“EN EL DEBATE SOBRE EL MATRIMONIO HAY QUE GANAR LA BATALLA DE LAS IDEAS”

Carolyn Moynihan
— Hemos dado por supuesto que el matrimonio es la mejor protección para los niños, pero ¿hay pruebas científicas de ello?
— En los últimos treinta años se han hecho sobre esta materia miles de estudios de distintas especialidades: psicología, sociología, economía y medicina. En prácticamente todos los aspectos que las ciencias sociales pueden medir, están mejor, por término medio, los niños de padres casados que permanecen juntos, siempre que el matrimonio no sea conflictivo o violento. En cambio, todas las patologías sociales importantes que pueden sufrir los niños se dan con mayor frecuencia en los hijos de padres no casados.
Cuando los matrimonios fallan, normalmente también se debilitan los lazos entre padres e hijos. Es común que los hijos de divorciados, de mayores, no mantengan relaciones estrechas y cordiales con sus padres: así ocurre en el 65% de los casos, frente al 29% de hijos de matrimonios intactos.

— ¿Qué tiene el matrimonio que protege a los niños: es el reconocimiento legal y social, como alegan los defensores del matrimonio “gay”, o es algo más?
— El matrimonio, en cuanto institución jurídica y social, protege a los niños de dos modos. Primero, hace más probable que el niño sea concebido en un hogar donde está presente un padre comprometido. Segundo, aumenta las posibilidades de que los padres del niño sigan juntos.
Me explico. Para jóvenes atraídos por el sexo opuesto, evitar un embarazo fuera del matrimonio, no digamos ser continentes, exige esfuerzo. Ellos necesitan una motivación fuerte, y parte de esta motivación viene de la institución del matrimonio, que señala las condiciones ideales para tener hijos. El matrimonio, además, dirige las energías sociales de las familias y la comunidad a apoyar a la joven pareja en esta lucha.
Así, el planteamiento a largo plazo propio del matrimonio crea lo que en ciencias sociales se llama “efectos de selección”. Una cultura del matrimonio hace plantearse a los jóvenes con qué tipo de persona quieren tener hijos. Y las cualidades de una buena madre o un buen padre (serio, responsable, comprometido) son también las cualidades propias de un cónyuge duradero, alguien con quien uno querrá compartir su vida. A esto se añade que el matrimonio recibe más apoyo de la sociedad y que sólo se puede disolver mediante proceso judicial, lo que aumenta más aún la probabilidad de que proporcione a los hijos un hogar estable.

El género importa

— ¿No es el ideal de familia basado en estereotipos sexuales algo que las sociedades avanzadas han dejado atrás? ¿Por qué insiste usted en que “el género importa” en la educación de los hijos?
— Es evidente que el hombre y la mujer no son iguales en el modo de cumplir la misión parental, y las diferencias se acentúan hasta el punto de que cada uno se especializa en los aspectos de la educación a los que se siente más inclinado. Pero los padres no son meros cuidadores que hacen tareas específicas. Aquí tenemos que tomar nota de recientes investigaciones que confirman la relevancia del género y los indicios de que es algo que llevamos incorporado aun desde antes de nacer. Cuando el niño que empieza a desarrollarse procura entender su cuerpo, tanto el progenitor del mismo sexo que él como el otro desempeñan un papel vital.
Por ejemplo, al experimentar el amor fiel de su padre, un chico tiene una profunda experiencia personal de masculinidad no egoísta, sino orientada al amor y al bien de la mujer y los niños. Sin esa experiencia, será más probable que el muchacho se vuelva agresivo y violento. De modo análogo, una chica criada sin padre llega a la adolescencia sin conocer cómo es el amor varonil cuando es realmente protector, no movido primordialmente por el impulso sexual. Cuando busque el amor masculino será vulnerable al uso y al abuso por parte de hombres jóvenes. Luego el género de los padres es muy importante para el bienestar de los hijos.
Como también, por cierto, lo son nuestros genes. Por ejemplo, la psicología muestra que los hombres, en particular, suelen ser afectados por la presencia o la ausencia de una relación biológica con un niño, como confirman los datos sobre malos tratos a niños.

— Pero los defensores del matrimonio y la adopción para parejas homosexuales citan estudios según los cuales los niños criados por una pareja homosexual se desarrollan igual de bien, o mejor que los criados por parejas heterosexuales. ¿Acaso esos estudios no son tan buenos como los que usted aduce?
— Es cierto que hay un conjunto de estudios que contradicen la opinión común de que lo mejor para los niños es la familia formada por sus dos padres unidos en matrimonio. Pero las revisiones de la literatura científica sobre orientación sexual y educación de los hijos muestran que esos estudios adolecen de deficiencias de diseño y de método. Una revisión completa halló que ninguno tenía una muestra representativa de parejas homosexuales, las conclusiones sobre los niños se limitaban, por lo general, a medir cosas como la identidad sexual o la autoestima, y apenas había estudios a largo plazo, cosa que no sorprende.
La mayor parte de los estudios sobre niños criados por parejas homosexuales comparan niños de parejas lesbianas con niños a cargo de la madre sola, por lo que no pueden aportar luces sobre la estructura de la familia como tal. Pero incluso en esos estudios se ve que la ausencia del padre está correlacionada con peores índices de bienestar en los hijos.

— Usted ha dedicado enormes esfuerzos al debate sobre el matrimonio. ¿Este debate se ganará por la fuerza de los argumentos, o es más importante la movilización de gente corriente que vemos en el movimiento a favor del matrimonio, del que usted forma parte?
— A la postre, los debates los ganan los intelectuales, los artistas y los santos: personas que persuaden con la razón, personas que despiertan sentimientos y personas que por su comportamiento nos mueven a imitarlos y adoptar sus ideas.
Todas las ideas sobre el matrimonio que dábamos por supuestas hasta hace poco no son “naturales”. Son producto de varios milenios de cultura, con polemistas que vencieron en disputas con el paganismo romano, artistas que han contado historias sobre lo que es y exige el amor verdadero, y personas cuya santidad inspira confianza moral.
Las pruebas científicas son una parte, pero nada más. Las guerras culturales no se pueden ganar con movilizaciones. Así se pueden ganar batallas políticas, que son importantes. Pero, contestando a su pregunta, si tuviera que elegir, yo diría que las ideas son lo más decisivo para ganar el debate en torno al matrimonio.

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