«Dios lo ha hecho todo»

El 26 de agosto se cumplen cien años del nacimiento en Skopje, actual capital de Macedonia, de Agnes Bojaxhiu, la Madre Teresa de Calcuta, que no sólo dio un convincente testimonio de fe con sus obras, sino también con su palabra, reflejo del amor que ardía en su alma. Varias iniciativas editoriales conmemoran la efeméride. En San Pablo, José Luis González-Balado y Janet Nora Playfoot publican Madre Teresa, con subtítulo Dios lo ha hecho todo. Yo no he hecho nada. Se trata de una recopilación de escritos de la religiosa que componen una atractiva autobiografía, en la que, por ejemplo, la Madre Teresa relata así su vocación:

La Madre Teresa acaricia al primer niño
que recogió en CalcutaEra todavía muy joven -no tenía entonces más que 12 años- cuando experimenté por primera vez el deseo de pertenecer por completo a Dios. Reflexioné sobre ello en oración a lo largo de seis años. En los momentos de incertidumbre, hubo un consejo de mi madre que me resultó muy útil: «Cuando aceptes una tarea, llévala a término con gozo. De lo contrario, no la aceptes». Una vez pedí consejo a mi director espiritual. Le pregunté: «Padre, ¿cómo puedo saber que Dios me llama y para qué me llama?» Él me contestó: «Lo sabrás por tu felicidad interior. La profunda alegría del corazón es como una especie de brújula que indica la senda a tomar en la vida. Uno tiene que seguirla, incluso cuando esa brújula lo condujese por un camino sembrado de dificultades».
Fue a los pies de Nuestra Señora de Letnice. Lo recuerdo bien: ocurrió al atardecer del día de la fiesta de la Asunción. Rezaba y cantaba con el corazón rebosante de alegría interior. Allí, aquel día decidí consagrarme por entero a Dios en la vida religiosa.
Estaba yo todavía en mi pueblo natal cuando algunos jesuitas de Skopje fueron enviados a la India. Cuando expuse a uno de ellos mi deseo de hacerme misionera, él se brindo a ponerse en contacto con las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto… A los dieciocho años decidí definitivamente dejar mi familia y hacerme misionera. Desde entonces, ya no volvió a asaltarme la menor duda. Era la voluntad de Dios. Era Él quien me había elegido.
Durante veinte años, estuve ocupada en la enseñanza en el colegio de Santa María de Calcuta. Me gustaba mucho la enseñanza. Una de las cosas que trataba de hacer era animar a mis alumnas mayores a que fuesen a los suburbios para ofrecer asistencia y ayuda. Por lo que se refiere a mí personalmente, no me consagré a mi vocación de entrega total a la misma causa hasta el día en que un episodio impresionante me empujó a hacerlo de manera definitiva. Ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial. Me hallaba fuera del convento, en las proximidades del Hospital Campbell, cuando mis ojos descubrieron el espectáculo de una anciana agonizando de hambre. Me acerqué a ella, la tomé en mis brazos y traté de hacer que la aceptasen en aquel hospital, pero no me hicieron caso, por tratarse de una mujer pobre…
La lectura del Evangelio me había impresionado de manera particular en el punto donde Cristo asegura que lo que hacemos por los más pequeños, por los que tienen hambre, por los enfermos y abandonados, lo considera hecho a Él mismo. De esta manera, tuve la impresión de descubrir mi verdadero camino, y acepté lo que se me presentaba como un maravilloso regalo del cielo. Aquello fue como una segunda vocación. Fue un mandato interior a renunciar a Loreto, donde era muy feliz, para ponerme al servicio de los Pobres de las calles. Comprendí que aquello era lo que Cristo deseaba de mí.

«A mis colaboradores: Primero, vuestra familia…»
«Madre Teresa. La alegría de amar» (Planeta Testimonio) es una recopilación de «Pensamientos para cada día», de la Beata, recogidos por Jaya Chaliha y Edward Le Joly, dos colaboradores suyos durante más de 30 años. En pequeñas pildoritas como éstas, se encierran grandes enseñanzas, expresadas con gran belleza:

– Todo comienza con la oración. Si no le pedimos amor a Dios, no podremos amar, más difícilmente todavía comunicaremos amor a los demás. Igual que alguna gente habla mucho de los pobres, pero no los conoce ni habla con ellos, también puede ocurrir que hablemos mucho sobre el rezo, pero no sepamos rezar.
– Si de verdad queremos orar, primero debemos aprender a escuchar; porque Dios habla en el silencio del corazón.
– Jamás olvidaré a mi madre. Solía pasar el día muy atareada, pero, al llegar la noche, se afanaba por prepararse para recibir a mi padre. En aquel tiempo no lo comprendíamos, sonreíamos, solíamos reír y tomarle el pelo. Pero ahora recuerdo el inmenso y delicado amor que sentía por él. No importaba lo que ocurriera, mi madre siempre estaba lista para recibirle con una sonrisa. Hoy ya no tenemos tiempo para eso. El padre y la madre están demasiado ocupados. Los niños vuelven al hogar y no encuentran a nadie que les quiera, que les sonría. Es por eso por lo que soy muy estricta con mis colaboradores. Siempre les digo: Primero la familia. Si no cuidas de tu propia familia, ¿cómo quieres que crezca tu amor por los de fuera?
– Sois una nación rica, pero en vuestras calles he visto a un hombre que yacía borracho, nadie parecía preocuparse por él…
– Nuestra vocación consiste en entregarnos a Jesús, no en trabajar por los pobres. El trabajo por los pobres es nuestro amor por Dios hecho acción. Si vuestra vocación es tener una familia, vuestro amor por Dios hecho acción consistirá en amaros en el hogar y serviros.

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