¿POR QUÉ LA FAMILIA?

Tomás Melendo Granados
PARA QUERER MÁS… SER MEJOR
Hace algunos meses impartí una conferencia a un grupo de empresarios bastante selecto, bastante internacional… y bastante atípico. Tan atípico como para pedirme, justo como empresarios, que les hablara del amor conyugal.
Al terminar la exposición, un mexicano inició algo a caballo entre una pregunta y una reflexión pública:
«Si no he entendido mal, la calidad del amor entre los esposos no se juega sólo dentro del matrimonio. Quien quiera amar de veras tiene que esforzarse por mejorar en toda su vida».
Un sexto sentido me llevó a permanecer en silencio. Y, en efecto, prosiguió:
«Sólo si voy siendo mejor persona podré querer más a mi mujer, pues tendré mucho más que darle cada vez que me entregue a ella».
Resistí de nuevo la tentación de intervenir… y añadió:
«Presiento, además, que si no encamino ese perfeccionarme a la entrega, en el fondo lo estoy despilfarrando. Y me parece que eso constituye un deber: cuanto mejor voy siendo, más obligado estoy a darme a mi mujer y a mis hijos».
El silencio se tornó más denso, acaso porque ni por él mismo ni por los que le estaban oyendo -todos volcados en cuerpo y alma en los negocios-, se atrevía a sacar la conclusión inevitable. Pero lo hizo:
«Lo cual quiere decir que mi verdadera y más radical realización no la encuentro en la empresa, sino en mi familia».

UNA INVERSIÓN DEFINITIVA
Audaz, además de agudo. Sabía lo que se estaba jugando y sabía de lo que hablaba de la necesidad de instaurar una modificación profunda en el modo de entender y vivir las relaciones entre familia y persona.
Durante bastante tiempo, aunque no de manera exclusiva, la necesidad de la familia se ha explicado enfatizando la múltiple y clara precariedad del hombre. Por ejemplo, respecto a la mera supervivencia venía a decirse que, mientras la dotación instintiva permite a los animales manejarse desde muy pronto por sí mismos, el niño abandonado a sus propios recursos perecería inevitablemente. O se aducían razones psicológicas, como la ineludible conveniencia de superar la soledad, de distribuir el trabajo o los ámbitos del saber para lograr una mayor eficacia…
Siendo todo esto cierto, no alcanza el núcleo de la cuestión. Si desde antiguo se considera la persona como lo más perfecto que existe en la naturaleza; si hoy es difícil hablar del ser humano sin subrayar su dignidad y su grandeza… ¿no resulta extraño que los animales no necesiten familia, mientras que al hombre le sea imprescindible sólo o principalmente en función de su «inferioridad» respecto a ellos?
El cambio radical que pretendo subrayar con estas líneas es que toda persona requiere de la familia justamente en virtud de su eminencia o valía: de lo que en términos metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser.
Por eso la persona está llamada a darse; por eso puede definirse como principio -y término- de amor… siendo la entrega el acto en que ese amor culmina.
Las plantas y los animales, por su misma escasez de realidad, actúan de forma casi exclusiva para asegurarse la propia pervivencia y la de su especie. Porque gozan de poco ser, tienen que dirigir toda su actividad a conservarlo y protegerlo: se cierran en sí mismos o en su especie en cuanto suya.
A la persona, por el contrario, justo por la nobleza que su condición implica, «le sobra ser». De ahí que su operación más propia, precisamente en cuanto persona, consista en darse, en amar. Y de ahí que sólo cuando ama en serio y se entrega sin tasa -«la medida del amor es amar sin medida»- alcanza la felicidad.

LA PERSONA COMO REGALO
En esto tenía razón mi contertulio mexicano. Y también al unir esa exigencia de entrega con la familia. Porque para que alguien pueda darse es menester otra realidad capaz y dispuesta a recibirlo o, mejor, a aceptarlo libremente. Y «eso» sólo puede ser otro alguien, otra persona.
A menudo explico que, a pesar de la conciencia que solemos tener de la propia pequeñez, es tanta la grandeza de nuestra condición de personas que nada resulta digno de sernos regalado… excepto otra persona. Cualquier otra realidad, incluso el trabajo o la obra de arte más excelsa, se demuestra escasa para acoger la sublimidad ligada a la condición personal: ni puede ser «vehículo» de mi persona, ni está a la altura de aquella a la que pretendo entregarme.
De ahí que, con total independencia de su valor material, el regalo sólo cumple su función en la medida en que yo me comprometo -me «integro»- en él. «Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió magistralmente Salinas.
Pero decía que, además de ser capaz, la otra persona tiene que estar dispuesta a acogerme de manera incondicional: de lo contrario, mi entrega quedaría en mera ilusión, en una especie de aborto. Si nadie me acepta, por más que me empeñe, resulta imposible entregarme.

EL PORQUÉ DE LA FAMILIA
Pues bien, el ámbito natural donde se acoge al ser humano sin reservas, por el mero hecho de ser persona, es justo la familia. En cualquier otra institución -en una empresa, pongo por caso- resulta legítimo que se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin que al rechazarme por carecer de ellas se lesione en modo alguno mi dignidad.
Por el contrario, una familia genuina acepta a cada uno de sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona, y además… su condición de persona. Y basta. Y, al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas.
Por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que «nos obliga» a entregarnos… o quedar frustrados.
Estimo que al adoptar esta nueva perspectiva se advierten multitud de cuestiones que de otro modo permanecerían en penumbras. Por ejemplo, en el ámbito doméstico, se explica que la familia no sea una institución «inventada» para los débiles y desvalidos (niños, enfermos, ancianos…); sino que, al contrario, cuanto más perfección alcanza un ser humano, cuanto más maduro es el padre o la madre, más precisa de su familia, justamente para crecer como persona, dándose y siendo aceptado: amando… con la guardia baja, sin necesidad de «demostrar» nada para ser querido.

UNA BUENA TEORÍA… PARA UNA VIDA BUENA
Por otra parte, esta forma de comprender a la persona repercute en el modo de legislar, en la política, en el trabajo… Sólo si se tiene en cuenta la grandeza impresionante del ser humano podrán establecerse las condiciones para que se desarrolle adecuadamente… y sea feliz.
A menudo se oye que el problema del hombre de hoy es el orgullo de querer ser como Dios. No lo niego. Pero estimo que es más honda la afirmación opuesta: el gran handicap del hombre contemporáneo es la falta de conciencia de su propia valía, que le lleva a tratarse y tratar a los otros de un modo absurdamente infrahumano.
Schelling afirmaba que «el hombre se torna más grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza». Y añadía: «Proveed al hombre de la conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá enseguida a ser lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto práctico será una consecuencia inmediata».

«MINI-PERSONAS»… QUE NI CONOCEN NI AMAN
Ahora bien, el modelo que rige buena parte de las Constituciones de los países «desarrollados» de nuestro entorno resulta a menudo una suerte de \»mini-hombre\», de persona reducida, casi contrahecha. Quiero decir que, con más frecuencia de la deseada, al hombre de hoy se le niegan justo las características que definen la grandeza de su humanidad: la capacidad de conocer y la de amar.
Por ejemplo, apenas se concibe que el hombre actual pueda amar a fondo, con un compromiso de por vida, jugándose a cara o cruz, a una sola carta, como Marañón expusiera, el porvenir del propio corazón: de ahí el avance de la admisión legal del divorcio, que impide casarse de por vida; o que no se admita que la persona sea capaz de dar sentido al dolor, no por masoquismo, sino porque el sufrimiento es parte integrante de la vida del hombre, y, cuando se rechaza visceral y obsesivamente, junto con él se suprime la propia vida humana, cuyo núcleo más noble lo constituye la capacidad de amar… En el estado actual, el sufrimiento es parte ineludible del amor: negado a ultranza el «derecho» a padecer, se invalida simultáneamente la posibilidad de amar de veras.

CONCLUSIÓN
Lo que acabo de apuntar refuerza tres de mis convicciones:
a) La primera, una fe absoluta en el ser humano, en su capacidad de rectificar el rumbo y superarse a sí mismo.
b) En segundo término, que el hombre actual necesita advertir su propia excelsitud y actuar de acuerdo con ella.
c) Por último, que el «lugar natural» para aprenderlo, el único verdaderamente imprescindible y suficiente, es la familia. No sólo el niño, sino el adolescente que aparenta negarlo, el joven ante el que se abre un abanico de posibilidades deslumbrante, el adulto en plenitud de facultades, el anciano que parece declinar…, todos ellos se forjan y rehacen, día tras día, en el seno del propio hogar.
Y, así templados y reconstituidos, son capaces de darle la vuelta al mundo, de humanizarlo. Por eso, la familia.

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