¿Familia o familias?

La sociología contemporánea ofrece elementos para poder comprender el papel que desempeña la familia natural al interior de la funcionalidad social de las naciones. Aún cuando la familia basada en el matrimonio monogámico y heterosexual no es un fenómeno universal sino general se ofrece en la gran mayoría de los pueblos como referencia empírica y ética significativa y aún al interior de los denominados «nuevos modelos de familia» en los que los códigos simbólicos utilizados en la interacción entre personas tienden continuamente a reconducirse al código varón/mujer el cual opera como un marco de referencia o main frame ineludible. Las funciones que la familia natural realiza son insustituibles no sólo desde un punto de vista ético sino precisamente desde un punto de vista puramente funcional para que las sociedades del presente y del futuro puedan permanecer, fortalecerse y sobrevivir. Por ello, las políticas públicas responsables no pueden diseñarse sino con una nueva perspectiva transversal que refleje el compromiso real por la manera como las personas nos vinculamos y operamos en sociedad: una perspectiva de familia.

Por Rodrigo Guerra López

Doctor en Filosofía por la Internationale Akademie für Philosophie im Fürstentum Liechtenstein;Catedrático de Metafísica y Filosofía del Derecho en la Universidad Panamericana (Ciudad de México); E-mail: guerrar@infosel.net.mx

Conferencia Internacional de Doha por la Familia.
Organización de las Naciones Unidas.
Doha, Qatar.
29 y 30 de noviembre de 2004.

Introducción

Pensar la realidad de la familia no es un asunto sencillo. La familia es un tipo de fenómeno social en el que convergen tal cantidad de elementos procedentes tanto de la subjetividad de sus miembros como de los factores que integran el entorno que siempre ha resultado difícil para ciencias como la sociología, la psicología, la economía, la política o la filosofía aproximarse a ella sin violentar su naturaleza profunda.

En efecto, la familia ha sido objeto de estudio de saberes muy diversos. Sin embargo, en la mayor parte de las ocasiones se ha acostumbrado investigarla desde realidades o puntos de vista ajenos a ella misma. Así, por ejemplo, Gary Becker tratará recientemente de explicar a la familia desde el punto de vista de los condicionamientos económicos que la rodean y determinan (1). Otros autores en el pasado sostuvieron que la familia no era mas que un momento transitorio en la dinámica antropológico cultural que devenía hacia formas de organización social en las que ella ya no sería necesaria (2). Así mismo, han abundado las aproximaciones psicológicas y estatales en las que se estudia a la familia desde el punto de vista de las vivencias, los sentimientos y el imaginario de los sujetos implicados en ella (3).

A continuación nosotros tratamos de ofrecer algunas consideraciones de tipo sociológico y filosófico que permitan abrir una discusión fructífera sobre la familia y sobre los denominados «nuevos modelos de familia». Las disciplinas que ponemos en diálogo a continuación ofrecen dos perspectivas diversas pero complementarias: por una parte la sociología nos permite contar con un saber descriptivo de base empírica que se concentra en cómo se «hace familia» y cómo «funciona la familia» dentro de la vida social. Esto quiere decir que la sociología más que preguntarse por la esencia de la familia indaga qué papeles desempeña esta institución en la dinámica social (4). Por otra parte, nuestras breves reflexiones filosóficas si bien también cuentan con una base empírica – al menos en la tradición del realismo clásico y fenomenológico (5) – su preocupación se concentra en advertir el significado sobre la familia a través de procedimientos que exceden la descripción y buscan la comprensión y la interpretación más radical y última. Ambas ciencias consideramos pueden ayudarnos en esta ocasión a revalorar a la familia natural como referente empírico y ético significativo en el contexto que ofrece el mundo actual.

1. «Nuevos modelos de familia»

Es evidente que hablar de «familias» en plural es perfectamente legítimo cuando nos referimos a la multitud de comunidades familiares de las que cada uno de nosotros es procedente o cuando hablamos de las diversas modalidades familiares que han existido en la historia de la humanidad (6). Sería ridículo negar que existen diversos tipos de familia dependiendo de los seres humanos individuales que confluyen en ella o en relación a la comprensión que en determinadas sociedades ha existido de fenómenos cómo el vínculo conyugal o la relación padre-hijo.

Sin embargo, cuando en la actualidad se habla de «familias» en plural o de «nuevos modelos familiares» no siempre se desea sostener simplemente que existan modalidades múltiples de organización familiar sino que aún los elementos más constitutivos de la familia como familia habrían de ceder ante el surgimiento de comunidades más o menos estables de vida entre personas que desearían ser reconocidos social y hasta jurídicamente como «familias» y que presentarían un nuevo perfil en materia de justificación y de funcionalidad social.

Dentro de los nuevos modelos de familia suelen mencionarse, por ejemplo:

• La «unión libre» entre varón y mujer sin la mediación del matrimonio.
• La «unión libre» entre miembros del mismo sexo.
• Uniones de personas del mismo sexo reconocidas jurídicamente como «matrimonios».
• Familia con un solo padre o una sola madre.

En todos estos casos la posibilidad de adoptar algún hijo o traer uno propio a la vida a través de alguna técnica de inseminación artificial y/o de maternidad sustituta es real. Los hijos se persiguen como proyecto de vida en estos tipos de convivencia.

Tal y como se puede advertir estas nuevas modalidades de «familia» buscan afirmar que por tal se ha de entender cualquier conjunto de individuos que viven juntos en la vida cotidiana independientemente de las características y los fundamentos en los que se apoya su convivencia.

Este fenómeno nos impone entonces aclarar si ¿existe una dimensión esencial de la familia que se realiza en (muy) diversos modos particulares a lo largo de la historia? y si ¿la familia natural habría de morir ante el surgimiento de realidades «familiares» que no parten en su justificación y en su funcionalidad social de sus elementos constitutivos?

2. La familia como fenómeno generalizado (cuasi-universal)

Claude Lévi-Strauss a pesar de una cierta tendencia a interpretar la familia de una manera evolucionista ha podido sostener en sus investigaciones que la unión duradera de un varón, una mujer y sus hijos es un fenómeno universal, presente en cualquier tipo de sociedad (7). Otros investigadores en época reciente han llegado a esta misma conclusión (8).

Estrictamente hablando la familia natural no puede ser considerada un fenómeno universal sino más bien general ya que existen algunos pocos casos en la historia de la humanidad en los que alguna sociedad ha existido durante un breve periodo de tiempo sin concurso de la dinámica propiamente familiar (9). Ahora bien, el que este sea un fenómeno general no significa que la familia natural se presente como la única forma existente. Al contrario, lo que significa es que aún en las situaciones en las que existen modos incompletos o irregulares respecto de ella, la familia natural se mantiene como referencia empírica y ética significativa. Dicho de otro modo, la familia natural entendida al menos en este momento como comunidad de padres, hijos y otros miembros organizados en torno a la idea del matrimonio monogámico y heterosexual son un auténtico «imaginario general» que funge como arquetipo ideal y como criterio hermenéutico para los individuos como para los pueblos a lo largo de la historia de la humanidad.

Cuando la familia monoparental o la familia reconstruida tienen este parámetro si bien pueden experimentar problemáticas diversas, el ethos propiamente familiar aparece en diversos grados y matices.

Para valorar adecuadamente la importancia de la familia natural como referencia vale la pena consultar los estudios de G. P. Murdock quien tras comparar doscientas cincuenta sociedades diversas en diferentes épocas históricas muestra que la familia natural es el modo general en el que la sociedad realiza algunas funciones esenciales para su supervivencia. Más aún, estos estudios logran mostrar que existen funciones sociales que no pueden ser desempeñadas por otras instituciones distintas a la familia. Esto permite descubrir que la familia natural es un grupo primario que se constituye por la residencia común, la cooperación y la reproducción. No es posible que una sociedad produzca los bienes, códigos y símbolos que requiere para operar sin el concurso de la familia natural como referente empírico y ético significativo (10).

Ante este tipo de constataciones no faltan autores como L. Fruggeri que subrayan que la familia natural se ha deteriorado en su función de referente simbólico general (11). Luego de decir esto es fácil creer que la familia natural no ha sido más que un estadio que habrá de ser superado tarde o temprano. Esta idea realmente no es nueva y tiene antecedentes en el pensamiento de los eruditos libertinos quienes en el siglo XVI y XVII sostenían una posición irracionalista sobre la vida afectiva y auguraban que la familia natural al mutar en sus referentes éticos no tendría más motivos para mantener su cohesión dejando el paso a otras modalidades de convivencia. Para los eruditos libertinos el ser humano es un animal cuyas costumbres en general y cuyos hábitos sexuales en particular cambian de cuando en cuando. Así, la sexualidad será un instinto que asuma diversas posibilidades de realización conforme la convención social va transformándose gradualmente (12). Bajo esta visión, el matrimonio monogámico y heterosexual no es referente para la familia. La familia será reducida a cualquier forma de convivencia en la que se comparten sentimientos de familiaridad o en la que se problematiza conjuntamente el mundo (13).

Agudamente Rocco Buttiglione ha advertido que tanto la revolución moral libertina de hace 300 años como sus secuelas postmodernas en la actualidad corresponden con “modalidades de satisfacción del instinto de la fase adolescente de la vida” pero no afrontan:

Las más profundas exigencias sociales que conciernen a la reproducción de la especie, a la educación y a la inserción de los jóvenes en la realidad. Además, al considerar la sexualidad sólo al nivel del instinto, tiene dificultades para colocar los fenómenos emocionales que origina y que la acompañan y que son propios del hombre, especialmente el enamoramiento y, desde luego, el amor, como fundamento estable de la familia y, por tanto, de toda la vida asociada (14).

¿Qué quiere decir esto? Fundamentalmente quiere decir que la familia natural es un grupo primario para la vida social no sólo desde un punto de vista ético sino aún desde una perspectiva pragmática y funcional ya que la sociedad y la civilización son inviables si no cuentan con ella, con su dinamismo, con sus aportes (15).

3. La funcionalidad insustituible de la familia natural

La familia natural posee funciones de latencia con respecto a la sociedad más amplia como son el mantenimiento de pautas de conducta y el manejo de tensiones. Así mismo, existen funciones manifiestas que conforman el proceso de educación y socialización a través del cual las personas asimilan a su modo el ethos y la cosmovisión imperante en la sociedad y además desarrollan su personal relación con el mundo. A grandes rasgos podemos afirmar que las principales funciones de la familia natural son cinco (16):

EQUIDAD GENERACIONAL: la familia natural promueve la existencia de solidaridad diacrónica, es decir, corresponsabilidad intergeneracional (abuelos-padres-hijos, por ejemplo) que permite que los miembros de la familia al poseer diversas edades y papeles puedan recibir diversos cuidados, afectos y equilibrios entre actividad laboral, servicio e inactividad forzosa a través del tiempo. La equidad generacional se ejercita en el ámbito de lo privado, es decir, de lo propiamente intra-familiar y tiene una incidencia fortísima en el ámbito de lo público: piénsese, por ejemplo, en los ancianos que al dejar de trabajar pueden ser acogidos, sostenidos y queridos por los más jóvenes. La «equidad generacional» prepara educativamente a las personas para ser responsables no sólo de las generaciones que las anteceden sino también de las que vendrán. De esta manera podemos observar que el amplio tema de la cultura base para desarrollo sustentable aparece incoado en esta función familiar básica.

TRANSMISIÓN CULTURAL: la familia natural educa en la lengua, la higiene, las costumbres, las creencias, las formas de relación legitimadas socialmente y el trabajo. Sobre todo la familia natural emerge en su funcionalidad cuando educa a las personas en el modo de buscar el significado definitivo de la vida que evita el naufragio existencial al momento de afrontar situaciones-límite: muerte de un ser querido, desamor, enfermedad, injusticia laboral, etc. En el proceso de transmisión cultural los roles diferenciados del varón y la mujer contribuyen a construir una imagen complexiva de «lo humano». Las facultades cognoscitivas y la dinámica afectiva diferenciada del padre-varón y de la madre-mujer abren un horizonte educativo a los hijos que les permite introducirse a la totalidad de los factores de lo real. La necesidad de complementariedad y de reciprocidad heterosexual entre los padres puede ser redescubierta analizando los valores que preferencialmente son subrayados por la masculinidad y la feminidad en cada caso (17). En la actualidad no es posible dudar de la importancia que tiene el vínculo madre-hijo en la primera infancia y de la importancia de la figura del padre conforme este vínculo se transforma a lo largo del desarrollo psicológico del niño (18).

SOCIALIZACIÓN: la familia natural desempeña la función de proveer los conocimientos, habilidades, virtudes y relaciones que permiten que una persona viva la experiencia de pertenencia a un grupo social más amplio. La familia es una comunidad en una amplia red de comunidades con las que se interactúa cotidianamente. Las personas desarrollan su socialidad, o mejor aún, su comunionalidad extra-familiar gracias a que la familia de suyo socializa dentro de sí y hacia fuera de ella. Esto quiere decir que el que la familia natural sea mediación social supone que en su interior existen valores y dinámicas privadas imprescindibles para la vida en el espacio público. Así, de manera más bien existencial, las personas aprendemos los límites y alcances de lo público y lo privado. Más aún, así aprendemos su articulación constitutiva. Quienes luego en el discurso o en la acción política fracturan estos ámbitos considerándolos absolutamente heterogéneos, lastiman con ello la dinámica social propia de la familia en la que se transportan valores a la vida pública que de otro modo no podrían habitar en ella.

CONTROL SOCIAL: la familia natural introduce a las personas que la constituyen en el compromiso con las normas justas, con el cumplimiento de responsabilidades y obligaciones, con la búsqueda no sólo de bienes placenteros sino de bienes arduos que exigen esfuerzo, constancia, disciplina, sobre todo a través del papel del padre. Es esta introducción al compromiso la que eventualmente aporta el ingrediente cultural para que las conductas delictivas puedan ser prohibidas a través de la ley, y además, la que permite de hecho que una ley vigente goce de un cierto respaldo cualitativo al menos implícito por parte de la comunidad.

AFIRMACIÓN DE LA PERSONA POR SÍ MISMA: la familia funciona cuando ofrece una experiencia para todos sus integrantes de afirmación de la persona por sí misma, es decir, cuando el carácter suprautilitario de las personas – el valor que las personas poseen independientemente de su edad, salud, congruencia moral, capacidad económica, o filiación política – se salvaguarda y se promueve. Justamente esta función permite el descubrir existencialmente la importancia de la propia dignidad y de los derechos humanos que tienen su fundamento en ella (19). Esta función también permite descubrir el sentido personalista de la amistad, lo más necesario en la vida, según Aristóteles (20).

Las cinco funciones que la familia desempeña son condiciones de posibilidad de la vida social en general. El derrumbe histórico de las grandes civilizaciones acontece no sólo cuando existen poderes exógenos que desafían los poderes locales sino cuando la consistencia cualitativa, propiamente cultural de la sociedad, que habita en la familia al estar debilitada, hace vulnerables a las instituciones y a su capacidad de respuesta y adaptación al entorno.

4. Importancia del matrimonio monogámico y heterosexual como referente en la familia

Para que las funciones antedichas se desplieguen en toda su riqueza cualitativa es preciso advertir la importancia que posee el matrimonio monogámico y heterosexual como referente en la familia. Nuevamente recordamos que «referente» justamente significa que aún en situaciones irregulares existe un parámetro ético y pragmático que posibilita la vida social y sin el cual esta no sólo se deteriora en su consistencia moral sino que su existencia y funcionalidad misma se pone en riesgo.

Fijémonos en primer lugar que el matrimonio poliándrico (una mujer se desposa con muchos varones) no sólo es infrecuente sino que responde históricamente a situaciones muy particulares de comunidades primitivas en las que el varón salía de viaje por muchos meses y entonces la vida de la mujer y de la prole peligraba buscándose protección en algún otro compañero, por lo general hermano del primero. La poliandría, así, es una cierta medida extrema y no un comportamiento estándar o deseable en la historia de las civilizaciones. La poligámia (un varón se desposa con muchas mujeres), por su parte, si bien históricamente ha sido más frecuente que la anterior, mantiene de manera cuasi-universal una estructura al menos relativamente monogámica al existir por lo general una mujer preferida que tiene una distinción clara con el resto de las demás. Estas situaciones sirven como premisas para entender el amplísimo fenómeno de la monogamia propiamente dicho y su papel como referente.

Ahora bien, ¿es posible entender alguna razón para la existencia del matrimonio monogámico como referente más allá de la descripción empírico-histórica? Existen diversas maneras de justificar racionalmente la legitimidad que entraña el matrimonio monogámico. En esta ocasión recordamos una explicación que por su dimensión experiencial posee un vigor argumentativo especial. Si somos atentos la actividad sexual entre varón y mujer es un tipo de acción significativa y no puramente un acaecer fáctico. Trascendiendo la mirada sociológica es posible afirmar con verdad que el lenguaje no-verbal propio de la actividad sexual entre el varón y la mujer demanda de suyo una «exclusividad» que de manera intuitiva se advierte. Evidentemente esta evidencia puede ser negada con facilidad cuando la actividad sexual se reduce a su pura dimensión física y no se le interpreta como un lenguaje que posee una gramática propia. Los significados de la actividad sexual no son datos sensibles. No saben a nada, no tienen color alguno, no poseen figura o tamaño. Sin embargo, la inteligencia los puede reconocer como realidades meta-empíricas y normativas que permiten que el instinto sexual al satisfacerse lo haga orientado por un valor que le da a esta satisfacción una dimensión propiamente personal y justa.

Si el matrimonio monogámico puede justificarse ¿será posible hacer lo mismo con el matrimonio heterosexual? Desde nuestro punto de vista la heterosexualidad es una dimensión constitutiva de la familia como referente significativo. Desde un punto de vista sociológico hemos de reconocer que el aporte más relevante de Claude Lévy-Strauss ha sido mostrar que la gran variedad de costumbres existentes en la historia mundial puede ser comprendida como la variedad de soluciones a los mismos problemas básicos. Esto quiere decir que si bien existen muchas modalidades de satisfacción sexual, no cualquiera de estas modalidades reconocen la estructura que posibilita el mantenimiento de la sociedad como sociedad.

De esta manera, en el caso del parentesco las sociedades pueden tener muchas formas de configuración. Sin embargo, en todas existe una restricción estructural y normativa básica: la prohibición del incesto (21). El cumplimiento de esta norma no puede darse si no existe una clara identificación de las figuras de los padres (padre y madre) y presupone una reglamentación de las relaciones sexuales. En este sentido la antropología estructural de Lévy-Strauss, al menos en este punto, ofrece un elemento para refutar las visiones evolucionistas de la familia que declaran explícita o implícitamente su muerte.

En efecto, la prohibición universal del incesto en todas las culturas de nuestra historia establece que el instinto sexual no debe ser satisfecho con los consanguíneos y posibilita la búsqueda de la satisfacción de este instinto fuera del grupo familiar permitiéndose así las relaciones con otros grupos que se encuentran en situación análoga y eventualmente permitiendo también que se generen amistades y alianzas que evitan que toda relación social sea interpretada en términos de competencia o enemistad. El intercambio entre grupos, por ello, no puede ser homosexual ya que para el nacimiento de nuevas unidades sociales es preciso que las relaciones se establezcan entre varones y mujeres. De esta manera se establece un hecho empírico constatable a lo largo de la historia de las civilizaciones que norma y limita algunas acciones fundamentales que incrementan la calidad de la vida social. Por ejemplo, el padre de la mujer no debe matar al padre de su nieto y el hombre no debe matar al padre de su propia esposa aún cuando existan agravios, etc.

Con las nuevas biotecnologías podría pensarse que este tipo de apreciaciones perderían su valor ya que una pareja homosexual perfectamente podría adoptar hijos o contratar a una madre sustituta, y así, conformarse un nuevo tipo de «familia» y una reedición de supuestos vínculos societales relevantes. Si somos atentos esta opción al anular la diferenciación sexual entre los padres, por una parte neutraliza un aporte educativo esencial para los hijos y en general para la supervivencia de la vida social. Sin embargo, por otra, no es extraño descubrir en el comportamiento homosexual la aparición de roles que vuelven a proyectar el paradigma heterosexual aunque de manera deficiente. Esto quiere decir que en la pareja homosexual es frecuente que alguna de las partes asuma un papel con rasgos femeninos y la otra con rasgos masculinos. Esta asunción social de un papel que no corresponde con la identidad biológica básica (por ejemplo, expresada genéticamente) de uno de los miembros de la pareja jamás podrá proyectar como «vivida desde dentro» la experiencia de lo que significa el papel adoptado.

Dicho en palabras más sencillas, el varón homosexual no puede aportar el rostro femenino de lo humano aunque lo imite ya que no lo vive «desde dentro», como experiencia corpórea y psíquica desde su origen. Del mismo modo, la mujer lesbiana no puede aportar la especificidad masculina a la vida marital que no sólo demanda reciprocidad sino «máxima alteridad complementaria», como lo es la propia de la diferenciación sexual.

En efecto, la experiencia de lo humano es una experiencia que madura al descubrir una alteridad que se contradistingue de mi yo. La diferenciación sexual expresa un límite constitutivo de nuestra naturaleza. Por más que exista una identidad cualitativa la diversidad corpórea, cultural y psíquica entre varón y mujer me ofrece no simplemente a un «otro-yo» sino a un «otro» que si bien es un «otro-yo» su «yo» no está configurado exactamente del mismo modo que el mío. Por eso descubrir que el «tú femenino» es alteridad respecto de mi «yo masculino» es cualitativamente más intenso y diverso que una suerte de descubrimiento neutro de la relación «yo-tú» (que no hace referencia explícita a la diferenciación sexual).

De este modo, la diferenciación sexual es un «lugar» en el que la verdad sobre el propio límite aparece con particular fuerza. El «otro» en tanto que posee elementos con identidad cualitativa respecto de mi «yo» ofrece una continuidad experiencial en el plano de lo común. El «otro» en tanto que «diverso sexualmente» se convierte para mí en un ser fascinante y enigmático por mostrar una discontinuidad experiencial novedosa. La persona femenina es «como yo» pero es diversa en un cierto plano que se encuentra al interior de su «yo». Así las cosas, el enigma del otro es máximo cuando se trata de un otro diferente sexualmente de mí. Esto que podría parecer de repente una explicación puramente académica adquiere una gran vivacidad existencial cuando descubrimos en nuestra propia experiencia que lo fascinante del sexo opuesto radica en esa simultaneidad de identidad y diferencia que hace que se suscite una singular curiosidad por descubrir cómo es el otro, la otra, en su misterio.

A este juicio se le podría objetar que hay quienes hablan de más de dos géneros sexuales: masculino, femenino, gay, lesbiana, bisexual y transexual. Si somos atentos al hecho empírico esto no es así ya que los géneros añadidos al código varón / mujer indican preferencias sexuales en las relaciones afectivas pero no novedades en el código simbólico fundamental (masculino / femenino). Esto lo ha constatado con gran erudición un sociólogo poco sospechoso de conservadurismo como lo es Niklas Luhmann (22).

Por su parte el también sociólogo Pierpaolo Donati dirá que todas las posibles modalidades de preferencia sexual son:

Variaciones construidas sobre el binomio masculino/femenino, al que se deben referir como a la dualidad fundamental. No podrían existir variaciones si no existiese la dualidad de base como main frame, como código simbólico o marco de referencia basilar. El resto son juegos de sociedad (23).

Así las cosas, la familia no puede ser entendida más que como referenciada al matrimonio monogámico y heterosexual. Todas las modalidades de familia que con deficiencias puedan llegar a existir, no pueden no tener a este fenómeno como parámetro simbólico para su desarrollo ético y pragmático.

5. La familia natural entre modelos ideológicos y políticas públicas: la necesidad de una «perspectiva de familia»

Ya hemos analizado en alguna otra ocasión algunos de los principales modelos ideológicos que dificultan apreciar a la familia natural como referente para las familias y para la vida social en general (24). En esta ocasión baste decir que tanto los modelos evolucionistas de la familia como aquellos individual-vitalistas que buscan explicarla a partir de su ajuste a las condiciones económicas y de bienestar que la rodean tienen una peligrosa expresión al momento en que son asimiladas como matriz en el proceso de diseño de políticas públicas por parte de los gobiernos.

Las reflexiones que hemos hecho sobre la dificultad de prescindir de la familia natural como parámetro adquieren una enorme importancia al momento de discutir esta última cuestión. Para nadie es un secreto que en muchas ocasiones las personas que más influyen en el diseño de las políticas de un gobierno están orientadas y como determinadas por sus agendas particulares, por sus itinerarios políticos futuros, por sus ambiciones e intereses de poder. Este afán de orden práctico e instrumental conduce aún a personas bien intencionadas a deslizarse lentamente por el camino de las decisiones que buscan generar rentabilidades electorales y satisfacción en algunos sectores especialmente críticos.

La reivindicación de la familia natural como referente implica tomas de posición no sólo de orden retórico sino principalmente en el mundo de la vida privada en la que se consolidan las convicciones de fondo y en la que – a fin de cuentas – se construye la firmeza necesaria para que las decisiones más delicadas en el ámbito público puedan ser tomadas rectamente sobre todo en momentos de controversia y de presión. Los tomadores de decisiones en el ámbito gubernamental cuentan con las herramientas técnicas para recolocar a la familia natural como interlocutor al momento de diagnosticar la sociedad y al momento de luego actuar de manera estratégica. Sin embargo, las herramientas técnicas como son los métodos de medición de la pobreza, los modos de organización de los programas para promover el desarrollo y ampliar las oportunidades, los monitoreos periódicos de los avances, no pueden sustituir la comprensión personal que es preciso lograr en la mente y en el corazón respecto de la familia y su naturaleza profunda.

La familia, con todo y lo que los aficionados a la sociología podamos decir, no se conoce plenamente más que viviendo en ella con fidelidad los valores que la sostienen. Por ello, hoy más que nunca, necesitamos re-educarnos y re-educar a quienes deciden sobre el presente y el futuro de nuestras familias desde las estructuras del poder. La familia no puede ser un lugar de experimentación populista ni carne de cañón político-partidista. La familia requiere un nuevo compromiso por parte de todos nosotros que desde diversos ambientes deseamos entenderla bien para servirla mejor.

Este nuevo compromiso por la familia tiene que lograr convertirse en una perspectiva estable y transversal que permita que tanto en la sociedad civil como en el gobierno la familia natural se fortalezca para así colaborar en el verdadero futuro de las naciones.

Por ello, una vez más, es preciso decir que una «perspectiva de familia» es hoy por hoy urgente y necesaria. Perspectiva que tiene que ser más que un eslogan o una frase publicitaria. Tiene que ser la manera abreviada de sintetizar nuestro compromiso con la dignidad de las personas, con el valor del amor humano, y con nuestros hijos, que merecen recibir un mejor mundo que el que hoy tenemos.

(1) G. S. BECKER, An Economic Analysis of Marital Instability, en Journal of Political Economy, 1977, Vol. 85, n. 6, p.p. 1141-1187; Idem, Tratado sobre la familia, Alianza, Madrid 1987; R. FEBRERO-PEDRO S. SCHWARTZ (eds.), Essence of Becker, Hoover Institution Press-Stanford University, 1996.

(2) Por ejemplo: J. J. BACHOFEN, El matriarcado, Akal, Madrid 1992; L. MORGAN, La sociedad primitiva, Endymion, Madrid 1987; R. BRIFFAULT, The mothers. The Matriarchal Theory of Social Origins, Howard Fertig, New York 1993.

(3) L. HANTRAIS – M. T. LETABLIER, Families and Family Policies in Europe, Longman, New York-London 1996.

(4) Pensamos en sociólogos como Amitai Etzioni, Sergio Belardinelli, Gabriela Mangiarotti, José Pérez Adán o Pierpaolo Donati. En el presente texto el pensamiento y las investigaciones de estos dos últimos autores atraviesan nuestros argumentos. Nuestra deuda intelectual con ellos no la podemos ocultar. Evidentemente, las eventuales deficiencias en este ensayo son enteramente nuestras.

(5) Aquí pensamos en las tradiciones que encarnan por un lado autores como Platón, Aristóteles, Agustín de Hipona, Anselmo de Aosta o Tomás de Aquino, y por otra pensadores como Adolf Reinach, Max Scheler, Edith Stein, Dietrich von Hildebrand, Karol Wojtyla o Josef Seifert.

(6) Cf. P. LASLETT – R. WALL (ed.), Household and Family in Past Time, Cambridge University Press, Cambridge 1972; R. WALL – J. ROBIN – P. LASLETT (ed.), Forme di famiglia nella storia europea, Il Mulino, Bologna 1984.

(7) Cf. C. LÉVY-STRAUSS, Razza e storia e altri studi di antropología, Einaudi, Torino 1967.

(8) Cf. G. MURDOK, The Universality of the Nuclear Family, en N. W. BELL – E. F. VOGEL (ed.), A Modern Introduction to the Family, The Free Press, New York 1968, p.p. 37-44; R. N. ANSHEN, La famiglia, la sua funzione e il suo destino, Bompiani, Milano 1974; J. ASKHAM, Identity and Stability in Marriage, Cambridge University Press, Cambridge 1984.

(9) Nos referimos a los casos de los Nayar en el sur de la India (sociedad sacerdotal en la que los hombres viven separados de las mujeres sin integrar familias nucleares) y la tribu de los Ashanti en África meridional (familias matrilineares en las que el dominio recae en la madre-hijo con ausencia de unidad doméstica). En ambos casos la funcionalidad social de la familia queda inhibida y la sociedad ingresa paulatinamente en una dinámica de disolución.

(10) Además del ya citado The Universality of the Nuclear Family, véase: G. MURDOK, Social Structure, Mc Millan, New York 1949,

(11) Cf. L. FRUGGERI, Famiglie. Dinamiche interpersonali e processi psico-sociali, NIS, Roma 1997.

(12) Cf. F. CHARLES-DAUBERT, Les libertins érudits en France au XVIIe siècle, PUF, Philosophies, Paris 1998.

(13) Cf. J. F. GUBRIUM – J. HOLSTEIN, What is Family?, Mayfield, London-Toronto 1990.

(14) R. BUTTIGLIONE, La persona y la familia, Palabra, Madrid 1999, p. 236.

(15) Cf. C. ZIMMERMAN, Family and Civilization, Harper and Row, New York 1971.

(16) Modificamos y ampliamos las consideraciones que se encuentran en J. PÉREZ ADÁN, Sociología, Eunsa, Pamplona 1997.

(17) Cf. R. GUERRA LÓPEZ, Pensar la diferencia. Reflexiones sobre la condición femenina y el fundamento antropológico de la diferenciación sexual, en Medicina y Etica. Revista Internacional de Bióetica, Deontología y Ética Médica, Facoltá di Medicina e Chirurgia dell’Università del Sacro Cuore-Universidad Anahuac, vol. VII, n.4, octubre-diciembre de 1996.

(18) H. R. SCHAFFER (ed.), Studies in Mother-Infant Interaction, Academic Press, London 1977; Cf. D. W. WINNICOT, Il bambino e la famiglia, Florencia 1973.

(19) Cf. R. GUERRA LÓPEZ, Afirmar a la persona por sí misma. La dignidad como fundamento de los derechos de la persona, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, México 2003.

(20) ARISTÓTELES, Ética nicomáquea, Gredos / Planeta-De Agostini, Barcelona 1995, Lib. VIII, 1155 a 4.

(21) Cf. C. LÉVI-STRAUSS, Las estructuras elementales del parentesco, Ed. Paidós, Bs. As. 1969.

(22) Cf. N. LUHMANN, Frauen und Männer und Goerge Spencer Brown, en Zeitschrift für Soziologie, vol. 17, n. 1, 1988. Luhmann se basa en las investigaciones de J. KEYES (pseudónimo de Goerge Spencer Brown) publicadas como Only Two Can Play This Game, Cambridge University Press, Cambridge 1971.

(23) P. DONATI, Manual de sociología de la familia, Eunsa, Pamplona 2003, p. 128.

(24) R. GUERRA LÓPEZ, Hacia una perspectiva de familia, en Actas del Congreso Internacional sobre la Familia «La familia hoy, derechos y deberes», Sistema Nacional DIF, México, 26 de noviembre de 2003 (publicado en la página web del Sistema Nacional DIF)

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