“AHORA LOS NIÑOS ESTÁN EN UN SISTEMA EDUCATIVO QUE NO PRIMA EL ESFUERZO”

Alfredo Urdaci
Alfredo Urdaci no tiene duda de que la familia, en general, es el marco natural de la educación de la personalidad. La legislación que equipara otras uniones a la familia le parece un experimento absurdo, y el que no haya habido debate al respecto sólo se explica por los complejos de parte de los políticos, que no representan lo que sus votantes esperan de ellos.

¿Qué representa la familia para usted?

En mi experiencia concreta, la familia es fundamental. Yo soy hijo de una familia muy humilde, muy normal. Mi padre fue obrero toda la vida, eran gente venida del mundo rural a Pamplona, por tanto gente con una educación muy firme y con un espíritu familiar muy hondo. He visto a mis padres sacrificándose por sacar adelante a su familia. Es casi un tópico, pero es la experiencia normal de todas las familias.

Para mí, la familia no es solamente el ámbito de la educación y el lugar donde los hijos encuentran la seguridad para crecer y para desarrollarse, sino el ámbito de la integración social, de la transmisión de valores. Soy de los que piensan que la educación no es sólo potestad, sino responsabilidad de las familias, que es algo que nunca se debe delegar. En la escuela, a los niños y jóvenes se les da instrucción, pero el ámbito de la educación es familiar.

¿Se delega la responsabilidad en otras instancias?

Yo no creo que se pueda decir: le dejo a mi hijo los lunes, lo recojo los viernes, para que lo instruya en las cuatro grandes reglas, en la geografía, etc…, y además me lo eduque. Yo no creo en eso. Cuando las familias no educan hay un gran fracaso, y ves la generación de los chicos pequeños de ahora, que está en manos de un sistema educativo que no prima el esfuerzo y la capacidad de superación.

A título de anécdota lo comentaba con mi mujer, cuando fuimos a recoger a una hija nuestra que va a comenzar la ESO: el discurso del director fue completamente melífluo. Echamos de menos que se dijera a los chavales que tienen que enfrentarse a lo que les espera. Incluso el certificado de las notas nos produjo cierta indignación, porque todo era “progresa adecuadamente”. Ninguna referencia a materias en las que esté más retrasada u otras en las que sea más brillante. Uno de los grandes errores de los últimos años ha sido minar la autoridad de los educadores, y con esas notas no sabes qué hijos tienes.

Otro ejemplo de cómo es fundamental la continuidad generacional de la familia es el de los abuelos. Buena parte del PIB se debe adjudicar a gente que está jubilada y está haciendo una gran labor, no sólo ayudando económicamente, sino en la educación.

¿Qué opinión tiene sobre la legislación que equipara otras fórmulas de convivencia con la familia?

Yo creo que en este país ha entrado en una dinámica de experimentos, como si estuviéramos intentando ver la validez o la eficacia de fórmulas que en otros países de Europa incluso sectores progresistas han abandonado completamente: no son reivindicaciones de la izquierda europea. En Francia, el ex primer ministro socialista Lionel Jospin escribió un artículo en el que decía que la familia desde su perspectiva socialista le parecía una institución fundamental, con la que no se podía jugar y a la que no se podía tocar.

Una cosa es legislar una relación contractual para parejas del mismo sexo, y otra cosa es darle el mismo tratamiento que a la familia, cuando antropológicamente son cosas totalmente diferentes. En otros países se han dado cuenta de que el valor de la familia es fundamental, socialmente, moralmente económicamente. Los países que tienen un sustrato familiar fuerte son países socialmente más protegidos que los que no lo tienen.

¿Qué diferencias ve en el comportamiento de la generación de sus padres y la de los padres actuales?

La medida del tiempo: que no sobrevaloraban el presente, el placer inmediato. Era gente que valoraba el tiempo de otra manera. Si quieres que las cosas te salgan bien, decían, y es algo que yo trato de seguir transmitiendo a mis hijos, te tienes que esforzar, tienes que trabajar, no hay atajos en los que además necesitas hacer alguna trampa, alguna componenda. Era gente muy austera, muy sacrificada, que iba al cine como mucho una vez al mes, pero cuya meta era familiar, sacar adelante a sus hijos.

Pensaban más en sus hijos que en ellos…

Así es. Trataban de procurar que sus hijos tuvieran una vida mejor que la suya. Más capacidad de libertad, de poder elegir en la vida lo que quieres hacer. Era una generación más frustrada. Lo que nosotros hemos estudiado en la primaria o la secundaria, tuvieron que aprenderlo con más de cuarenta años, cuando los hijos ya empezaban a marchar de casa. Era gente que tenía las ideas muy claras. Una vez le oí a Balduino de Bélgica que el matrimonio no son dos que se miran mutuamente, sino dos que miran en la misma dirección. Un compromiso como el del matrimonio no es un tiesto, es un árbol, que tarda en echar ramas y en dar frutos. Por eso se valoraba el tiempo de otra manera: no se piensa en el mañana, sino en el pasado mañana, o en dentro de cinco años. Y para eso necesitas esa moral que te hace llevar una vida sencilla, austera, y trabajar. No había otra moral, porque lo veías en casa, que si se conseguían cosas era a base de esfuerzo y sacrifício. No había otro camino. A ellos no se les regaló nada.

¿Cómo es posible que los españoles compaginen valorar mucho la familia y ser partidarios de esos experimentos de que hablaba?

Hay quizá un sentimiento de piedad y compasión, pero creo que es un debate falso. Como todo el mundo, tengo algún amigo que es homosexual, pero que no quiere casarse, nunca lo ha querido, y tiene muy claro que la adopción es un derecho de los niños.

En parte no se debate correctamente por apatía, y porque nos han convencido de que este tipo de adornos ideológicos son un traje bonito, que reflejan tolerancia y talante moderno, y que si no lo aceptas eres un carca y un facha, que quieres impedir la felicidad de otras personas. La realidad es que no quiero impedir la felicidad de nadie. Hay que hacer un análisis antropológico, de cómo es la naturaleza humana, y de qué cosas permite esa naturaleza. Si soy cojo y pretendo obtener una marca en los 100 metros lisos como la de Ben Johnson, tendré graves dificultades. Pretenderlo me puede hacer infeliz o no, pero no quiero que nadie tenga piedad de que yo sea cojo. Y me parece ver esa ética del buenismo, del ¿por qué no?, al final todo vale, cada uno que haga lo que quiera. Es ese relativismo del que tanto hablaba Ratzinger, de una moral sin compromiso, sin problemas.

¿Cómo se explica que no haya políticos con resortes para defender una postura acorde con la naturaleza humana?

No creo que el tema no les interese. Creo que hay mucha gente que lo tiene claro. Quizá hay un sentimiento de culpa en la derecha porque piensan que pudieron buscar una regulación para este tipo de parejas cuando estuvieron en el Gobierno, a través de un contrato u otra fórmula distinta al matrimonio.

El hecho de que la derecha no haya dicho nada, me parece una muestra más de que en muchos temas, en los que estoy convencido de que una buena parte de la población los seguiría, tienen un complejo y una actitud muy pusilánime: no nos vamos a meter en esto porque nos va a causar más problemas que el rédito que podemos encontrar. Yo francamente no lo entiendo. Me parece que sería un debate sano y razonable, no es un tema donde se enfrente un mundo de derechas a uno de izquierdas. Hay gente de derecha o de izquierda en ambas posturas, como hay homosexuales con una postura coherente, que sabe que no puede fundar una familia con una persona del mismo sexo.

Querer modificar la naturaleza humana a través de un decreto me parece un disparate. No es una reivindicación de la izquierda, ni en Francia, ni en Italia, países ideológicamente semejantes al nuestro.

En el mundo del deporte, ¿se nota también la importancia de la familia?

En los deportistas que yo he tratado, puedo decir que se percibe esa influencia positiva de la familia: normalmente, cuando el representante de un deportista es un familiar, le ayuda a someterse a una disciplina y a una vida de sacrificio, en lugar de buscar el disfrute de lo inmediato.

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