¿Y SI LUEGO NOS QUITAN LO BAILADO?

Por Antonio Orozco-Delclós
Arvo.net, 2005
Actualización, septiembre 2009.

«Al atardecer se levantará para ti una especie de luz meridiana, y cuando creyeres que estás acabado, te levantarás cual estrella matinal. Estarás lleno de confianza por la esperanza que te aguarda» (Job 11, 17-18)

«El primero de todos los bienes es no nacer y el segundo morir enseguida», escribió el viejo Sileno; la cosmovisión tan antigua como coherente del materialismo de siempre. «Comamos y bebamos, que mañana moriremos», es frecuente oír desde hace más de veinte siglos. Lo único que vale es la juventud biológica, la vida pletórica de sensaciones fuertes. La limitación, la debilidad, la decrepitud, permiten a muchos decir o pensar como Sartre: «el hombre es una pasión inútil». Por eso, carpe diem!, claman en el Club de los Poetas Muertos: ¡aférrate al instante que huye, chúpale todo el placer que puedas! y que después te quiten lo bailado.

La evasión de este modo es muy apetitosa cuando se carece de mayores ideales. Después ¡que nos quiten lo bailado!. Pero ¿y si resulta que después te quitan lo bailado? Porque es lo cierto que de un modo u otro, después, realmente te lo quitan, el baile se acaba y a ver qué haces entonces con las cervicales machacadas, el cáncer de páncreas – que todo puede ser- , el SIDA o cualquier otra de las innumerables cosas que conducen a la tumba.

Algunos piensan poseer una solución fácil: “el vivo al bollo y el muerto ¡al hoyo!”. Lo malo es que tampoco te mueres, aunque quieras. Porque el cuerpo mortal está unido entrañablemente a un alma inmortal. Y, así, muerto de cuerpo y vivo de alma, ¿qué?

Corren unos tiempos en que la dignidad de la persona es por fortuna un valor emergente, pero a la vez – paradójico, sí – , se desprecian olímpicamente uno, dos o tres sectores de la humanidad, tanto en las sociedades civilizadas como en las más primitivas. La diferencia está en el modo, en el sector, no en el qué. Ahí tenemos hoy el aborto voluntario extremadamente fiel a la filosofía de Sileno. La droga, el sexo duro, el alcohol, la eutanasia, victoria de la sartreana pasión inútil. Son manifestaciones de lo mismo: ignorancia crasa acerca de la categoría esencial de la persona, del valor de cada uno de los momentos y fases de la vida personal.

En La cabeza del dragón, de Valle Inclán, uno de los personajes, llamado El Bufón, dice a otro quejoso de que, en aquel lugar maldito, en breve no quedarán más que los viejos y los inútiles: «¡Los viejos, los inútiles! – es la respuesta – ¿Qué locuras estás diciendo? En otro tiempo los hubo; pero ahora se ha dado una ley para que los automóviles los aplasten en las carreteras. ¿De qué sirve un viejo de cien años? ¿De qué sirve una vieja gorda? ¿Y los tullidos que se arrastran como tortugas? Ha sido una ley muy sabia, que mereció el aplauso de toda la Corte. Así se hacen fuertes las razas. Tú es posible que no la halles bien, porque eres un sentimental. Lo he conocido desde el primer momento, en cuanto me convidaste a cenar. ¡Eres un sentimental!».

Cuando se editaron estas palabras seguramente despertaron indignación y escepticismo:¡nunca llegarán a ser verdad!. Pero hoy no resultan tan hiperbólicas como entonces. Por eso, una vez más hemos de agradecer a la antropología cristiana, la defensa incondicional de toda vida humana, desde su comienzo en el momento de la concepción, hasta el último instante de la vida temporal. ¿Recuerdan Papa Juan Pablo II, aquel venerable Anciano de este siglo, el augusto y amadísimo «Decrépito» del Vaticano, ejemplo vivo de amor a la vida temporal y más aún a la eterna, que a pesar de su figura cada día más encorvada. Se fue de este mundo con las botas puestas, con el alma más erguida del planeta, a gozar del sitio que la Trinidad le tenía preparado en el Cielo, donde todo se renueva y la juventud es plena. Con su desvergüenza ante las cámaras, más que con palabras, con su imagen, clamaba: ser viejo, estar enfermo, tener parkinson, etc., no es una tragedia; lo que estáis viendo en los medios- tantas veces sesgados – no es un espectáculo deprimente, no es una crueldad de los que me rodean, no es un soberbio afán de protagonismo por mi parte: es el testimonio de la utilidad de los ancianos, de la superioridad del espíritu sobre la materia, del gozo de dar la vida hasta el último aliento en el cumplimiento de la misión divina que he recibido del Espíritu Santo… Es el testimonio de lo permanente en medio de la velocidad, de la exaltación de lo efímero, de lo que te quitan después de haberlo bailado. El tesoro que en la Iglesia y en el mundo está acumuló Juan Pablo II, no le será quitado, nadie podrá arrebatarlo

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