocos meses. Pero hay un porcentaje de novios que dura desde los 13 a los 18 años (42%).
Qué podría haber sido de aquellos chicos si en ese espacio de cinco años no hubieran sido secuestrados tan jóvenes, perdiéndose un mundo entero de formación de su juventud, de las aportaciones valiosísimas de los amigos durante actividades comunes, como aventuras, conciertos, creación y resolución de problemas; descubrimiento del mundo de los adultos y primeras incursiones… hubieran explorado juntos un mundo que nos pertenece en vez de permanecer ensimismados durante horas contemplando como la belleza se desarrolla, cómo el capullo se convierte en rosa.
Pienso en lo importante que es razonar con los jóvenes de hoy la necesidad de aprender idiomas, ser chico entre chicos o chica entre chicas; conocerse sin sentirse admirado (aunque también las amigas/os te valoran) para saber cómo actuaremos el día en el que el mundo que creemos controlar, sin previo aviso, estalle en nuestras manos.

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