¿POR QUÉ ESPERAR HASTA EL MATRIMONIO?

“La castidad antes del matrimonio es una cuestión de integridad. Para mí, el verdadero sentido del acto sexual consiste en ser el supremo don de amor que pueden darse mutuamente un hombre y una mujer. Cuanto más a la ligera entregue uno su propio cuerpo, tanto menos valor tendrá el sexo”.

Luis Olivera
Periodista

Quien esto escribía es Angela Ellis-Jones, conocida abogaba británica de 35 años. Si lo audaz es ir contra corriente, en un artículo publicado en el diario londinenses “Daily Telegraph”, esta profesional liberal del Derecho afirma que “no soy creyente” y que “desde mi adolescencia sabía que había de guardarme para el matrimonio”.

Ellis-Jones considera que “la única libertad sexual que yo he deseado siempre es la de estar felizmente casada”. Eso no ha sido óbice, ni obstáculo ni cortapisa para que –mientras tanto—haya dirigido una asociación universitaria, intervenido muchas veces en programas de televisión, y se haya presentado varias veces como candidata a sentarse en el Parlamento inglés. Y no hace mucho intervino en un debate sobre la pena de muerte en Cambridge.

Y es que el acto sexual implica el cuerpo, la mente y el espíritu: el ‘todo’ de cada uno’. Como dice el psiquiatra Enrique Rojas, “la relación sexual es un acto íntimo de persona a persona”, nunca de cuerpo a cuerpo, por el que el hombre se convierte en don de sí mismo. Además, la escuela del aprender a entregarse en el matrimonio no conoce excepción ni término, dura toda la vida. “La idea moderna –señala Ellis— de que no es más que algo físico –como ‘beberse un vaso de agua’–, según dijo una feminista revolucionaria rusa—es totalmente falsa”. La sexualidad no es algo puramente biológico, un placer ligado al cuerpo, sino que mira a lo más íntimo de cada persona como totalidad. Por eso debe ser situado junto, al lado y envuelta por amor. Esta abogada ha visto cuán doloroso puede ser para una mujer romper con un hombre después de mantener este tipo de relación de un modo trivial. Y por eso piensa que, con su actitud, por lo menos ya se ha ahorrado varios traumas y mini-divorcios. Aunque siga soltera, sin considerarse ninguna ‘solterona’.

Además, Enrique Rojas añade otra consecuencia al hecho de envilecer esa relación: “La sexualidad desconectada del amor y de los sentimientos conduce a lo neurótico”. Porque falsifica su verdadero sentido y, hablando de supuesta ‘liberación’, conduce a una de las peores esclavitudes que se pueden padecer: el contacto sexual preindidividual y anónimo. Solamente cuando el ‘yo’ va allende sus propios confines, madura su condición humana; de lo contrario, se agota. Por eso los hijos son para los adultos una oportunidad de encontrarse plenamente a sí mismos.

De lo contrario se cae en una cosificación degradante del sexo que, a la vez que lo desmitifica, lo convierte en una especie de ‘religión’. Por ese camino se presenta a los adolescentes “hacer el amor” donde y como sea, como un derecho elemental; como la satisfacción normal de una necesidad natural, una experiencia que no compromete a nadie. Así, se reduce al otro a “objeto para sí mismo”, a algo de usar y tirar, manipulable a voluntad. Como si algo tan profundo e íntimo se pudiera ‘hacer’, como quien fabrica un ladrillo. El propio filósofo francésGabriel Marcel escribió que la paternidad es “una entrega de sí mismo, que puede compararse a un donarse”.

Pero los sociólogos –dice la escritora G. Blaquière—empiezan a percibir “que los supuestos liberados sexuales acaban engendrando reprimidos espirituales (..). Cuando se disocia el placer del amor, se puede llegar incluso a justificar la prostitución; a admitir que hay mujeres para el placer y mujeres para casarse y tener hijos”. Y esto no ocurre sólo en los vodeviles del siglo pasado. En el propio matrimonio actual, el uso considerado normal de anticonceptivos obedece a esa misma separación, que prostituye el amor; que asegura un placer sin sorpresas ni riesgos, haciendo del otro el “objeto” siempre disponible para el disfrute. “El matrimonio es una profesión” (Paul Jonson), en la que “hay que pedalear cada día”, como dice un amigo mío; el amor sólo es un sentimiento y, como todos ellos, es voluble y pasajero.

Si ese otro deja de ser considerado como persona y pasa a ser una cosa, un objeto de consumo más, casi desechable, se llega a su caso más extremo. Por ese camino, la desacralización de la sexualidad, bajo el pretexto de liberarse de tabúes, lleva –según Blaquière—“a la muerte”. Y es que, como decía una artículo de prensa, “un amor condicionado es un amor putrefacto”.

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