«Le quiero, aunque sé que no puede escucharme»

Se llama Silveria Bordón y cuida día y noche a su hijo Félix desde hace 30 años en un pueblo de Gran Canaria. El 14 de marzo de 1966, Félix, de 21 años, sufría un grave accidente de moto, tras el que no ha vuelto a readquirir la conciencia. La madre cuenta la gran alegría, cuando a los tres meses del accidente su hijo volvió a abrir los ojos: «Fue como si me hubiera tocado la mejor de las loterías». Pero su hijo ha seguido sin reconocerla y ella sigue cuidándolo con todo cariño, haciendo cursos para que Félix tome una alimentación sana que impida que su cuerpo se llague. «Le cuento cosas tristes y alegres, pero no cambia la cara. Estoy convencida de que no me escucha, pero yo le sigo haciendo cariños porque lo adoro así… Es mi vida…» Las profundas convicciones religiosas de Silveria y la ayuda que recibe de su entorno le llevan a afirmar que «venimos a este mundo para ayudar a los que nos necesitan. Mi Félix no es para mí una carga».
Félix se encuentra en esos dramáticos estados vegetativos permanentes, en que la corteza cerebral, la base de la conciencia humana, está profundamente dañada. Estas personas abren los ojos, pero no perciben nada de lo que acontece a su alrededor. Recuerdo que, ante un familiar que sufrió un grave infarto cerebral, un médico cristiano me dijo que estas situaciones pueden ayudar a crecer a la familia. Así fue en el caso que conocí y, sin duda, en el de Silveria Bordón.
El otro caso no tiene nombre; se le llama con el pseudónimo de «el niño de Rochester», la localidad en donde se encuentra el hospital en que ha nacido. Es un niño sietemesino, que pesó al nacer algo menos de un kilo. Su madre, de 29 años, parece estar también en ese tremendo estado vegetativo desde hace diez años, como consecuencia de otro accidente de coche, y fue violada brutalmente en el mismo hospital. Los abuelos del niño, católicos convencidos, la visitan casi todos los días y rezan a los pies de su cama pidiendo un milagro. Cuando el día de Nochevieja se les dió la noticia del embarazo, la recibieron como un «regalo de Navidad». Los médicos tienen esperanzas de que el niño pueda seguir viviendo y los abuelos, que se negaron al aborto, esperan poder quedarse con su nieto. Ya ha habido otros casos de mujeres en coma y que estaban embarazadas, pero no creo que se haya dado todo un embarazo estando la madre en estado vegetativo permanente. Es un caso que ejemplifica palmariamente eso de que el embrión o el feto no es una parte del cuerpo de la madre. Es un ser distinto, que se desarrolla autónomamente y al que le basta, para desarrollarse, con la aportación de la mera vida vegetativa materna. Pero, sobre todo, los dos casos son como un símbolo de lo que los cristianos celebramos en la Pascua: que de la muerte siempre puede surgir vida.
Hay mucho de fe en la resurrección en estos testimonios.
Javier Gafo, S.J

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