«Píldora del día después» (PDD)

La polémica acerca de la así llamada “píldora del día después” o la “anticoncepción de emergencia” es un asunto de importancia capital. El producto (no es fármaco) ha de ser analizado desde diferentes puntos de vista, tales como el daño que puede producir a la mujer, la igualdad de oportunidades, las distintas posturas en el orden de los valores que conviven en una sociedad plural. Una cosa, sin embargo, es segura: se trata de un producto contrario a la concepción, como lo dice su nombre. Ya este hecho no es irrelevante para la conciencia. Sin embargo, la pregunta que ha desatado la gran polémica es otra: ¿elimina o no elimina una vida humana? Si la eliminara, poco importa el respeto de que algunos presumen hacia la libertad individual, si aceptan el falaz “derecho” a suprimir vidas humanas.

No cabe ignorar los incalculables los intereses económicos y políticos que están en juego a nivel internacional, en relación al aumento o descenso de la natalidad, por no mencionar el mero negocio de los laboratorios productores de PDD (que no son medicamentos ni nada que se le parezca, al contrario). Somos testigos de la alteración progresiva del lenguaje, en todas las latitudes, para hacer aceptable lo que no lo es. El concepto de embarazo ha sido alterado: hasta hace poco tiempo todos lo definían como el proceso que comienza con la concepción de un nuevo ser. Hoy hay quienes plantean su inicio con la anidación en el útero de la madre del óvulo fecundado. No faltan quienes sostiene que la vida comienza con dicha anidación. Por otra parte, se llega en algunos Estados al extremo de negar al niño en gestación todo derecho a la vida; también cuando está naciendo, después de nueve meses de gestación. Según los estudios del Consejo Pontificio para la Familia, todas éstas son alteraciones del lenguaje que, en general, han sido promovidas con la intención de lograr que la cultura y los legisladores abran las puertas a la manipulación de óvulos fecundados, y al control artificial de la natalidad, también mediante el aborto.

La disparidad de pareceres y de estudios en una materia tan delicada y grave como es el inicio de la vida humana, requería proceder con mucha prudencia y sin precipitaciones, confrontando las investigaciones, pidiendo el parecer del mayor número de instancias de relevancia científica y ética. De hecho una nueva vida humana se inicia en el momento de la fecundación del óvulo. El hecho de dejar en manos de una institución de salud un asunto de tal gravitación para la cultura y la ética privada y pública de un país, como es el respeto del derecho a la vida, cuestiona los ordenamientos jurídicos.

Para la aprobación de un nuevo producto ingerible al menos dudoso, sobre todo cuando no es curativo, es necesario probar positivamente que éste no es una amenaza para la vida del ser humano. Por eso, la investigación debería probar que la “píldora del día después”, además de no causar daño a la salud de la mujer (aquí no sufre el muchacho, que puede decir, no hace falta el preservativo, hay PDD: que nadie se engañe esto está pasando), no elimina una vida humana en estado embrionario. Cuando se trata de la vida humana, no es lícito emprender una acción, sin tener la seguridad de que esa acción no mata a un ser humano. Como se dice gráficamente, no se puede disparar contra un matorral cuyas ramas se mueven, ignorando si el movimiento lo provoca una liebre o un niño. Por eso, mientras no se llegue a la conclusión contraria, moralmente no es lícito su consumo.

La Iglesia no puede ser incoherente es su enseñanza. Se trata de la defensa del derecho a la vida. Por eso, con la misma energía con que intervino en favor de las víctimas de las violaciones de los derechos humanos, señaló hace pocos años que era hora de abolir la pena de muerte, por ser innecesaria e inhumana. De igual manera señala hoy la necesidad de defender el derecho a la vida de todo ser humano desde sus inicios.

“Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. No se trata sólo de amenazas procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los ‘Caínes’ que asesinan a los ‘Abeles’. No. Se trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática. El siglo XX será considerado una época de ataques masivos contra la vida, de una serie interminable de guerras y de una destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Más allá de las intenciones, que pueden ser diversas y presentar tal vez aspectos convincentes incluso en nombre de la solidaridad, estamos en realidad ante una objetiva ‘conjura contra la vida’, que ve implicadas incluso a instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar auténticas campañas de difusión de la anticoncepción, la esterilización y el aborto.” El problema “está también en el plano cultural, social y político, donde presenta su aspecto más subversivo e inquietante en la tendencia, cada vez más frecuente, a interpretar estos delitos contra la vida como legítimas expresiones de la libertad individual, que deben reconocerse y ser protegidos como verdaderos y propios derechos.” (Evangelium Vitae 17s)

Hay que recorrer un largo camino que atañe sobre todo a la educación al amor, a la sexualidad, a la familia, a la paternidad y maternidad responsables, a la cultura de la vida. La disociación de la sexualidad del amor conyugal y de la apertura a la vida, va generando una mentalidad anticonceptiva y abortista, que inclina a considerar la vida recién concebida como una amenaza a la felicidad, y no como un don.

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(*) De hecho, puede eliminarla y por esta razón se utiliza. No siempre será abortiva, pero no es seguro que no lo sea en cada caso. Si fuera seguro que no es abortiva, no se usaría. La mentira de los defensores de la PDD está en utilizar terminología jurídica en lugar de biológica. Si hay fecundación del óvulo femenino, hay una vida humana o si se prefiere, un ser humano. No importa lo que diga la ley. Lo cierto es que realmente la hay. No importa que no se haya implantado. Si hay óvulo fecundado, esa realidad es un ser humano y si se quiere matizar no hay duda de que es una persona en potencia. Esta disquisiciones tienen interés académico y conviene aclararse sobre estos asuntos, pero en la realidad, ¿qué es lo que sucede? La banalización de la realación sexual de los adolescentes, el desprecio de la salud pública, en especial de la mujer adolescente que sufre un bombazo hormonal, la banalización del sentido de la vida de la persona humana concreta, de carne y hueso en todas sus fases, desde su inicio.

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