«Una vida de enfermo no es una vida fracasada»

Todo eso alegre y optimista que llamamos porvenir, destino, futuro, está cancelado en mí para siempre… mi vida es como un gran signo de interrogación», afirmaba Manuel Lozano Garrido, al comienzo de su enfermedad. «Ese signo acaba de cerrarse. Ahora podrá descansar», escribió Joaquín Amado en la fecha de su muerte.
Manuel Lozano Garrido nació en Linares en 1920. Cuando sólo tenía 22 años, recién terminados sus estudios de magisterio, una enfermedad comenzó a paralizar su cuerpo. Pronto se vio postrado en una silla de ruedas. En ella leía constantemente y escribía artículos periodísticos para distintas revistas. Cuando la enfermedad le paralizó la mano derecha, comenzó a escribir con la izquierda, y cuando ésta le falló, pidió que le agarraran un bolígrafo a la mano con una goma.
La enfermedad le afectó también a los ojos, haciéndole perder la vista. «Ea, Señor, ahí tienes mi pila de revistas -escribió ante su imposibilidad de leer-, y si no te valen, que los ángeles las vendan como papel de envolver».
Cuando quedó ciego, grabó sus trabajos literarios en un magnetófono que le proporcionó la ONCE. En sus últimos 10 años, escribió nueve libros, dos cuentos, varios ensayos, y muchos artículos publicados en diarios y revistas de ámbito nacional, regional y local. Sus obras son: El Sillón de ruedas, Dios habla todos los días, Mesa redonda con Dios, Las golondrinas nunca saben la hora, Cartas con la señal de la cruz, Reportajes desde la cumbre, Bienvenido amor, El árbol desnudo y Las estrellas se ven de noche.
En todos sus escritos resalta una profunda fe en Dios; además de ofrecerle toda su enfermedad, le daba gracias por ella. «¿Mi enfermedad…? ¡Bah! ¿Cómo voy a comparar mis dolores con los primeros, físicos y espirituales, que te aquejaron a Ti, al venir a morar entre los hombres?», escribía en noviembre de 1967. «¡Señor, líbrame de esta tentación de apreciar el tiempo de la enfermedad como un período estéril y sin valor! -pedía a Dios-. Una vida de enfermo no es una vida fracasada. Aceptar mi enfermedad, ofreceros alegremente mi sufrimiento, esto no demanda más que un momento».
Un rasgo característico de «Lolo» -así le llamaban- era el don que tenía de comunicar la alegría y el buen humor. Un humor contagioso y repleto de ingenio. Cuando sus amigos se acercaban a su sillón de ruedas cariacontecidos, él les envolvía en una mirada dulce y sonriente. «Mi heroísmo -decía- será de sonrisa a pesar de todo, de aceptar aún mis imperfecciones. Cada cual de nosotros tendrá su infarto o su angina de pecho, su nostalgia, su miedo o su tentación de desaliento, pero la paz y la vida, la esperanza y el triunfo, están ya seguros para siempre. Yo me haré viejo, a ti te dolerán las piernas, puede que ése se sienta solo al atardecer, pero un Hombre ha roto la piedra de un sepulcro para que ya siempre cantemos la gloria de la vida. Vivir, vivir y vivir».
C. M.

«La ceguera no te impedía ser tan francamente luminoso»
Tenía una fortísima vocación literaria. Poco a poco le fue invadiendo la parálisis. Todavía podía escribir con un bolígrafo atado al muñón de su brazo. Se le nublando la vista. Un día Manuel ya no pudo escribir, sino dictar. Quedó ciego. Suplicaba que le leyesen los periódicos y libros. No se rindió. Seguía remando. Primero, en su sillón de ruedas. Después, en una camilla portátil. Así lo recuerdo».
Francisco Javier Martín Abril
Cuando te conocí, aún podías escribir, aunque luego hubiera que atarte el lápiz a la mano con una goma; luego perdiste el uso de los miembros, y más tarde te encerraste en una oscuridad, en la ceguera que no te impedía ser tan francamente luminoso».
José María Pérez Lozano
Fui a ver a Manuel Lozano Garrido en su Linares. Estaba en un sillón de ruedas y hacía algún tiempo que él no podía ver a sus visitantes. Nadie me ha dado una lección de serenidad, de hospitalidad y de aceptación como la que él me dio. Tampoco nadie me ha dado una sonrisa igual».
Manuel Alcántara

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