«VIVIR ES MORIR, MORIR ES VIVIR»

Conversación con el Cardenal Joseph Ratzinger
por Peter Seewald
En «Dios y el Mundo»
Subtítulo: «Creer y vivir en nuestra época.»

Traducción: Rosa Pilar Blanco
Edición Galaxia Gutenberg
Primero edición, Barcelona 2002
pp. 409-416

Este libro del Cardenal Ratzinger, prefecto de la Congración para la Doctrina de la Fe, se agotó enseguida de aparecer el pasado año 2002. De interés indudable por la personalidad del entrevistado, la hondura de su pensamiento cristiano y la sencillez periodísitica de sus espontáneas reflexiones, revisadas antes de su publicación. Recogemos aquí como botón de muestra, el apartado «Sobre la muerte», con ocasión de la solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los fieles difuntos».

La «unción de los enfermos»

Al final de la vida, la madre Iglesia vela por una buena salida de este mundo. Da a sus hijos la extremaunción. Antes se la llamaba «los últimos óleos»…… y si se le preguntaba a alguien si quería recibirlos, más bien se negaba porque no quería considerarse un candidato a la muerte.

–El concepto «últimos óleos», que se había convertido en una frase pavorosa para los enfermos, se sustituyó hace mucho tiempo, consciente y justamente, por «unción a los enfermos», de forma que para un paciente la llegada del sacerdote con este sacramento ya no es el anuncio de que está irremisiblemente condenado a muerte.

De hecho, la unción a los enfermos tiene que ayudar en un proceso espiritual que, en determinadas circunstancias, puede convertirse asimismo en un proceso de curación. Es el apoyo sacramental de la Iglesia en una situación de enfermedad. No se trata tanto del momento de la muerte. Aquí el verdadero viático es la eucaristía. Y la Iglesia tiene preparados consuelos específicos en las oraciones para agonizantes, en la extremaunción y en la absolución. Son ayudas para ese paso duro que consiste en atravesar un umbral inquietante en medio de una oscuridad que parece no tener fin.

La unción a los enfermos constituye más bien una ayuda para aceptar el sufrimiento. Tiene que ayudarme a llegar a la comunión sacramental con Cristo mediante la asunción interior del dolor y del sufrimiento. Eso no implica necesariamente curación física. La enfermedad también puede curarme espiritualmente, incluso ser necesaria a mi espíritu. Cristo, al enseñarme a sufrir y sufrir conmigo, puede convertirse en el verdadero médico de mí mismo, superando la enfermedad más honda de mi alma.

En la hora de la muerte

–Se dice que en la hora de la muerte el pensamiento de las personas tiende a sufrir un cambio radical. Los más duros ateos se volvieron, casi en el último minuto, mansos como corderos. «La mayoría», descubrió por ejemplo Elisabeth Kübler-Ross tras sus investigaciones sobre las experiencias de la muerte próxima, «sufren un cambio radical. Todos sus valores cambian. Ya no son tan materiales, tan pendencieros. El individuo se vuelve mucho más espiritual.» ¿Significa esto que cuando casi está «con un pie en la tumba» el ser humano puede reconocer de pronto con claridad lo que de verdad cuenta en la vida?

–En cualquier caso, esa situación límite puede ayudarle a comprender que la acumulación de cosas materiales, o de distinciones, honores e influencia no es lo último y auténtico. Puede contribuir a una revisión de los valores, pero no necesariamente, pues también se dan los embotamientos y endurecimientos del alma que no liberan la mirada. En realidad, en esas situaciones límite sólo se manifiesta y se abre paso lo que en cierto modo uno lleva dentro. En este sentido no se debería apostar tan fácilmente por la última hora, ni dejar que se agote completamente la provisión del bien para que, por recordar la parábola del Señor, siga habiendo aceite en la alcuza cuando el novio llame a la puerta.

–Hay un antiguo dicho católico: «Tal como es su domingo, así será el día de su muerte».

–Alude exactamente a lo mismo. Si Dios y el domingo han desaparecido totalmente de la vida, faltan las reservas para realizar esta última transformación. Aunque la gracia de Dios es inagotable, no hay que dejar extinguirse estas calladas reservas en el alma, para que cuando se las necesite no las encuentre completamente vacías, y esto debería constituir toda una advertencia.

–Según la fe de la Iglesia, la muerte, en el fondo, debería alegrarnos: «Vivir es morir, morir es vivir». A fin de cuentas nos espera la vida eterna.

–Sí. Pero los temperamentos humanos son diferentes. Cuando san Agustín yacía en su lecho de muerte, todos sus pecados aparecieron de nuevo ante su alma con claridad meridiana. Por eso hizo que fijaran los salmos penitenciales en la pared para llevarlos continuamente en su interior. Durante algún tiempo, llegó incluso a excluirse de la comunión y se entregó a la penitencia. Pensaba en su padre espiritual, san Ambrosio, que había muerto con una gran tranquilidad interna, y dijo: «A él, que tenía esa grandeza, se le regaló; yo soy distinto, a mí no se me ha regalado, yo necesito la penitencia humilde con la esperanza de que el Señor me acepte al final».

Yo diría que una de las tareas de la educación cristiana y de la predicación es proporcionarnos la confianza de que con la muerte nos dirigimos a la verdadera vida. Esto también puede ayudarnos a superar el miedo a lo desconocido, o al menos el miedo puramente físico, y a regalar la tranquilidad de la muerte.

–¿Qué ocurre en su caso? ¿Tiene miedo a la muerte?

–En fin, como yo también conozco todos mis defectos, jamás pierdo de vista el pensamiento del juicio. Pero tampoco la esperanza de que Dios sea más grande que mi fracaso.

–¿Piensa en ello?

–Sí, pues cuanto más envejece uno, más se acerca ese momento.

Incineración

–¿Es lícito incinerar un cadáver, o es un rito meramente pagano?

–Los judíos, al contrario que otras culturas mediterráneas, no conocieron la incineración. Para ellos enterrar el cuerpo era, por así decirlo, la semilla de la resurrección. Esto también se convirtió en una costumbre cristiana. La tumba significaba y significa una muda adhesión a la resurrección, a la esperanza. Hasta el Concilio Vaticano II, las incineraciones aún implicaban sanciones. A la vista de las circunstancias del mundo moderno, la Iglesia abandonó esta postura. La fe en la resurrección no tiene que ser conocida de ese modo, porque Dios, de todas maneras, ha de darnos un nuevo cuerpo, de modo que con el paso del tiempo se ha permitido la incineración.

He de decir que soy lo bastante anticuado como para considerar todavía el entierro la verdadera expresión cristiana de respeto al muerto, al cuerpo humano, y de la esperanza de que se le ha regalado un futuro.

¿Qué significa el «nuevo cuerpo» (resucitado)?

–Decía usted que Dios nos dará en el Más Allá un nuevo cuerpo: ¿significa esto que nadie será como era?

–La resurrección en el día del juicio final es, en cierto sentido, una nueva creación, pero preservará la identidad de la persona en cuerpo y alma. Santo Tomás dice al respecto que el alma es la fuerza moldeadora del cuerpo, la que crea el cuerpo. Por tanto, identidad significa que el alma, a la que mediante la resurrección se le regala de nuevo su capacidad moldeadora, construye también un cuerpo idéntico desde dentro. Especular con el aspecto exacto que puedan tener la corporalidad y la materialidad de los resucitados me parece, en cualquier caso, inútil.

¿Dónde están los muertos?

–Una pregunta muy concreta: mi hermano murió a la edad de sólo catorce años. ¿Dónde está ahora?

–Está con Dios. Pienso que aquí debemos abandonar nuestras categorías de localización meramente materiales. Al igual que no podemos ubicar a Dios en un determinado techo de nubes, también el muerto mantiene otra relación con la materia. La relación de Dios con el espacio material es precisamente una relación de imperio total. Cuando hablábamos de los niveles de cercanía a Dios, que no están condicionados por el espacio, decíamos que el alma, el principio espiritual del ser humano, tampoco se fija en un punto, en un órgano determinado, sino que constituye una forma de determinar el conjunto. De manera parecida, el muerto también participa en la otra referencia espacial de Dios, que me es imposible determinar según categorías geográficas.

Algunos han llegado incluso a decir que los muertos se mantienen cerca de la tumba, cosa que a mí me parece un tanto espantosa. No, ellos han salido de esa forma de localización material para entrar en otra referencia espacial que es compartida por la superioridad espacial de Dios. A veces se puede ver a personas capaces de conmoverse internamente al meditar en la inmensidad del océano. Así podemos percibir algo de esa superioridad espacial, de ese otro nivel de espacialidad, de la cercanía espiritual concretamente. En cualquier caso, deberíamos desembarazarnos de la idea de que el fallecido tendría que ser fijable en un punto geográfico. En lugar de ello, sería preferible decirnos: «Está con Dios», es decir, de una forma nueva en la realidad del universo y, de ese modo, también cerca de mi.

¿Cómo es el Paraíso?

–Los seres humanos somos curiosos, y nos gustaría un poquito saber cómo es el paraíso. ¿Nos informan las Escrituras de lo que allí nos espera?

–Las Escrituras sólo pueden hablar de ello con imágenes. Intentan manifestarlo, por ejemplo, con la imagen de la liturgia celestial. El nuevo espacio es, según eso, el éxtasis de la auténtica liturgia, y también el cantar y volar aparecen como símbolos.

Pero todo esto también es susceptible de ser malinterpretado. Conocemos la historia del bávaro que llega al paraíso y después ya no resiste los eternos cantos y aleluyas. Me parece importante que en esta otra situación no sólo cambie la forma del espacio, sino también la temporalidad. Si nos imaginamos el paraíso como un tiempo infinito, se impondrá la idea de que en algún momento se hará demasiado largo. Pero ser arrancados de nuestro curso temporal normal, de hora en hora, de día en día, que a su vez están vinculados a la rotación de los astros, para entrar en una nueva forma de presencia personal, significa también que esa forma de sucesión eterna se extingue -y que es un único gran instante de alegría. Por eso deberíamos imaginarnos la eternidad más bien como un momento de plenitud situado más allá del tiempo.

Tiempo de morir y trasplantes de órganos

–¿Es usted donante de órganos?

–Sí, aunque supongo que mis viejos órganos ya no serán muy demandados.

–Una idea emocionante: un africano musulmán en París con el corazón del cardenal Ratzinger …

–…Podría ser.

–La investigadora de la muerte Elisabeth Kübler-Ross tenía una opinión terminante sobre la cuestión de si se debe prolongar artificialmente la vida. He aquí sus palabras: «Rotundamente no. No hay que acortar ni alargar la vida. Hay un momento adecuado para cada persona, el tiempo de morir». Esto también estaba relacionado con ciertos asuntos sin resolver. Y, además, no dependía tanto de las personas, porque al fin y al cabo «había un jefe todavía más importante que tenía algo que decir».

–Bien, existen formas o intentos de alargamiento que yo también considero violentos y a los que me opondría. Pero la curación en sí también constituye siempre una prolongación de la vida, claro. Hoy se tratan enfermedades que antes eran incurables. Yo no consideraría los avances médicos una prolongación artificial de la vida.

La pregunta es, pues, en qué medida las donaciones de órganos entran dentro de esas posibilidades de curación que consideramos ampliaciones normales y oportunas de la capacidad médica, del poder de curar. Yo creo que el trasplante de órganos pares, es decir riñones u ojos, no plantea grandes problemas, a pesar de que comporta un sacrificio muy grande para el otro. Más difícil es cuando se trata de órganos como el corazón, que sólo se puede extraer a una persona clínicamente muerta, pero sin demasiada tardanza para que el órgano siga «vivo». La pregunta de cuándo está muerto alguien -aunque por otra parte el órgano mismo debe seguir vivo- es una pregunta límite que exige gran responsabilidad a la hora de debatirla. El criterio de la muerte cerebral se ha elaborado con mucho cuidado, pero en mi opinión siempre necesita nuevas revisiones críticas. Seguro que la tentación de aplicarlo prematuramente existe. En este sentido, el trasplante de corazón constituye, de hecho, un caso límite de curación. A pesar de todo, yo no me atrevería a excluirlo de raíz. Pienso que también hay formas legítimas de situarlo en el ámbito de la curación correcta.

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