«Tengo 10 hijos, 10 historias diferentes»

Soy viuda y tengo 10 hijos, 10 historias diferentes. Yo siempre he creído que el Señor protege a las viudas y a los huérfanos y tengo serios motivos para aumentar mis creencias.
Cuando tenía seis hijos, que según muchos hasta de mi propia familia era una locura, mi marido y yo sufríamos en ocasiones el menosprecio de la gente. «Eso es de tontos -decían-, eso no es vivir». Se equivocaban: eso sí es vivir y vivir en plenitud. No hay nada más gratificante que recorrer los dormitorios llenos de literas y contemplar como duermen; compensa con creces todas las noches en vela.
Tenía 6 hijos y el mayor aún no había cumplido 11 años, cuando (los cuartos son mellizos) me llegó un embarazo triple, es decir, pasé de seis a nueve hijos. Fueron nueve meses francamente duros, yo estaba físicamente muy mal, a punto de perder a los niños, pero como mi vida siempre ha estado marcada por la fe, yo pedía al Señor fuerza para superar lo que era evidente que me iba a costar mucho esfuerzo. Sólo se me ocurrió correr a la capilla del hospital y gritando decirle al Señor y a su Madre, que también es mía, la Santísima Virgen María, que no me dejasen, que con ellos yo podría. Y así fue: un ventisiete de febrero de 1.967 vinieron a este mundo dos niños y una niña. ¿No se malgasta la vida por cosas menos interesantes, que cuando han pasado sólo dejan insatisfacción y vacío, y en ocasiones destrucción y muerte?
Un canto a la vida
Los trillizos, con seis años de edadEsto es un canto a la vida, una alabanza al Señor, creador de todo. Los diez tan unidos, que los sufrimientos de uno son sufrimientos de todos y las alegrías de uno son las alegrías de todos; son generosos, siempre nuestra casa está llena de amigos, acogen en ocasiones hasta los que se encuentran en la calle, sin miedo a tener que compartir porque saben lo de los panes y los peces. En estas fechas, hace dos años, recogieron en Chamartín a un muchacho: al llegar a casa le prepararon un baño, le vistieron con ropas de ellos y lo llevaron al médico; vivió en casa unos seis meses, hasta que le encontraron trabajo y estaba en situación de vivir por sus propios medios: este joven tenía infinidad de problemas, pero sobre todo padecía la falta de amor de su familia, el egoísmo y la incomprensión le habían hecho como era.
Esto y otras cosas semejantes claman al cielo: no el tener menos hijos que es a lo que se está mentalizando a la sociedad, por el tema de la demografía y otras tantas cosas que se proclaman falsamente como bien para la Humanidad: en realidad, no son ni más ni menos que argumentos para enmascarar el egoísmo de los que tienen y no quieren compartir, la comodidad y la indiferencia de los que tienen mucho y quieren sentirse dueños del mundo cuando el que todo lo puede es el que hizo el Cielo y la Tierra; el único que puede hacer llover cuando hay sequía, como ahora.
A mí no me importa contar al mundo entero lo que ha hecho Dios en mi vida, porque nosotros, mis hijos y yo, somos pecadores y tenemos todo tipo de testimonios y nos han pasado experiencias que no nos las quita nadie. Con nosotros murió mi abuelita, de noventa y siete años y con nosotros vive su hijo, mi tío, soltero, de setenta y siete años; y para ellos no ha habido residencias, porque nuestros mayores, son para nosotros y nos proporcionan felicidad y sabiduría; somos pecadores, ya lo creo, pero sabemos donde está la solución.
La fe supone para nuestra familia la paz con Dios y, como consecuencia, con todos los que nos rodean. La fe en la familia se manifiesta a través de los miembros que la constituyen, porque la fe se trasmite hacia el exterior en su forma de vida. Las familias que viven la fe son capaces de todo.
Socorro y su esposo,Santiago, ya fallecido, en el bautizo de los mellizosLa familia es la célula viva de la Iglesia y de la sociedad. Vivimos tiempos difíciles y problemáticos; se han perdido los valores fundamentales. Dios no aparece por ningún sitio; el dinero, el poder, el consumismo, la corrupción, etc. están llevando a las familias a una pérdida de la propia identidad.
Sólo la fe puede solucionar la problemática que nos ha tocado vivir, la fe en Cristo Jesús que nació en el seno de una familia y que vivió para dignificarla y ensalzarla; Él sufrió problemas, como sufrimos y han sufrido en todos los tiempos todo tipo de familias.
Él nos trae la justicia y el amor, la misericordia y el perdón: es cierto que esto puede sonar a cuento chino, si de verdad no se vive la fe dentro de nuestra Madre, la Iglesia. Los mensajes que recibimos por todos los medios y que se introducen en nuestros propios hogares nos dicen todo lo contrario, no nos hablan de Dios.
Yo, madre de 10 hijos, con cientos de historias y algunas muy dolorosas, os digo: la fe es el principio y el fin del hombre. Si no la tenéis, pedídsela al Señor; quienes no encontréis sentido a vuestra vida y no halléis respuestas, o estéis cansados, acudid a Él que es el Camino, la Verdad y la Vida.
María Socorro Ramos

«La vida es para darla»
Pilar Fernández, con su familiaSoy cristiana, madre de cuatro hijos y enferma de esclerosis en placas desde hace veinticuatro años. La fe es la fuerza que me mantiene en la vida, y estoy convencida, porque lo he experimentado en mí misma, que “la fe mueve montañas”.
Al dar a luz mi segundo hijo se me manifestó la enfermedad, y el médico me insistía en que no debía tener más hijos, pero mi experiencia cristiana me hacía ver que la vida es para darla, y que no hay mayor alegría en la vida que transmitirla. Por eso, a pesar de todo, tuve mi tercer hijo: una niña preciosa.
La esclerosis se desarrolla en brotes, y cuando se producían confiaba en Dios y me ponía en manos de los médicos, que por supuesto están guiadas por Dios. Los especialistas de esta enfermedad me han ayudado mucho, y ellos mismos se sorprendían de cómo me recuperaba. Incluso un doctor, que presumía de agnóstico y me daba cinco horas de vida, al ver que salía adelante, me empezó a llamar “el milagrito de Lourdes”.
Cuando quedé embarazada de mi cuarto hijo, el ginecólogo me indicó que debía abortar, ya que podía tener un brote de la enfermedad y dejarme paralítica. Yo me negué rotundamente en contra de la opinión de todos. Si Dios me daba esta vida, yo no era quién para matarla. Con mucho miedo, preocupación y rezando mucho, puse toda mi fe, mi vida y la vida de mi hijo en manos de Dios. Ya tiene diez años y doy muchas gracias por la fuerza que Él me infundió para seguir adelante y tener a mi hijo.
Pilar Fernández

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