«Hoy he encontrado a Cristo por la calle: Cristina, una exdrogadicta»

Hoy he conocido a Cristina. Salí de mi casa para acudir a un coloquio en la parroquia. En la esquina observé que una chica joven pedía algo. La mendicidad es un hecho, que no nos sorprende a nadie de tan cotidiana que es. A veces damos un duro, mientras que la mayoría de las ocasiones aceleramos el paso murmurando una negativa. Ésta fue la reacción de las dos o tres personas que se cruzaron con ella. Llegué a su altura y me susurró con una voz muy débil: «Tengo hambre».
Aquello me paró en seco. Me di la vuelta y me la quedé mirando. «¿Me puedes comprar un bocadillo?» Me miraba fijamente con sus grandes y tristes ojos verdes, que reflejaban dolor y una inmensa soledad. Sólo pude murmurar un «vamos». Nos dirigimos a una cafetería y ella pidió un café con leche y un bocadillo.
Muchas veces, por mi labor en la parroquia, he tratado con gente necesitada y escuchado sus problemas (o las historias «conmovedoras» de algunos pícaros, todo hay que decirlo), y nunca me impresionó tanto un relato.
Al calor del local y a salvo de la lluvia que caía insistentemente, Cristina pareció tranquilizarse. Tras unos minutos de silencio, ella misma rompió el hielo, pero no contándome su historia, sino preguntándome por mi vida. Al preguntarle yo por la suya, ella me contó su triste vida.
Los padres de Cristina están separados. Ella tiene 21 años. A los 17 se queda embarazada y tiene una niña. Intenta olvidar sus problemas y comete un trágico error: cae en las redes de la maldita droga. Se va de su casa. La Comunidad de Madrid le retira la custodia de su hija y se la entrega a su padre. Posteriormente ingresa en un centro de rehabilitación de toxicómanos, y al cabo de dos años y medio consigue desengancharse. Entonces le comunican que es portadora de anticuerpos del SIDA. Pierde su trabajo y, pese a sus estudios de auxiliar administrativo, no consigue empleo a causa de su enfermedad. Rechazada por todos y avergonzada de sí misma, Cristina no quiere que su hija sea señalada por ser hija de una «sidosa».
Por eso Cristina vive en la calle como tantos otros. No quiere ir a albergues porque tiene miedo de encontrar a sus antiguos compañeros de «juergas». Vive en la calle porque le asquea la idea de prostituirse. No quiere vender droga porque le horroriza la idea de que otros pasen por lo que pasó ella.
Muy despacio, por el dolor que siente al tragar la comida y con manos temblorosas por la debilidad, Cristina terminó su frugal cena. No le quedan lágrimas para sí misma. Todas son para su hija. Está contenta porque una amiga le permitirá ducharse hoy a escondidas en su casa, ya que sus padres están fuera hasta tarde. Nos despedimos. Le doy mi bono-bus y el teléfono de la parroquia, para ayudarla en la medida de lo posible. Guarda el teléfono en su cartera, en la que sólo tiene la foto de su niña. Después me pide permiso para despedirnos con dos besos, ya que hace mucho tiempo que no besa a nadie y nadie la besa a ella.
Hace tiempo que no encontraba a Cristo por la calle. Hoy Cristina (hasta en su nombre lleva al Señor) me trajo de nuevo y con más intensidad que nunca a Cristo. A Cristo-hombre, que entonces fue despreciado, escupido, marginado y asesinado a las afueras de Jerusalén. A Cristo, que hoy es despreciado, escupido, marginado y asesinado en Bosnia, en Ruanda,… y en Madrid.
Cristina tiene el SIDA y nadie la quiere besar. Es uno más de la legión de incómodos de nuestra sociedad en los que intentamos no pensar. Cristo, en la cruz, está en medio de ellos.
Hoy, lectores, rezad por Cristina. Todo lo que quiere es un bocadillo y un poco de amor. Pero, sobre todo, dejad que Cristina se meta en vuestro corazón como se metió en el mío, devolviéndole la capacidad de conmoverse.
¡Gracias, Cristina! Cuando me besaste fue Cristo el que me besó. Pienso en ti. Lloro por ti, por mí y por los ciegos y necios como yo, que no sabemos amaros a ti y a Cristo como a uno solo, que es lo que sois.
Roberto Pando Rozad

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