«Yo soy cristiana; Para mis amigos es una afición»

Tengo 29 años y la alegría de ser cristiana. Crecí dentro de una familia en la que me sentí amada y tal vez por eso me resultó sencillo amar a los demás. Mis padres también me enseñaron a perdonar y a estar en camino. Tuve la dicha de desarrollarme en una parroquia que me animó a convertirme y a luchar por parecerme a Cristo.
En mi búsqueda de Jesús me separé durante mi juventud de muchos de mis amigos de la infancia y en la distancia fue difícil sentir su aliento. La libertad que nos ha dado ser hijos de Dios me orientó hacia personas que no Le conocen o que Lo rechazan.
Hoy para la mayoría de mis amigos soy la cristiana que prácticamente conocen más cerca. Para algunos mis creencias no son más que una afición, un pasatiempo, como jugar al ajedrez o tocar la guitarra.
Como es un hobby, le dedico tiempo. Así ven que los domingos voy a Misa. Irónicamente y en tono burlesco me dicen: «Pero, ¿todavía crees esas esas petrañas?» o «¿vas a escuchar ese pelmazo?» Y les sorprende que acuda semanalmente a un grupo de reflexión de fe. Porque lo ven como una afición comprenden que tenga en casa la Biblia, los textos del Concilio Vaticano II, algunas encíclicas, revistas religiosas y libros sobre moral y ética católica. Ellos tienen en sus casas cancioneros y partituras de guitarra o caballetes y pinturas al óleo o relojes de ajedrez y libros de los grandes maestros rusos.
Cuando pienso en que lo consideran un entretenimiento, me irrito profundamente. Yo desearía que mi cristianismo se notara más. No quiero una fe de domingo o de consuelo en el sufrimiento. Quiero que venga el Reino de Dios a mi casa, a mis amigos, a quienes están apartados, a los que no lo conocen, a mi mundo y al planeta entero. Quiero que reine la paz, la justicia y el amor y yo lucho por construirlo. Él ha dado un sentido diferente a mi vida, a mi matrimonio, a mis hijos, a la rutina diaria, a la alegría y también al dolor…
Sin embargo, que no lo vean me hace cuestionarme mi vida. En lo profundo de mi corazón resuenan las frases evangélicas de: «Mirad cómo se aman», «… y en eso os conocerán, si os amáis los unos a los otros». Por eso creo que si no encuentran a Cristo, es porque yo se lo muestro poco, porque no les sé amar, o porque les amo demasiado poco.
Cuando todo me da vueltas y me tambaleo, cuando creo que seguir a Cristo es como ser de otro planeta, Él siempre aparece, me tiende la mano y me habla a través de mis hijos, de mi marido, de un amigo, de mis padres o en la oración. Hasta el momento, Él nunca me ha abandonado y desde que soy madre estoy convencida de que no me dejará. Si yo, agotada y harta, acudo día y noche a la llamada de mis hijos, ¿cómo no va a hacerlo Él?
Belén Rodríguez

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