«LA GENTE SE SEPARA PORQUE NO CREE EN EL MATRIMONIO»

Robert Basic
La clave está en el «respeto» y en la «asunción de responsabilidades». Así de sencillo y así de difícil. El axioma les ha funcionado a Teresa Rueda y a Juan Jutglar a las mil maravillas: exactamente durante 50 años y unos pocos días. Esperan, eso sí, que sean «muchos más». Se casaron en 1956 -«nos conocimos en la Gran Vía de Bilbao»- y la semana pasada celebraron sus bodas de oro. Medio siglo de vida en común, «una experiencia extraordinaria», que ayer alcanzó su punto más dorado con la eucaristía conclusiva oficiada por Benedicto XVI para despedir el V Encuentro Mundial de las Familias. La dictadura del mercurio azotó a los peregrinos sin piedad, con dureza, en forma de lipotimias y mareos, pero el termómetro no impidió que Teresa y Juan renovaran sus promesas matrimoniales -junto a otras 150 parejas más- bajo el cielo valenciano. «Hacer esto a pocos metros del Papa es como regresar a la juventud. La emoción es grande, indescriptibe».

Teresa Rueda tiene 71 años, es de Bilbao y con su voz aterciopelada habla con convicción. Su marido, Juan Jutglar, de 77, cambió su Barcelona natal por la capital vizcaína hace décadas, siendo un imberbe, y se quedó en ella para siempre. Había encontrado el amor de su vida. «Cuando me casé con mi mujer adquirí unos compromisos y prometí cumplirlos. ¡Y aquí me tiene cincuenta años después! Los jóvenes de hoy en día se separan en seguida, con el primer problema que se les plantea. ¿Por qué? Porque no creen en el matrimonio». Una afirmación compartida por los fieles que les acompañaban, que trataban de hacer frente al calor ‘armados’ con abanicos y botellas de agua recalentadas por el sol.

Durante el primer año de vigencia de la reforma del Código Civil y la Ley del Enjuiciamiento Criminal en materia de separación y divorcio, más de 6.000 españoles han decidido poner fin a su matrimonio. Teresa lo atribuye a la progresiva «pérdida de los valores cristianos, que se han ido hundiendo poco a poco, sin remedio, una consecuencia lógica de los malos tiempos que atraviesa la familia de toda la vida». Su marido, con el rostro azotado por el sol y la espalda encorvada por el peso de la mochila, lo achaca a la «falta de la fe», a una carencia de las «virtudes tradicionales» que se han diluido en una modernidad inasumible por esta pareja: «La gente creyente también se separa, pero son casos rarísimos», precisa Juan Jutglar.

Casarse enamorados

A la charla se une una sonriente Mari Carmen Marcos, amiga de la pareja. A pesar de sus 70 primaveras, desprende un halo de jovialidad que impacta por inhabitual. Ella también lleva casada cincuenta años. Con Moisés Díez, de 77, que se quedó en casa por «problemas de rodilla». Lo suyo fue un flechazo, un hormigueo en el estómago que le convenció de que se encontraba ante el hombre de su vida. Le dio diez hijos: seis chicas y cuatro chicos. «Era muy guapo, delicado y una buena persona. Medio siglo después, me sigue tratando como el primer día». Ayer, en Valencia, Mari Carmen le juró amor eterno en su ausencia, y en presencia del Papa. A 700 kilómetros de allí, en casa, Moisés la estaba esperando.

La longevidad matrimonial, «ese bien que escasea tanto», tiene una explicación bien sencilla para esta peregrina vasca. «Hay que casarse enamorada, pero no ciega. El amor es un regalo de Dios, un don, y una mujer debe estar muy segura antes de dar el ‘sí quiero’ definitivo». El «respeto» es otro de los componentes unificadores que enarbola Mari Carmen: «Es fundamental que tu marido te trate como cuando te conoció. Jamás hay que perder las buenas maneras».

Reconoce que todas las parejas atraviesan por ciertos «problemillas», que los hombres tienen un «carácter fuerte» y que, si esto ocurre, «hay que saber manejar la situación». A su juicio, muchas veces la solución se escribe en clave de azúcar y un poco chocolate. «Cuando tu esposo llega a casa cansado y cabreado, lo mejor que puedes hacer es prepararle su postre favorito», aconseja entre una sonora carcajada. El buen humor, a pesar del estirón del mercurio, no se derritió bajo el cielo valenciano.

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